Opinión

¿Cómo serán las relaciones entre EEUU y China tras la victoria de Trump?

  • Los analistas pensaron que Biden mejoraría las relaciones entre los dos países
Ambos presidentes dándose la mano. Reuters
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Donald J. Trump (DJT) optó, entre 2016 y 2020, por una política de confrontación con China a través de sanciones y de una guerra comercial, a la que envolvió con una retórica de enfrentamiento.

Los analistas pensaron que Biden mejoraría las relaciones entre los dos países, aún sin ser conscientes plenamente de las relaciones de negocio que su familia, especialmente, su hijo Hunter, había mantenido, en su nombre, con compañías e instituciones relacionadas con el régimen chino.

EE. UU. relajó su verborrea antichina durante los cuatro años últimos, aunque Washington haya seguido intentando impedir que China se convierta en una potencia global, ya que la ve como una amenaza para los intereses estadounidenses en el largo plazo.

El rumbo actual del vínculo entre EE. UU. y China se dirige hacia una Guerra Fría severa, si bien no es probable que se produzca un conflicto armado entre las dos por Taiwán durante, al menos, los cinco años próximos.

Esta situación tendrá implicaciones para el sistema político mundial y transformará sus alianzas, sus organizaciones y sus instituciones principales.

Las señales y los ingredientes de esta Guerra Fría de cuño nuevo están a la vista.

La interlocución militar entre los dos países está recorrida por el agravamiento de este enfriamiento diplomático.

El gobierno de EE. UU. describe a China como la "amenaza más importante" o la "amenaza que marca el ritmo" -pacing threat, en inglés- para desbordarla como hegemon mundial.

La interacción económica y la competición tecnológica entre ambos países están politizadas en grado extremo y ésta segunda se ha convertido en una rivalidad estratégica profunda.

La actitud de disputa que ambas naciones adoptan entre ellas en el seno de las instituciones internacionales augura la aparición de organizaciones substitutivas de las anteriores en un futuro próximo.

Por último, el enfrentamiento entre EE. UU. y China será, también, un agravante de la relación de Washington con Rusia, dado el carácter de "alianza estratégica" que Pekín y Moscú han dotado a sus relaciones bilaterales, las cuales "no tienen ningún límite", como le gusta repetir a los dirigentes chinos.

EE. UU. no debería albergar ninguna duda de que Rusia no abandonará a China, si la situación de ésta con EE. UU. se agravara.

El gobierno de Biden ha continuado, al final, por el camino del deterioro de las relaciones de EE. UU. con China.

La reunión que Joseph Biden y Xi Jiping mantuvieron en San Francisco el mes de noviembre de 2023 pudo provocar el espejismo, despejado con rapidez, de que las cosas iban a cambiar entre los dos países.

Biden afirmó que las tensiones entre ambos países "no deben derivar en un conflicto".

Xi le respondió diciendo que "darse la espalda mutuamente no es una opción" para las superpotencias porque "el planeta Tierra es lo suficientemente grande como para que los dos países tengan éxito y el éxito de uno sea una oportunidad para el otro".

Desgraciadamente, EE. UU. no quiso aceptar la proposición que Xi hizo con estas palabras.

La creencia estadounidense sobre la excepcionalidad de su país le impide aceptar que su rol de hegemon pueda ser cuestionado por potencias regionales o, aún mucho menos, por otra potencia global en ascenso.

EE. UU. no acepta que la Tierra sea lo suficientemente grande como para compartirla con China, ni cree que las oportunidades de uno puedan serlo para la otra.

El gobierno de Pekín no debe estar sorprendido de que, después de este intercambio retórico en San Francisco, EE. UU. esté incrementando la militarización de Taiwán y, por extensión, de todo el Mar Sudoriental de China.

El gobierno futuro de DJT deberá mostrar con rapidez, a partir de enero de 2025, si quiere cambiar esta política de Biden sobre China.

Ese viraje pasaría por la reducción de las garantías de seguridad ofrecidas a Taiwán y el regreso a la política de "una sola China", que surgió como corolario al viaje del presidente Nixon a Pekín, en 1972, y que fue formalizada por el presidente Carter, tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, en 1979.

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