Opinión

Occidente en pánico por Trump y por Ucrania

Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de EEUU. Reuters

Franklin D. Roosevelt (FDR) fue el único presidente de la historia de Estados Unidos (EE. UU.) en ganar cuatro elecciones presidenciales consecutivas, en 1932, en 1936, en 1940 y en 1944.

Esos cuatro mandatos fueron resultado de la inseguridad en la que estuvo inmerso el país, debido a las consecuencias de la Gran Depresión y al impacto de la Segunda Guerra Mundial, y del marchamo de estabilidad que FDR trasladaba a los electores estadounidenses.

El Congreso de EEUU ratificó la 22ª Enmienda a la Constitución de 1796, que limita los mandatos presidenciales a dos, en 1951, es decir, dos años después de la muerte de FDR.

La mayoría de los redactores de la Constitución de EE. UU. y los legisladores posteriores fueron contrarios a dicha restricción hasta aquel momento.

Donald J. Trump (DJT) va en camino de convertirse en el primer presidente de la historia de EEUU que gana tres elecciones presidenciales consecutivas, las de 2016, 2020 y 2024.

La estrategia de los dirigentes del Partido Demócrata de apartar a DJT de la carrera electoral mediante la presentación de demandas judiciales de todo tipo, algunas de ellas, estrambóticas, está fracasando y la mayoría de estos casos, si no, todos, acabarán volviéndose contra sus proponentes.

Asimismo, el estado de las habilidades cognitivas de Biden forzará a que los que mueven los hilos del campo demócrata impongan un candidato de recambio durante la convención del partido, que se celebrará el próximo verano, ya sea, de nuevo, Hillary Clinton o Michelle Obama.

Biden se reserva ejercer el privilegio del perdón presidencial, como los dos actos últimos de su carrera, para exonerar a su hijo, Hunter, de las consecuencias penales que tienen los crímenes de los que se le acusan, sobre los que el Congreso tiene pruebas abundantes, antes de otorgárselo a sí mismo por crímenes no menos graves, incluyendo el de traición.

La posibilidad de una victoria electoral de DJT no parece encontrar obstáculos, siempre y cuando las elecciones de 2024 sean libres y justas y a ninguna de las agencias de las tres letras estadounidenses se le ocurra provocar un suceso de fuerza mayor, como ya sucedió en alguna ocasión en el pasado.

El proyecto Nuland -Victoria Nuland, número dos del departamento de Estado de EEUU, ha sido la Madaleine Albright estadounidense del siglo XXI- en Ucrania ha fracasado de forma estrepitosa, como mostró el anuncio de su jubilación el pasado 5 de marzo, y el gobierno Biden parece haber escogido quién será la cabeza de turco a la que hacer responsable de este fiasco.

La línea del frente en Ucrania empieza a desmoronarse de forma incremental, algo de lo que la toma de Avdeyevka por Rusia -sobre todo, cómo se ha producido- es testimonio patente.

El tiempo de una derrota militar del régimen de Zelensky y de sus patrones occidentales se acerca.

Muchos de los gobiernos y de los círculos de poder a ambos lados del Atlántico han entrado en pánico ante esa eventualidad doble.

El miedo que se siente en EE. UU., en Canadá y en Europa se está compensando con un tratamiento combinado de propuestas delirantes y de sobredosis de dopamina narrativa.

Los más enloquecidos en el norte de América argumentan que DJT seguirá ayudando a Ucrania cuando sea reelegido y mantendrá el statu quo presente, aunque, si esto no fuera posible, creen o se engañan a sí mismos sobre que Europa sustituiría a EEUU como el proveedor privilegiado de armas y de financiación a Kiev a partir de enero de 2025.

Sin embargo, existen también opiniones más realistas que piensan que DJT será fiel a su visión y a su proyecto porque, tanto él como su base electoral, han tachado de la lista de sus preocupaciones a Ucrania.

Por ello, estas voces del sentido común anticipan que DJT buscará una solución negociada rápida con el presidente de Rusia y que, una vez arreglado el problema de Ucrania, EEUU pasaría a retirar sus tropas de Europa y se pondría a la tarea de desmantelar la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de la que nunca fue un admirador.

La enajenación de los gobernantes europeos es aún mayor.

Los militantes del partido de la guerra en el poder en Europa afirman sin sonrojo que los europeos no están cansados del conflicto -a pesar de las amenazas de un impacto económico, incluso, de un colapso, en el continente por culpa de la guerra- y que éste no tiene ningún impacto electoral negativo entre sus electorados.

Los desatinos más disparatados que se escuchan por parte de los líderes europeos del partido de la guerra son "Europa no permitirá que Rusia gane", "Ucrania está haciendo un gran trabajo haciendo retroceder a Rusia", "Europa no dejará a Ucrania tirada" o "Europa puede substituir a EEUU como apoyo central de Ucrania contra Rusia".

Éstos afirman, incluso, que, si hiciera falta, "Europa está dispuesta a poner botas militares en suelo ucraniano para combatir a Rusia".

Los halcones de Estados Unidos repiten que al país le beneficia que Rusia sufra y se triture en Ucrania

En resumen, los halcones en Norteamérica siguen repitiendo que, a pesar de los descalabros ucranianos en el frente de combate, "como Rusia necesita estar en permanente estado de guerra para existir, a EEUU le reporta un gran beneficio hacerla sufrir y que se triture lentamente en Ucrania".

Sólo un profundo sentimiento anti ruso de las élites norteamericanas, rayano con el odio étnico, puede explicar este comportamiento tras la desaparición de la Unión Soviética.

Sus pares en Europa los acompañan con afirmaciones de que "los europeos no están fatigados de la guerra en Ucrania" y de que éstos están "dispuestos a reemplazar a EEUU contra Rusia", aunque no cuenten con una base industrial que respalde esa retórica.

El pronóstico de cómo terminará este conflicto para Occidente es sombrío, aunque no se puede descartar que el pánico que se siente en estos momentos provoque acciones que sean aún más enloquecidas y devastadoras para la humanidad.

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