Opinión

Opinión: La amnistía vista desde la mayoría silenciosa catalana

El abogado Juan Carlos Giménez-Salinas. Foto: Luis Moreno.

Desde le viernes pasado, la amnistía es un hecho objeto del pacto entre independentistas y Pedro Sánchez. Está por ver si lo será también del PSOE, aunque es muy probable.

También es muy probable que su concesión conlleve al apaciguamiento de la sociedad catalana, a olvidarse, o bien relegar a futuro, las aspiraciones independentistas de una, hoy minoría, de catalanes. Con todo, creo que para la casi totalidad de catalanes, bienvenida sea.

Hace más de diez años, conducidos por políticos de segunda fila, carentes de liderazgo y actuando solamente para su grupo, Cataluña y también España, han vivido graves períodos de incertidumbre, zozobra, inquietud social y económica.

Los catalanes hemos tenido que soportar, todos, y aquí incluyo a los independentistas, promesas, actuaciones, incumplimientos, egoísmos y actos políticos irracionales que nos han conducido a fracturar nuestra sociedad, debilitarla económicamente y olvidar (el Govern y con él sus últimos, ninguneados y despersonalizados presidentes de la Generalitat) de los problemas reales de Cataluña.

Nuestros últimos y no tan últimos presidentes se han dedicado exclusivamente a obedecer a sus bases, olvidándose de que sus cargos les obligaban a gobernar para todos.

La sociedad catalana empieza a respirar de nuevo, pero no a pleno pulmón. Vivimos un período dramático del que el ciudadano catalán desea pasar página.

La amnistía nos ayudaría a todos. Sabemos que al expresidente Puigdemont, convertido en un político casi olvidado hasta ahora, las urnas le han dado la llave para que Pedro Sánchez sea presidente.

La política es así y la aritmética que rige el Congreso le ha retornado a las portadas, pero si no hubiera sido así, el gobierno de España, el que fuere, hubiera tenido que pactar una solución política para solucionar el conflicto y uno de los temas siempre presentes hubiera sido una posible amnistía.

Los políticos catalanes en el exilio se saltaron todas las leyes, desoyeron sentencias y normas, incumplieron la Constitución, todo ello para fracasar con rotundidad y dejar Cataluña enfermiza, crispada y disminuida tanto política como económicamente. Pero el problema está aquí, todavía para muchos catalanes Cataluña es víctima del imperialismo castellano.

Con una amnistía para estos aficionados de la política, continuaría el debilitamiento del independentismo, las nuevas generaciones olvidarían, al menos durante muchos años, unas pretensiones nacionales intentadas mediante estrategias y métodos erróneos, y los próximos gobiernos catalanes podrían dedicarse a lo que le interesa a nuestra sociedad: una educación de primer nivel, una economía en crecimiento, una sanidad que proteja, infraestructuras modernas y eficaces, energías alternativas y otros asuntos de interés común. Todo ello olvidado, arrinconado, ninguneado, en aras, primero, de alcanzar la independencia.

La amnistía puede ser anticonstitucional o no, lo sabremos cuando se dicte sentencia, pero la realidad es que su concesión es buena para todos los catalanes. Después de ella tiene que llegar un período de normalización social y política.

Es cierto que el resultado de las últimas elecciones generales ha arrojado una distribución de escaños complicada. Lo normal en cualquier otro país con mayor tradición democrática que el nuestro es que PSOE y PP hubieran pactado un gobierno de coalición; aquí todavía no es posible.

Pedro Sánchez, para conseguir el poder, intenta unir partidos independentistas de izquierdas y derechas, como Bildu y PNV en el País Vasco, y ERC y Junts en Cataluña. Casi la cuadratura del círculo. Veremos si lo consigue y cuánto le dura.

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