Opinión

La crisis del SVB y sus implicaciones

La caída del Silicon Valley Bank (SVB) y la intervención de la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC) por considerarla un potencial detonante de riesgo sistémico constituye el primer y fallido test de la regulación puesta en vigor tras la última crisis financiera, Ley Dodd-Frank, cuyo objetivo era conjurar la posibilidad de que un gran banco fuese a la bancarrota, impedir dinámicas de contagio y evitar su rescate por el Gobierno. Por añadidura, lo acaecido al SVB y a otras entidades menores ha hecho resucitar el fantasma de una nueva crisis bancaria en un contexto definido por bajo un crecimiento en la economía global, una alta inflación y unos niveles de deuda muy abultados en un buen número de países desarrollados y emergentes. Desde esta perspectiva es interesante realizar una aproximación a lo ocurrido con el banco californiano y a sus hipotéticas consecuencias tanto en USA como en otras latitudes, en concreto, Europa.

El SVB desarrolló una estrategia muy exitosa en comparación con la desplegada por otros bancos regionales. Su base de clientes y su cartera estaba concentrada en el sector tecnológico y sus relaciones con las sociedades de capital riesgo, así como con las empresas que operaban o querían operar en aquel. El resultado fue una evolución de su cotización bursátil superior a la del promedio de la industria bancaria norteamericana, alimentada por los bajos tipos de interés y por el fuerte crecimiento de las techs. Ese panorama cambió cuando la Reserva Federal comenzó a elevar los tipos de interés, lo que debilitó la inversión en el sector tecnológico y redujo el valor de la cartera de bonos de SVB. En lugar de esperar y ver, si el SVB podía recaudar capital adicional para fortalecer su balance, los titulares de depósitos no asegurados se dirigieron con bastante rapidez y sensatez hacia las ventanillas de la entidad. Debido a que el SVB dependía más de esa modalidad de depósitos que sus competidores, la pérdida de confianza derivó en una corrida bancaria clásica.

La Administración Biden ha argumentado que su actuación ha sido necesaria para que los depositantes comerciales no asegurados tuvieran suficiente efectivo para hacer frente a sus obligaciones. A falta de un respaldo explícito, el riesgo de contagio a otros bancos regionales se dispararía. Sin embargo, la mayoría de esas entidades operan en otros sectores y tienen una mayor dependencia de los depósitos minoristas asegurados. El Gobierno norteamericano podría haber usado el fracaso de SVB para recordar a la opinión algo elemental: todos los depósitos minoristas tienen una garantía de FDIC de 250,000 dólares y, por tanto, todos los clientes del SVB tienen acceso a sus fondos hasta esta cantidad. Esto es muy probable que hubiese bastado para detener cualquier potencial de contagio.

Sin embargo, no se ha permitido al FDIC aplicar su manual tradicional para abordar una quiebra bancaria, lo que hubiese lanzado una poderosa señal a los mercados de capitales sobre el riesgo asociado con las instituciones financieras concentradas en sectores específicos. Si los depositantes huyen de un banco con una alta dependencia de los depósitos no asegurados o cuya línea de negocios se asienta en el mantenimiento de bajas tasas de interés a perpetuidad, ese movimiento no es puede ser diagnosticado como una enfermedad contagiosa sino como un ejercicio de destrucción creativa. Por último, cada vez que un Gobierno decide que un banco es demasiado grande para caer, el riesgo moral se eleva, las demandas de mayor regulación se acentúan y las dificultades para que los bancos asuman los tipos de riesgo que, en los buenos tiempos, son beneficios para sus accionistas, respaldan el ecosistema de nuevas empresas y promueven el dinamismo de la economía.

En este contexto, la situación creada en el Crédit Suisse ha desatado el temor de que pueda contagiarse al sistema bancario europeo, sumando a la presente estanflación el peligro de una nueva tormenta financiera. De entrada, los problemas de ese banco helvético no son nuevos y no fueron abordados por los organismos regulatorios y supervisores como era su obligación. En paralelo no hay motivo alguno para considerar que la banca continental tiene problemas de liquidez o de solvencia, entre otras cosas, porque su modelo de negocio es distinto al de la mayoría de los bancos USA y, en concreto, al del SVB. Sin duda, el miedo es libre pero a priori no hay razones fundadas para esperar un Armagedon bancario en Europa.

Esto es vital cuando se oyen voces en pro de hacer un parón en la política destinada a reducir la inflación o suavizarla. Ello sólo conduciría a transmitir a los mercados y a los agentes económicos que hay una amenaza real de riesgo sistémico. Además, una acción de esa naturaleza, frenando la subida de tipos de interés y la reducción del balance del BCE, sólo contribuiría a alimentar las expectativas inflacionistas y, por tanto, forzaría antes o después a poner fin a la dinámica alcista del nivel general de precios con un coste mucho mayor. La estabilidad financiera es incompatible con una inflación elevada y persistente. Como ha señalado Larry Summers, "Cuando un médico prescribe antibióticos, lo peor que puede hacer es dejar de tomarlos en el momento en que uno se siente mejor. Lo peor que podemos hacer, es empezar a detener la inflación y no hacer lo suficiente para matar al dragón".

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