Opinión

La tercera fase de la guerra e Ucrania y sus próximas implicaciones

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La campaña militar de Rusia contra Ucrania pasa por una tercera fase. La primera comenzó el 24 de febrero cuando, tras tres días de haber reconocido la independencia de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, intentó una guerra relámpago para apoderarse de Kiev y derrocar al Gobierno ucraniano. Fracasó por problemas logísticos y una resistencia más dura de lo esperado, incluyendo guerra urbana, para lo que las fuerzas rusas no estaban preparadas.

A principios de abril Rusia redirigió esfuerzos al resto de óblasts en Donbas, donde las autonomistas controlaban 93% de Lugansk y 54% de Donetsk. Actualmente, el Ejército ruso controla todo Lugansk y grandes partes de Kherson y Zaporizhzhia, pero ha progresado poco en Donetsk, dadas la posiciones defensivas ucranianas, construidas progresivamente tras la anexión de Crimea por Rusia en 2014. Por tanto, la guerra ha entrado en una tercera y lenta fase, en la que el equilibrio de fuerzas parece más igualado, sobre todo con el flujo de suministros militares occidentales. De hecho, los ucranianos han sido capaces de lanzar contraofensivas, que aparentemente empujan a Rusia a tratar de consolidar posiciones existentes, militar y administrativamente, incluso con rumores de independencia o referendos de anexión para septiembre. La toma del óblast restante que bordea el Mar Negro -Mykolaiv y Odessa- tendría alto valor estratégico para Rusia, pues dejaría a Ucrania sin litoral y crearía conexión con Transnistria, región separatista de Moldavia respaldada por Rusia. Pero el presidente Volodímyr Zelensky dejó claro que los intentos de anexar territorios prácticamente elimina la posibilidad de un acuerdo.

A la escasez en energía, se unirá la caída de un 35% de la producción agrícola ucraniana

De manera que, cuanto más se prolonga la guerra, mayor es el impacto en la actividad económica ucraniana, debido a la constante destrucción de capital productivo y huida de mano de obra. Se estima que su PIB se puede contraer 35% en 2022. Además, las enormes sanciones a Rusia, aunque requieran tiempo, ya afectan a su producción de automóviles, por falta de piezas y probablemente a las ventas, por escasez de productos importados. Aunque los altos precios de la energía favorecen a su presupuesto estatal y, por extensión, esfuerzo de guerra, el FMI estima que el PIB de Rusia puede contraerse 6% en 2022 y 3,5% en 2023.

Hay que tener en cuenta que Rusia y Ucrania son los principales productores y exportadores de materias primas agrícolas clave: 24% del trigo, 14% del maíz y 57% de las exportaciones de aceite de girasol mundial de 2016 a 2020. El trigo, la fuente más importante de proteínas del mundo y segundo cereal más consumido tras el arroz, ha sido motivo de preocupación. De hecho el conflicto amenaza con reducir hasta en 35% la producción agrícola ucraniana, por menor área cosechada y producción. Además, el bloqueo ruso de puertos ucranianos y sanciones occidentales al transporte marítimo ruso obstaculizan las exportaciones. A ello se añade la caída de exportaciones de fertilizantes de Rusia y Ucrania, que pone en peligro futuras cosechas en el mundo. Afortunadamente, el acuerdo negociado por la ONU y Turquía proporciona cierto alivio para evacuar 25 millones de toneladas de grano y aceites almacenados en Ucrania. El acuerdo se renovará automáticamente cada cuatro meses e incluye garantías de que las exportaciones rusas de cereales y fertilizantes permanecerán exentas de sanciones. A pesar de un comienzo inestable, ya hay planes de aumentar a cinco por día el numero de buques cargados con granos de puertos ucranianos.

China continúa interesada en preservar sus lazos comerciales con Occidente

Pero los altos precios de la energía debilitan los saldos por cuenta corriente de los países importadores de la misma, así como las posiciones de liquidez de las industrias intensivas en energía. Europa está particularmente expuesta, dados los volúmenes de importación de gas, 40% antes de la guerra, actualmente restringido por Rusia, lo que puede producir escasez este invierno. Un estudio reciente del FMI estima que el PIB de la UE puede reducirse cerca de 1% e incluso 2,7% si las importaciones de gas ruso se quedan en cero, sobre todo en Alemania, Italia y países de Europa del Este, con consecuencias para la economía mundial. A pesar del rápido aumento del almacenamiento de gas, que estimamos puede alcanzar 80% de capacidad en un mes, los precios han llegado a ser diez veces mayores que antes de Covid y más del doble que antes del conflicto. Efectivamente, las sanciones occidentales al petróleo, carbón y gas natural de Rusia y, en represalia, las restricciones de esta al flujo de gas natural a Europa, han hecho saltar los precios de la energía, ya ajustados tras un repunte económico mayor de lo esperado post- Covid y muchos años de falta de inversión en el mundo. Rusia ha culpado de sus menguantes exportaciones a las sanciones, pero más bien apunta a utilizar la energía contra Occidente para mantener los precios altos y compensar los menores volúmenes, a fin de financiar los esfuerzos de guerra y sembrar división interna entre los países de la UE, para potencialmente frenar el apoyo a Ucrania. Un Kremlin ansioso por maximizar la presión implica que el mercado de gas natural puede permanecer volátil los próximos meses. Así que, ante el riesgo de escasez de gas este invierno, la UE ha acordado reducir voluntariamente su consumo un 15% respecto al promedio de cinco años, con medidas a iniciativa de los Estados. Incluye una cláusula que permite al Consejo Europeo hacer recortes obligatorios en caso de riesgo sustancial de escasez de gas. Finalmente, desde que los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping firmaran, antes de la invasión, una declaración conjunta "sin límites" de amistad" y ni áreas "prohibidas de cooperación", ha habido mucha especulación sobre hasta dónde puede llegar China en apoyo de Rusia. En realidad, la relación ha sido históricamente complicada. A pesar de compartir ideología comunista, las tensiones crecieron en las décadas de los 50 y 60, con un breve conflicto militar en 1969. Las relaciones comenzaron a normalizarse a finales de los 80 y mejoraron tras la disolución de la Unión Soviética. En 1994 se declaró una "asociación constructiva", que evolucionó a "estratégica" (1996), "especial" (2013) y "estratégica integral" (2019). Se basa en la convergencia de intereses geopolíticos y económicos, además de la relación entre Putin y Xi. Ambos parecen compartir una visión común, por experiencia de la Guerra Fría, con oposición a un orden dominado por las potencias occidentales, particularmente EEUU. Parecen tener sentido de "misión histórica" para restaurar la posición económica y política de sus respectivos países. Sin embargo, los lazos de la población son mucho más laxos. Rusia solo representa 2% a 3% del total de importaciones y exportaciones chinas, mientras que China 15% de las exportaciones y 25% de las importaciones rusas. Además, China importa principalmente minerales (petróleo, gas, carbón) y metales de Rusia, mientras que Rusia maquinaria y equipos eléctricos. Los vínculos militares se han profundizado, especialmente desde 2014, cuando la anexión de Crimea por Rusia la aisló cada vez más de los mercados internacionales y China intensificó esfuerzos para modernizar sus propias fuerzas armadas. Ahora la tecnología militar China está reduciendo la brecha con las capacidades rusas. Ahora bien, la guerra obliga a China a proteger sus relaciones comerciales con Occidente mientras mantiene una alineación "filosófica" con Rusia, en un equilibrio diplomático, económico y militar. De manera que en realidad, el apoyo de China se limita principalmente a la retórica y aumento de importaciones de energía de Rusia. Incluso China, si juega bien sus cartas y se evitan escenarios extremos (globales o nucleares) puede beneficiarse, haciéndose proveedor de muchos productos valiosos para un mercado ruso cautivo. En todo caso, el conflicto ucraniano proporciona una visión vital de cómo Occidente puede responder si China actúa contra Taiwán.

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