Opinión

Alta gastronomía francesa al servicio de la política

Emmanuel Macron, presidente de Francia

Si fueron los leoneses los que sirvieron de cuna al parlamentarismo mundial, y los ingleses los que lo popularizaron, son desde luego los franceses los que, nostálgicos de su monarquía, innovaron el pasado siglo XX para generar un sistema político en el que, de manera casi incomprensible, a un presidente electo por las urnas se le añade, pocos meses después, un primer ministro surgido, más o menos, de la mayoría del legislativo. Es una innovación que funciona bien cuando el presidente tiene una alta legitimidad y su formación gana las elecciones; pero cuando pierde la mayoría en el legislativo puede acabar originando un calvario político (cohabitación lo llaman los franceses) en el que dos poderes con legitimidad popular pueden acabar chocando entre sí.

Aunque leyendo la prensa estos días pueda dar la sensación de que, más de treinta años después, podríamos estar a las puertas de una cohabitación, un análisis de los datos parece indicar una situación diferente. Es verdad que en la primera vuelta han resultado casi empatados Juntos (Ensemble), el bloque del presidente y NUPES (Nueva Unión Popular Ecologista y Social), un Frente Popular de izquierdas liderado por la Francia Insumisa del inefable Jean-Luc Mélenchon. Los resultados se completan con el magnífico resultado obtenido por la Agrupación Nacional de Marine Le Pen (un 18%, de lejos su mejor resultado en unas legislativas) y con el descalabro claro de Los Republicanos, un partido gaullista, que va a perder un número importante de diputados este próximo domingo. El otro gran vencedor del domingo pasado ha sido el desánimo: una gran abstención, con una participación inferior al 48%, que muestra la crisis que el sistema representativo sufre desde hace años en occidente, como me recordaba el otro día Tadeu.

Para entender por qué no está claro aún quién dominará la Asamblea de la República, hay que entender que el sistema electoral francés divide el país en 577 circunscripciones uninominales y que, para hacerse con el escaño en primera vuelta, hay que obtener la mayoría absoluta y además ha de haber un mínimo de participación. Esto hace que apenas se repartan escaños en esta primera ronda y que todo quede abierto para la segunda, por lo que esté todo en juego para saber si el partido del presidente consigue llegar a los 289 escaños necesarios para tener mayoría absoluta y poder gobernar con tranquilidad los próximos años. A esta segunda vuelta llegan vivos los partidarios de Macron en 410 circunscripciones, por lo que gran parte de las batallas del domingo se librarán entre un candidato presidencial y uno de otro partido. Los de Mélenchon y los de Le Pen llegan vivos también a un número muy relevante de distritos (más de 350 en el primer caso y casi 200 en el de los herederos del Frente Nacional), mientras que el hundimiento de Los Republicanos les deja compitiendo por apenas 75 años escaños, lo que anticipa un batacazo el domingo de la que hasta ahora era la segunda fuerza parlamentaria en París con 137 diputados. Con estos antecedentes, es interesante destacar que por primera vez habrá casi cien duelos en los que los contendientes están ubicados en los extremos del arco político: un candidato de NUPES frente a otro de la Agrupación Nacional, y ahí no hay una consigna clara por parte de los centristas, que han optado en general por recomendar la abstención o analizar caso por caso el perfil de los dos candidatos.

Lo más probable ahora mismo (valga esto para lo que valga dentro de veinticuatro horas, querido lector) es que el bloque presidencial se quede cerca de la mayoría absoluta y que consiga superar los 289 escaños con el apoyo de Los Republicanos. No hay datos que indiquen que el bloque de izquierdas pueda llegar a sumar esa cifra, aunque en unas elecciones no puede darse nada por seguro hasta que no se cuentan los votos. En cualquier caso, todo anticipa unos mediocres resultados para Macron (de hecho, es la primera vez que el partido del presidente cae al 25% en la primera vuelta de las legislativas) y una consolidación de modelo de extrema polarización en el Hexágono: un tercio de los electores ubicados en el centro, un tercio devorado por una derecha cada vez más extrema (y por primera vez con grupo parlamentario propio) y otro tercio acomodándose en una izquierda cada vez más cerca de un discurso comunitarista ajeno a gran parte de los valores republicanos.

En definitiva, el presidente Macron ha recibido un castigo y todo parece indicar que no podrá gobernar en solitario. Ahora bien, lo hará con un partido cercano y cuyo pesó hará virar ligeramente hacia la derecha el rumbo de la nave gubernativa. El hecho de que NUPES se disuelva y cada partido tenga luego grupo parlamentario propio puede facilitar también al presidente acuerdos puntuales con los diputados socialistas si es que estos alcanzan un número suficiente (se necesitan quince diputados para tener un grupo parlamentario propio). En cualquier caso, todo parece indicar que los resultados de mañana domingo le permitirán gobernar y sortear a una oposición con una agenda dura y que coincide en más temas de los que parece: simpatía por la Rusia de Putin, discurso soberanista y agenda claramente antieuropea, etc. Y una guinda a todo este pastel. El presidente Macron ha amenazado a los ministros que se presentan como candidatos y, en caso de no resultar elegidos, los cesará de sus cargos ministeriales: esto sí que es asumir responsabilidades políticas, y no esas cosas a las que estamos acostumbrados en España.

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