Opinión

El lustro europeo

En una de sus últimas apariciones en público, nuestro añorado presidente, José Pedro Pérez-Llorca, recordaba la costumbre de los antiguos de "lustrar" la casa cada cinco años, inventando una unidad de tiempo que ha llegado hasta nuestros días y que nos invita a reflexionar sobre la necesidad de limpiar, renovar o tratar de mejorar el lugar donde vivimos o trabajamos cada cierto tiempo.

 Las instituciones europeas adoptaron ese plazo para su periódica renovación -eligiendo un nuevo Parlamento y renovando la Comisión- y eso nos obliga a pensar, cada cinco años, cómo lustrar la casa común, aún en construcción, de todos los ciudadanos de Europa. Lo cierto es que, al observar la fachada, la cocina y las habitaciones de la Unión Europea, cinco años después de la última renovación, nos invade un melancólico déjà vu, no solo porque parece envejecer más deprisa de lo que nos gustaría, sino porque nos sentimos, como sociedad, igual de incapaces que entonces de renovarla de verdad. ¿No queremos o no podemos ayudar a mejorar Europa? En mi opinión, lo peor es que muchos españoles ni siquiera nos lo preguntamos.

Igual que hace un lustro, nuestros compatriotas siguen hoy sin ser conscientes de lo que nos jugamos en las instituciones europeas y, en consecuencia, no le dan a estas elecciones la importancia que realmente tienen para nuestra vida cotidiana. Menos aún lo hacen este año, que se encuentran más ocultas que nunca, entre los muchos y decisivos comicios que acaba de vivir o aún debe afrontar nuestro país. ¿Saben los ciudadanos, por ejemplo, que en Europa se decide hoy lo que vamos a poder comer -y, por tanto, producir o fabricar- en el futuro o qué vamos a hacer en los próximos años con la basura que generan nuestros hogares? ¿Piensan que será igual para nuestros ciudadanos o los trabajadores de sectores enteros de la economía española que esas decisiones se tomen teniendo más en cuenta, por ejemplo, los intereses de los países que no producen alimentos que los nuestros?

Igual que hace un lustro, las fuerzas políticas -con muy honrosas pero escasas excepciones- caen en la tentación de proponer que nos representen en Bruselas y Estrasburgo personas, sin duda honorables y comprometidas, pero que tienen en las instituciones comunitarias una retirada honrosa para sus carreras políticas o un premio de consolación para sus muy legítimas pero frustradas aspiraciones en otros foros. ¿Saben los ciudadanos, por ejemplo, que de la capacidad política de esas personas, de sus conocimientos o de su manejo de idiomas van a depender las reglas para que nuestras empresas puedan competir, generar riqueza o, quizá, evitar que les perjudique otra crisis en el futuro?

Igual que hace un lustro, el debate electoral para el Parlamento Europeo se está empezando a dar exhibiendo una batería de recetas domésticas, muy pertinentes para sazonar -al gusto de cada cual- la política española, pero que nada tienen que ver con lo que se cuece hoy en Europa. ¿Y qué se cuece?

Además de los ejemplos concretos que he citado, de Europa depende, hoy más que nunca, nuestro futuro. La verdadera digitalización de nuestra sociedad -que nos convierta no solo en clientes cautivos sino en trabajadores y profesionales libres-, la trasformación hacia una economía circular -que convierta el cuidado del planeta en una fuente justa de riqueza y bienestar para todos y no en una carga para los que menos lo merecen-, la capacidad de innovar en productos y procesos que nos permitan vivir mejor, más tiempo y con más salud -para evitar que seamos rehenes de otros que hace tiempo que nos superaron con su iniciativa y que hoy nos tratan como un simple mercado en decadencia-, son los platos que se van a preparar, en los próximos cinco años, en la cocina europea. Casi nada.

Parece que los grandes arquitectos de la casa europea están en los libros de historia, cuidando a sus nietos o, quizá, formándose aún en las universidades. Hasta que alguno de ellos nos muestre unos nuevos planos nos tendremos que conformar con lustrarla lo mejor que podamos. Propongo, modestamente, que por una vez los españoles nos ocupemos ya en serio de la cocina. No estaremos solos. Pero si seguimos mirando a Europa desde fuera, quizá dentro de otro lustro ya no reconozcamos ni la casa ni a los vecinos.

WhatsAppWhatsAppFacebookFacebookTwitterTwitterLinkedinlinkedin
FacebookTwitterlinkedin