Opinión

La nueva realidad política en Brasil y México y la influencia en Latinoamérica

  • Bolsonaro y López Obrador fueron elegidos tras campañas muy polarizadas

A finales de 2017 un exministro europeo de Asuntos Exteriores pronosticaba que tras el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, y una vez que Chile, Colombia, México y Brasil pasaran sus respectivas elecciones presidenciales, los cinco principales países de América Latina tendrían gobiernos liberales o de centro derecha. Y si bien el pronóstico se cumplió con Sebastián Piñera e Iván Duque, los triunfos de Andrés Manuel López Obrador y de Jair Bolsonaro nos situaron en las antípodas de lo esperado.

Aparentemente, López Obrador y Bolsonaro son figuras opuestas, tanto política como ideológicamente. Sin embargo, más allá de las diferencias, perfectamente visibles en muchas de sus propuestas sociales y económicas, es posible encontrar algunos puntos comunes entre quienes encabezan las dos potencias regionales, comenzando por su recelo con la democracia. Ambos fueron electos tras campañas muy polarizadas, en las que se apeló al voto del descontento y antisistema. Mientras en México el PAN y el PRI representaban la política tradicional que debía ser desbordada por la izquierda, en Brasil, tras 13 años de gobiernos de Lula da Silva y de Dilma Rousseff, el enemigo a batir era el PT (Partido de los Trabajadores).

Las dos administraciones tendrán una gestión muy personalista, con presidentes que ostentarán su estilo caudillista más allá de las instituciones y apelando directamente al "pueblo". Pero, mientras Morena, el partido de López Obrador, cuenta con una amplia mayoría parlamentaria, Bolsonaro se enfrenta a una elevada fragmentación, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, lo que dificultará la gobernabilidad de su país.

Bolsonaro y López Obrador ostentarán su estilo caudillista más allá de las instituciones

En la economía observamos algunas grandes diferencias. De la mano de Paulo Guedes, su súper ministro económico, Brasil quiere limitar el tamaño del aparato estatal y la presencia de las empresas públicas, intentando privatizar un buen número de ellas, aunque habrá que ver lo que ocurre después del 1 de enero con el comienzo de la nueva administración. Se buscará reducir el gasto público, o al menos hacerlo más eficiente, ya que la principal apuesta para reactivar el crecimiento tras la recesión es la iniciativa privada.

En México ocurre lo contrario. Según los presupuestos recién aprobados, el Estado debe ser el principal impulsor de la recuperación económica. El gasto público es el gran protagonista, especialmente a partir del objetivo gubernamental de revertir las principales reformas del sexenio anterior, comenzando por la energética. En este sector encontramos otra semejanza, dado el carácter estratégico otorgado a la energía, tanto a los hidrocarburos, como a la electricidad, gracias al fuerte sentimiento nacionalista presente en los dos personajes. Si en un caso se quiere reflotar Pemex, en el otro se intenta evitar la privatización de Petrobras.

En la política regional y hemisférica se ven importantes diferencias, aunque por distintos motivos ambos buscan tener excelentes relaciones con Estados Unidos, especialmente con Donald Trump.

La política latinoamericana reconfigurará la realidad y las alianzas regionales

Si en México impera la necesidad, ante los estrechos vínculos económicos y comerciales existentes y la presencia de una nutrida colonia mexicana al otro lado de la frontera, en Brasil, la afinidad ideológica y la necesidad de articular un "relato" antagónico al PT los lleva a reforzar su acercamiento a Washington, si bien todavía desconocemos el precio que quiere pagar la nueva administración.

Venezuela, Cuba y Nicaragua serán un terreno de disputa. Mientras Maduro viajó a México el 1 de diciembre, su presencia en Brasilia en la toma de posesión de Bolsonaro fue vetada (al igual que la de Miguel Díaz-Canel y la de Daniel Ortega). México y Brasil han sido dos países importantes del Grupo de Lima, pero ahora puede darse el caso de que ambos tensionen la unidad costosamente alcanzada al presionar en direcciones opuestas. Mientras la diplomacia brasileña intentará endurecer la respuesta regional contra Maduro, la mexicana probablemente sea más tolerante. El 10 de enero, inicio del nuevo mandato de Maduro, veremos en qué queda todo esto.

Tradicionalmente tanto Brasil como México prefirieron jugar un papel de limitado o nulo liderazgo regional. Hoy las cosas pueden cambiar. Hay señales que indican que Bolsonaro quiere convertirse en un aglutinador de la derecha más extrema de la región. López Obrador, por su parte, es el referente de mayor peso de la izquierda continental, aunque todavía no sabemos qué papel quiere jugar. De todos modos, es un hecho que la política latinoamericana ya se mueve por unos derroteros que reconfigurarán la realidad y las alianzas regionales.

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O sea que puede que vayan bien, o vayan mal.

Es un vaticinio con el que siempre se acierta.

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