Opinión

La caída de los dioses

Los buenos empresarios y directivos son los que saben rectificar a tiempo en lugar de empecinarse en sacar sus ideas adelante cueste lo que cueste. El Corte Inglés echó esta semana a Dimas Gimeno de la presidencia. Gimeno tenía seguramente muchos argumentos para defender su puesto.

Isidoro Álvarez lo dejó al frente del grupo de centros comerciales en cumplimiento de una regla no escrita por la que el puesto de presidente había psasado siempre de tíos a sobrinos desde el fundador, César Rodríguez; su madre, María Antonia Álvarez, no logró que su hermano Isidoro segregara su participación del 7 por ciento en IASA en una sociedad aparte, como tampoco que le diera antes de morir un mayor peso en la Fundación Ramón Areces, donde la familia sólo tiene un puesto en el patronato. Entre IASA y la Fundación Ramón Areces tienen el 60 por ciento de El Corte Inglés.

También es cierto que existe falta de transparencia en la contratación de proveedores, especialmente en el área de seguridad, como denuncia Gimeno, aunque resulta extraño que no impulsara la auditoría sobre este aspecto desde el primer día de su mandato en 2014.

Asimismo, es inexplicable que en octubre aceptara la pérdida de poderes ejecutivos y unos meses después los volviera a reclamar, curiosamente cuando se recrudeció la guerra patrimonial.

Pero su gran error fue actuar desde el primer día como si la empresa fuera suya, sin tener en cuenta la opinión de sus primas Marta y Cristina Álvarez, que a la sazón mantienen el control a través de IASA y la Fundación Areces.

Además, desde el comienzo intentó apartar a Nuño de la Rosa y Víctor del Pozo, que esta semana fueron ratificados como presidente y consejero delegado, respectivamente. Ambos directivos fueron la mano derecha de su tío y son los artífices del espectacular crecimiento de El Corte Inglés en las últimas décadas.

Para más Inri, en los últimos meses, Gimeno se dedicó a entorpecer la labor de De la Rosa y Del Pozo. Así, arremetió públicamente contra Amazon mientras que ambos directivos mantenían negociaciones avanzadas para rubricar una alianza con el gigante de Internet.

Después de esto, es una desfachatez que en una entrevista otorgada esta semana a un diario amigo dijera que no se había marchado porque "llevo el ADN de El Corte Inglés".

En última instancia, Gi-meno fue el responsable de la entrada del jeque Al-Thani, a través de un acuerdo que ni siquiera tiene en cuenta el valor de los inmuebles, la joya de la corona del grupo de centros comerciales.

En estas circunstancias, lo sensato es llegar a un acuerdo que le permita una salida desahogada desde el punto de vista económico. Empecinarse en emprender una batalla judicial puede colocarle en una situación delicada. Sobre todo, teniendo en cuenta que su familia debe alrededor de cien millones a la Hacienda Pública por la herencia recibida de su tío.

En las empresas casi centenarias es complicado mover las estructuras, pero la falta de tacto de Gimeno fue notable. Las historias de Quijotes están bien para los libros de caballería, pero no funcionan en la vida real, suelen conducir a la ruina.

Hay más de un príncipe destronado empeñado en acabar con la obra que él mismo creó. La ampliación de capital de Duro Felguera estuvo a punto de irse al garete por culpa de las trabas de todo tipo de su antiguo presidente, Ángel del Valle. Felguera es la única gran empresa que queda en España del sector de bienes de equipo.

El mismo ánimo de revancha se trasluce detrás del exconsejero de Sacyr, Ma-nuel Moreno Ca-rretero, que con alrededor de un 5 por ciento de la constructora del Canal de Panamá pretendía dictar las reglas de funcionamiento y poner o quitar presidentes.

Sorprende, además, que maneje inversiones de cientos de millones a través de derivados cuando dirige una constructora de beneficios muy modestos. Su actitud sólo se entiende si cuenta con la guía y el apoyo del antiguo presidente, Luis del Rivero, que a punto estuvo de hundir Sacyr. Gimeno, Del Valle y Del Rivero son los nuevos protagonistas de La Caída de los Dioses, como en el film de Lucino Visconti.

PD.- Una semana tardó el Gobierno de Sánchez en destapar sus verdaderas intenciones. Primero fue la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, quien amagó con un alza de los tributos, aunque luego matizó que no, por ahora. Luego la titular de Trabajo, Magdalena Valerio, destapó la caja de los truenos al reconocer que habrá que subir impuestos para pagar las pensiones y, además, abogó por revitalizar los convenios colectivos sectoriales y provinciales para proteger a los sindicatos. Y la ministra de Sanidad, Carmen Montón, restablece la sanidad universal para inmigrantes por 1.100 millones más. ¡Agárrense, que vienen curvas!

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