Opinión

Las relaciones Oriente-Occidente en 2021

  • La falta de entendimiento afecta a la respuesta a la actual crisis
  • Es imperioso fomentar un mayor diálogo entre las dos culturas
Francia, presidida por Emmanuel Macron, es uno de los países donde más se sufre la tensión entre las dos culturas.

El año 2020 demostró una vez más que la relación entre Occidente y el mundo árabe y musulmán todavía está enturbiada y complicada por la persistencia de recuerdos de colonización, guerras y atrocidades que se remontan a las Cruzadas y, en tiempos modernos, a la Guerra de Argelia por la independencia de Francia y a los conflictos recientes en Afganistán e Irak. Es una relación dañada por sospechas, desconfianza y resentimiento de parte de muchos (o acaso la mayoría) de los musulmanes, así como de muchos en Occidente. El exiguo conocimiento que las dos partes de la relación tienen de otras culturas no facilita la comprensión mutua; un hecho aciago cínicamente explotado por radicales (también de ambos lados).

Abundantes iniciativas recientes intentaron promover el diálogo intercultural y fomentar una comprensión más profunda entre civilizaciones y culturas, particularmente el Islam y Occidente. Lamentablemente, estas propuestas (incluida la creación en 2005 de la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas) no han excedido en general el ámbito de las personas más educadas, y sus esfuerzos no han tenido efecto sobre la gente de a pie.

Por el contrario, cualquier ataque o expresión extremistas se sobrepone a esas iniciativas y refuerza la idea de que hay dos culturas antitéticas trabadas en un conflicto inevitable e inmutable. La nueva polémica que se suscitó hace poco en Francia por unas caricaturas del Profeta Muhammad, y las espantosas atrocidades que le siguieron, son pruebas claras de la profunda divisoria cultural que enturbia las relaciones entre el Islam y Occidente.

¿A qué se debe esta nueva profundización de la fisura? Los musulmanes no seculares interpretaron las caricaturas en un marco estrictamente religioso, y el resultado de rabia e indignación se extendió a todo el mundo islámico, desde el norte de África hasta Indonesia. Muchos musulmanes vieron en las imágenes otro ataque deliberado y violento del mundo judeocristiano contra el Islam; una continuación de las Cruzadas por otros medios. ¿Por qué, se preguntan algunos, se permiten (o incluso alientan) ataques al Islam y a sus símbolos sagrados, mientras que las críticas a Israel o la negación del Holocausto se consideran actos de antisemitismo, incluso punibles legalmente? ¿Por qué la bandera y el himno nacional franceses están protegidos de la profanación pero no el símbolo más reverenciado de la fe islámica?

Asaltos contra Europa

Por otra parte, muchos en Occidente vieron las decapitaciones en Francia, así como otras bárbaras matanzas de civiles inocentes sucedidas antes y después en ciudades europeas, como asaltos declarados de terroristas islámicos contra la cultura y el modo de vida de Occidente; actos infames que constituyen un ataque a los valores y libertades que definen a Occidente. Después de estos hechos violentos, el nivel de ofensa implícito en las caricaturas pasó a segundo plano.

Con el presidente francés Emmanuel Macron a la cabeza, la dirigencia occidental se mostró partidaria de una respuesta firme y decidida a los recientes asesinatos en Francia. Aun cuando la inmensa mayoría de los musulmanes siempre han negado que extremistas asesinos representen su fe, estos hechos trágicos fueron otra oportunidad para que algunos, a uno y otro lado, trataran de obtener rédito político y promovieran sus propias agendas estrechas. Mientras algunos opinaban que el Islam necesita una reforma, otros sostenían que la solución es restringir la inmigración musulmana a Europa (una idea cuyo promotor más estridente ha sido, cuándo no, el gobierno del presidente Donald Trump).

Y hay musulmanes que en respuesta quisieran que todos sus correligionarios se retrotraigan al Califato, un tiempo en que el mundo islámico estaba unido y era poderoso.

Lo cierto es que las dos culturas tienen profundas diferencias filosóficas respecto del significado y alcance de la libertad de expresión y de creencia. La cultura secular occidental tiene un lugar muy importante para esas libertades, que ve como un bastión definitivo contra la opresión y el autoritarismo. Por eso Occidente antepone la libertad de expresión a la santidad de las creencias religiosas, a las que considera ideas que, como cualquier otra, pueden ser criticadas e incluso ridiculizadas.

Para la cultura islámica, en cambio, las creencias religiosas son sacrosantas y están por encima de las luchas temporales; burlarse de creencias o símbolos de las religiones abrahámicas implica atacar todo aquello que es sagrado para los musulmanes. Las difíciles transiciones políticas y sociales que se están produciendo en buena parte del mundo islámico llevan a que muchos musulmanes sientan la necesidad de apoyarse todavía más en las certezas de su fe, como contrapeso a los cambios acelerados del mundo. No están dispuestos a tolerar un ataque a la única constante en sus vidas que les da consuelo, esperanza y verdadero significado.

Con toda la agitación, la confusión y la polarización que hay hoy en el mundo, lo último que necesitan la civilización islámica y la occidental es nuevos motivos para la división y el conflicto. Es imperioso en cambio un amplio diálogo entre las dos culturas que ponga sobre la mesa todos los temas conflictivos, con la esperanza de llegar a una comprensión empática de la perspectiva de la otra parte, que ayude a cerrar el abismo abierto entre las dos.

Fórmulas de respeto

Cualquiera sea el resultado final, el objetivo de ambas partes tiene que ser acordar alguna fórmula de respeto mutuo y autocontención que tenga en cuenta las sensibilidades particulares de cada cultura.

Pero el diálogo sólo dará frutos si confronta decididamente la cuestión más importante que subyace a esta última crisis: la desconfianza entre las dos culturas. De modo que el debate tiene que desarrollarse en el nivel de las bases, no sólo entre élites. Y tiene que presentar la relación intercultural no como un choque inevitable de civilizaciones, sino como una oportunidad indispensable para buscar la adaptación mutua. Sólo con este cambio de percepción y mentalidad será posible crear una auténtica relación de iguales entre el Islam y Occidente.

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