Opinión

Nuestras pautas culturales luchan por sobrevivir al COVID

Cultura y Covid, mucho más que salas de cine y teatros cerrados

Antes de escribir este artículo pregunté a varios amigos y colegas en qué pensaban al escuchar las palabras "Covid" y "Cultura". A la mayoría de ellos, entre los que me incluyo, les inspiraban cierre de museos, centros cívicos, teatros y salas de cine; la cancelación de festivales y conciertos; el aumento del número de artistas y de trabajadores de la industria cultural que han perdido sus empleos y el crecimiento exponencial de los eventos culturales en las redes sociales.

En Internet abundan los artículos periodísticos y académicos en esta misma dirección y la propia UNESCO dispone de un espacio en su sitio web donde se puede observar cuantitativamente cómo los gobiernos nacionales han adoptado el cierre de espacios naturales y culturales como medida de seguridad sanitaria. La imagen de un mapa mundial teñido de rojo es realmente escalofriante.

Sin embargo, el término "Cultura" lo asociamos en menor medida con las fiestas clandestinas que tanto nos enojan cuando las vemos en televisión, con lugares abarrotados, con citas de Tinder y sexo casual, con la creación del COVIMAT en Latinoamérica para seguir consumiendo la infusión de mate sin aparente riesgo de contagio, o con las teorías conspirativas. Tampoco asociamos "Cultura" con los/as hijos/as que no aguantaron más sin ver a sus padres y los visitaron durante un fin de semana largo, con los abrazos fuera de la burbuja social, con los «es tu cumpleaños número 30, tienes que festejarlo sí o sí» o con los rituales fúnebres.

Si ampliamos nuestra mirada sobre lo que entendemos por cultura, si la concebimos como la forma mediante la cual nos relacionamos entre nosotros y con el mundo, ya no tenemos una sino dos grandes preguntas con las que podemos interpelarnos: ¿Cómo impacta la pandemia en la cultura? y ¿cómo impacta la cultura en la pandemia?

En relación con la primera diré algo casi obvio: las medidas implementadas para frenar la propagación del COVID-19 están impactando fuertemente en nuestras formas de celebrar, de amar, de despedirnos de nuestros seres queridos cuando fallecen, en nuestras actividades de ocio y tiempo libre y en cómo interpretamos lo que estamos viviendo. En definitiva, en nuestras pautas culturales. No estábamos culturalmente preparados para mantenernos confinados durante meses, para el seguimiento estricto de medidas de higiene, para un distanciamiento social y muchísimo menos para interpretar la dimensión de una amenaza sanitaria mundial. Afortunadamente, también somos muchos/as los que no estábamos culturalmente preparados para que el Estado limitara varias de nuestras libertades individuales. Algunos países que comparten historias de terrorismo de estado tampoco estaban culturalmente preparados para volver a convivir con los términos «toque de queda», «permiso de circulación» y «restricción perimetral».

Y justamente, lo anterior permite dar respuesta a la segunda cuestión: la cultura también impacta en el COVID. No hacen falta modelos estadísticos para saber que las pautas culturales están siendo un escollo para frenar la propagación del virus en varios países. Aunque lo juzguemos, principalmente cuando se trata de los demás, volvemos a poner la música a todo volumen y se nos olvida que los vecinos de abajo quieren descansar. Olvidamos que los vecinos somos todos. Volvemos a llenar los bares ante la primera oportunidad; creemos que una fiesta no le hace mal a nadie y «ya nos la merecemos»; dejamos de lavarnos las manos si vemos que la curva de contagios baja; nos tocamos, nos besamos y nos vamos a desayunar juntos antes de entrar a la oficina. Se nos olvida que las pautas culturales no las marcan solo los padres, sino todos. Es hora de cambiar nuestra mirada sobre esta situación y aumentar nuestro compromiso.

Readaptando las bonitas palabras, y no sensacionalistas, de Julio Cortázar: "De esta asumida adversidad, deberá nacer la mirada que necesitamos".

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