Opinión

Duelo político con Carlos III de testigo

La estatua ecuestre de Carlos III está situada desde 1993 en el centro de la Puerta del Sol, y tiene de frente la sede de la Comunidad Autónoma de Madrid y a sus espaldas el arco formado por las calles del Carmen, Preciados y Montera. Cuando se instaló allí, por decisión democrática de los madrileños en referéndum, gobernaba en la ciudad José María Álvarez del Manzano y en la autonomía Joaquín Leguina, inaugurando lo que durante más de una legislatura hemos conocido los madrileños como difícil cohabitación entre las dos instituciones, un mal que ha llegado a producirse incluso en tiempos en que un mismo partido gobernaba en las dos. Pese a todo ello, nada comparable a la tensa relación que hoy mantienen el gobierno central y el regional, que va a desembocar en una reunión insólita que llevará al inquilino de La Moncloa hasta la Real Casa de Correos, la misma que pudo pisar en las recepciones oficiales cuando era concejal del Ayuntamiento de Madrid, y que nunca ha pisado un presidente del país para mantener un encuentro de trabajo con el máximo responsable de la Comunidad. Cuando Felipe González quería comunicarle algo importante a Leguina, como la retirada de aquél repudiado tres por ciento, le llamaba a los jardines de Moncloa y le convencía; cuando José María Aznar convocaba a Ruiz Gallardón para dirimir sus disputas clon Esperanza Aguirre, todos acababan en un ascensor de la sede popular de Génova, 13. Pero nunca un presidente fue a Sol para mantener una reunión como la que se prepara para la semana que viene.

¿Por qué va a ir Sánchez a la Puerta del Sol el lunes a mediodía?. La prueba del algodón sobre las intenciones reales del presidente con este gesto son los medios de comunicación. Si Sánchez acude al kilómetro cero sin que los medios estén presentes para tomar la foto y las imágenes que está buscando, habría que pensar en que busca efectivamente la coordinación y la efectividad de las medidas. No será así, porque la condición de este movimiento de marketing político es que la opinión pública le vea entrar en la Real Casa de Correos, evidenciando que su figura y sólo ella pueden rescatar a los madrileños del caos administrativo al que les ha llevado el PP y su presidenta en la Comunidad.

Pedro Sánchez ha demostrado en las ultimas diez semanas lo que es para él administrar la gobernanza respecto a la crisis del coronavirus. Significa que los distintos territorios vayan viendo por su cuenta cómo afrontan la avalancha mientras su gobierno se limita a engrosar las mentirosas cifras oficiales, poner en marcha una aplicación para los móviles que no funciona, y ofrecer a los miembros de la Unidad Militar de Emergencias para que rastreen los casos positivos. De los confinamientos, las restricciones y las limitaciones de actividades y movilidad no quieren ya saber nada ni él ni su ministro de Sanidad. Han dicho que la Constitución permite estados de alarma por comunidades y que será responsabilidad de cada gobierno territorial cómo aplicar esas medidas. La nueva normalidad se basaba en un lavado de manos cósmico del gobierno central y en el traspaso de competencias a las autonomías para que ellas se quemaran a fuego lento, como de hecho está ocurriendo. Pero hay una excepción en ese panorama idílico desde la barrera, una situación peculiar que sí le interesa al presidente abordar después de semanas de inacción y despreocupación viendo cómo aumentaban los contagios por miles y los ingresos hospitalarios. Y esa excepción es Madrid, la perla blanca de la política española, la espina clavada en el ojo izquierdo de Sánchez por no haber podido completar su año de grandes victorias electorales, como él siempre dice, con un gobierno madrileño de izquierdas. Con Madrid demuestra claramente su preocupación selectiva por los datos del virus: si los de Aragón en agosto no le preocuparon lo más mínimo pese a ser los peores en toda la UE por aquellas fechas, los de la capital suponen para él "momentos críticos", según reza la carta enviada a la presidenta Díaz Ayuso.

Hemos llegado a un punto en que la batalla política entre los dos gobiernos perjudica a los madrileños. Y siempre hay a quién echarle la culpa: si eres conservador, la culpa del virus la tiene el PSOE por su gestión a nivel nacional, y si eres progresista siempre podrás echar mano de Ayuso para descargar la ira. El contrasentido de estos acontecimientos, la descoordinación evidente que desangra lo público y sus objetivos, se palpa al comprobar cómo la reunión se anuncia para varios días después del anuncio de medidas restrictivas por parte del gobierno regional. Sánchez y Ayuso podrán comentar, pero no coordinar, lo que ya se ha anunciado a los ciudadanos que altera sus vidas diarias con el fin de protegerles.

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