Opinión

Oportunidad para que Europa sea Europa

La pandemia da la oportunidad a la UE de ser algo más que unas siglas comerciales

Cuando los europeos estábamos todavía recuperándonos de las vacaciones navideñas y empezando el nuevo año con las incertidumbres del Brexit y de la anunciada posible recesión a nivel continental, no podíamos en absoluto vislumbrar lo que se nos venía encima. En China ya se encontraban en esta situación mucho antes, en diciembre de 2019, como denunciaba el médico que se atrevió a desafiar la estricta censura que imponen las autoridades gubernamentales. Pero no nos percatamos de lo que este nuevo virus implicaba hasta bien entrado febrero, quizá demasiado tarde para algunos países como España o Italia y, en general, para toda Europa. Incluso sabiendo lo que ocurría en China, no pensábamos que lo mismo fuera a suceder en nuestro continente. Hasta que finalmente los hechos acabaron por enfrentarnos a la realidad: o adoptábamos medidas draconianas o nuestros sistemas de salud podrían encontrarse al borde del colapso y el sufrimiento humano ser muy elevado.

Estamos acostumbrados a disfrutar de nuestros derechos sin percatarnos de lo que estos implican. De repente, la libertad de movimiento se encuentra totalmente restringida para la mayoría de la población y sentimos lo que puede significar estar confinados. Europa, que dio la espalda al menos oficialmente a todos esos refugiados que intentan atravesar nuestras fronteras huyendo de vidas en peligro, del hambre, la pobreza o la falta de oportunidades, ha de atravesar ahora semanas en las que esos derechos fundamentales que esgrimimos como parte de nuestro ADN se ven suspendidos. Casi de un día para otro, nuestras ciudades se han convertido en edificios llenos de personas que se asoman a sus balcones en busca de aire fresco y de comunicación humana. El aislamiento puede matarnos también.

El desarrollo de los derechos humanos debe acompañar al crecimiento económico

¿Era preciso limitar hasta estos extremos la libertad de movimiento y de circulación? En España e Italia no se puede salir de casa a no ser para aprovisionarse de alimentos, medicinas si se precisan o acudir al puesto de trabajo, recomendándose cuando es preciso hacerlo telemáticamente. Francia está en la misma senda, mientras que Alemania no ha acudido aún a tales medidas a nivel nacional. Cada país trata de no llegar a esta situación extrema por un lado para no tener que suspender esos derechos fundamentales y, por otro, para evitar mayores daños económicos. Pero no parece que nadie tenga la receta adecuada. El responsable para Europa de la Organización Mundial para la Salud, David Nabarro, afirma que "cada país ha actuado de la mejor forma que ha podido", trasladándonos al común de los mortales lo que ya es una certeza: nadie sabe realmente qué medidas son las más acertadas, pero parece que el confinamiento férreo funciona cuando ya los focos de la infección no se controlan. Al no hacerse tests tampoco podemos saber científicamente las dimensiones reales de esta pandemia. Encerrarse y no moverse contribuye a una expansión reducida y más pausada. Aunque hay estados como Inglaterra que parecen no estar de acuerdo ni siquiera con esta medida y contempla casi impasible cómo el virus va penetrando en su población sin inmutarse apenas, incluso reconociendo que van a perder a sus seres queridos antes de lo deseado. Esta declaración será recordada sin duda cómo una de las menos respetuosas con los derechos humanos que el líder de un país haya podido pronunciar en este siglo.

En esta pandemia casi a diario observamos cómo esos derechos humanos que enmarcan y configuran el continente europeo se ven restringidos. La colisión de esa vida libre con lo que ésta parece implicar para el desarrollo de la pandemia trae como consecuencia estas limitaciones: nuestra libertad de movimiento, el derecho a la educación de nuestros hijos, el derecho a la salud de todos y especialmente de nuestros mayores, el derecho al trabajo, por la coyuntura mundial que obliga a las empresas a regular sus plantillas o a cancelar su actividad, por citar los más evidentes. Se limitan en beneficio del más importante de todos ellos, el derecho a la vida.

Y bien, si este lo vemos amenazado por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial -como Angela Merkel ha afirmado- y tratamos de adaptarnos a las exigencias que parece requerir este desafío, me pregunto si esto nos servirá a las sociedades europeas y occidentales para poder reflexionar sobre estas restricciones de derechos que se realizan y afectan a los seres humanos de manera menos clara y en base a razones que no redundan en beneficio de todos. Me refiero a las personas que buscan asilo, a aquellos que tratan de expresar formas de pensar que no son las de la mayoría o las del gobierno de turno, a las que solo por ser mujer les toca ser discriminadas en muchos ámbitos de su existencia, a los que por ser discapacitados no se les permite autonomía y desarrollo personal, a los que tratan de defender sus recursos naturales frente a una economía depredadora y sin conciencia, a los que parecen vivir condenados a la pobreza y a la falta de recursos por nacer en el lado incorrecto del planeta…

Aún faltan semanas para saber el resultado de estos esfuerzos, de estas limitaciones a nuestros derechos más fundamentales. La primera reacción humana tras un esfuerzo de este calibre puede que sea escapar, salir, divertirse, olvidar. Pero no deberíamos quedarnos ahí: el siglo que está empezando nos va a reservar sin duda momentos relevantes para la humanidad en el terreno científico y tecnológico, pero para que esto sea completo hemos de acompañarlos del desarrollo de los derechos humanos y universales. Europa tiene la oportunidad de salir del marasmo de siglas económicas y comerciales en que a ratos parece que se ha convertido y volver a significar algo más que esto para esa ciudadanía que canta y aplaude los esfuerzos de muchos otros desde el encierro en sus balcones. Pero de verdad, no solo de palabra. Esta pandemia es una oportunidad para que Europa sea Europa.

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