Opinión

La amenaza al comercio multilateral

La OMC necesita una reforma para no perjudicar el comercio internacional

Si ha habido un cambio fundamental en las relaciones entre países tras la Segunda Guerra Mundial, este fue considerar el comercio internacional como derecho de las naciones y no como arma política. Durante siglos, el comercio fue un privilegio que otorgaba graciosamente el soberano de un país a súbditos de otros Estados. Y, en no pocas ocasiones, los derechos comerciales fueron, incluso, objeto de conflicto bélico. Baste recordar las guerras del opio de China y Gran Bretaña para abrir el comercio del país asiático a los británicos o la invasión napoleónica de Rusia para intentar garantizar que el zar cerraba los puertos rusos al comercio británico.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y para evitar que los conflictos comerciales llevaran a una nueva guerra, se establecieron reglas sobre el comercio a través del Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT, en sus siglas en inglés). En sus casi 50 años de existencia, el GATT tenía como objetivo la liberalización del comercio a nivel mundial. Es decir, hacer desaparecer todo tipo de aranceles y otras barreras entre países, y convertir el comercio internacional en un derecho inalienable del que podrían disfrutar todos los países con independencia de su tamaño y de su nivel de desarrollo. Siendo conscientes de que las barreras al comercio no podían desmantelarse de inmediato, los Estados firmantes del GATT llevaron a cabo varias rondas de negociación que rápidamente consiguieron rebajar buena parte de las barreras al comercio de mercancías. Para ello fue clave la introducción del principio de nación más favorecida, según el cual cualquier concesión comercial realizada por un país miembro del GATT a otro miembro se extiende a todos los países pertenecientes al acuerdo. El éxito de la liberalización del comercio fue extraordinario. En lo económico, se multiplicaron de forma inmediata los intercambios comerciales, favoreciendo el crecimiento. Y, en lo político, el comercio se convirtió en una forma de cooperación entre países con independencia de sus diferencias en otras áreas. El comercio internacional pasó a ser regulado multilateralmente y ya no podía usarse como arma política contra otro país salvo en circunstancias muy concretas.

Una refundación de la OMC se antoja necesaria ante las grietas que la institución presenta

El éxito del GATT llevó a ampliar sus competencias a otras áreas como inversiones, comercio de servicios o propiedad intelectual. El GATT se convirtió en una organización internacional formal en 1995, dando lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Y, lo más importante, esta se constituyó como la única organización internacional que contaba con un mecanismo de solución de diferencias entre sus miembros parecido a una corte de arbitraje. Así, ante la queja de cualquier país frente a otro, un panel de países terceros decide quién tiene razón entre los contendientes. Es lo más parecido a un tribunal de justicia que existe a nivel internacional y es obligatorio aceptar sus decisiones como forma de solución de disputas.

Sin embargo, en todo este entramado institucional existen grietas que han impedido la completa realización de sus fines, es decir la consecución plena de un comercio abierto, libre, no discriminatorio y sometido a reglas internacionales.

En primer lugar, el comercio de productos agrícolas ha mantenido un elevado nivel de protección. El elevado peso político del voto agrícola en los países desarrollados impide una auténtica liberalización de un sector muy importante en las exportaciones de muchos países en desarrollo.

En segundo lugar, a partir de la creación de la Comunidad Económica Europea, se multiplicaron las áreas regionales de comercio. Aunque éstas aumentan la libertad de comercio dentro del área, pueden producir fuertes desviaciones de comercio para países terceros y pueden fragmentar el planeta en bloques comerciales rivales.

En tercer lugar, y mucho más negativo para el comercio internacional, ha sido el tratamiento a los países en desarrollo. A instancias de la UNCTAD, la OMC aceptó un tratamiento asimétrico para los países de menor renta en el desarme de barreras al comercio. Dicho de otro modo, en parte como compensación de la falta de acceso de los productos agrarios a los mercados de los países desarrollados, estos concedían a los países de menos renta una reducción arancelaria en los demás productos sin que los países en vías de desarrollo tuvieran que reducir sus aranceles en la misma medida. Esto dio lugar al Sistema de Preferencias Generalizadas. Además, las concesiones asimétricas se han establecido como principio negociador en las últimas rondas de negociación para la liberalización del comercio.

Detrás de esto subyace la idea de protección de la industria naciente, es decir que para desarrollar determinadas industrias clave es precisa cierta protección comercial para impulsar el desarrollo. Sin embargo, esto es contradictorio con los propios principios de la OMC, que abogan por un comercio abierto como favorable para el crecimiento y desarrollo de todos los países. Entonces, si el comercio es positivo para todos, ¿por qué es mejor para los países en desarrollo no abrir el comercio de sus sectores industriales? Ni la teoría, ni la práctica avalan la protección como forma de impulso al desarrollo; más bien al contrario. Pero el tratamiento asimétrico de los países en desarrollo ha permanecido como principio en la OMC, así como la protección agrícola en los desarrollados.

En cuarto lugar, tampoco parece muy coherente el sistema sancionador del mecanismo de resolución de diferencias. Si un país de la OMC es condenado por infringir las normas del libre comercio, el país perjudicado tiene el derecho de represaliar con barreras al comercio de magnitud equivalente. Un ejemplo lo vimos en la disputa entre la UE y EEUU en el contencioso de Airbus. El panel de la OMC le da la razón a EEUU y la consecuencia no es que Europa indemnice a EEUU, sino que EEUU puede poner aranceles a productos agrícolas europeos. No parece que sea un sistema muy creador de comercio.

Pero el problema fundamental para la OMC fue la incorporación de China en 2001. Para integrar a China en el comercio mundial, la Administración Clinton aceptó esta inclusión en la OMC, aun siendo conscientes de que la economía china está fuertemente influida y dirigida por su Gobierno. Entonces China no era aun lo que es hoy, 20 años después. Aunque el nivel de renta del gigante está todavía muy lejos de los de los países de la OCDE, su rápido crecimiento, su creciente influencia y, sobre todo, su posición de dominio en algunas tecnologías clave han hecho que se perciba de forma muy diferente hoy a cuando se incorporó a la OMC. Es en este contexto en el que hay que entender las exageradas palabras del presidente Trump cuando recientemente afirmaba que si China tenía privilegios de nación menos desarrollada en la OMC, también los debería tener EEUU por ser también, en ese caso, una nación en desarrollo.

Lo cierto, es que con EEUU y China disputándose la hegemonía mundial en determinadas tecnologías, con más actores con capacidad decisión en el concierto económico mundial y con unas grietas dentro de la propia OMC que cada vez pesan más, quizás haya llegado el momento de repensar y refundar la OMC. Y ello antes de que las nuevas circunstancias deterioren aún más el multilateralismo y el comercio internacional abierto, que tan buenos resultados han dado en lo político y en lo económico.

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