Opinión

El nuevo gobierno argentino y sus imposibles desafíos

El presidente de Argentina, Alberto Fernández

Argentina no es un país para melancólicos. Tampoco para quienes estén dispuestos a aburrirse. Todavía no hace un mes que asumió Alberto Fernández acompañado de la vicepresidenta Cristina Kirchner, si bien domina la sensación de que hace mucho tiempo que están al mando por la cantidad de cosas que han pasado. El epicentro del vértigo es la Casa Rosada, aunque en la provincia de Buenos Aires la aceleración impuesta por el gobernador y ex ministro de Economía kirchnerista Axel Kicillof (también asumió el pasado 10 de diciembre) es igualmente tremenda aunque no con tan buenos resultados.

Las razones para querer imponer esta marcha molto vivace son diversas. Por un lado, la complicada coyuntura económica, que exige librar una batalla a la desesperada en varios frentes y contra el tiempo, contra los indicadores económicos, contra los movimientos sociales y a veces incluso contra los propios aliados peronistas. También porque la necesaria y no tan lejana negociación con el FMI y otros acreedores internacionales requiere enviar señales potentes de que se están haciendo las cosas necesarias y en la buena dirección.

El nuevo Ejecutivo se apresura a tomar medidas para enviar señales al FMI y a los inversores

Por el otro lado, el nuevo Gobierno necesita desesperadamente diferenciarse del anterior, poniendo todo el foco en la herencia recibida y en la forma como esta dificultará el cumplimiento de buena parte de las promesas electorales. Igualmente Alberto Fernández necesita consolidarse como líder de un movimiento (peronista) y de un gobierno (kirchnerista) poliédricos, enviando a la presidenta del Senado y a la vez madre del jefe del grupo de diputados oficialistas, Máximo Kirchner, el contundente mensaje de que es él quien está al mando.

En menos de 72 horas, y solo 11 días después del comienzo de su mandato, el gobierno logró que las dos Cámaras del Parlamento aprobaran la Ley de Solidaridad y Reactivación Productiva, conocida como Ley de Emergencia Económica. Más allá de algunos paños calientes, lo cierto es que se trata de un duro plan de ajuste con algunas características particulares. En primer lugar, no se recorta el gasto público o el tamaño del Estado, sino que el ajuste se impone al sector privado.

Segundo, relacionado con lo anterior, se intenta preservar a los grupos más vulnerables, en buena parte votantes peronistas. Esto implica que los sectores medios y altos, precisamente los principales apoyos del macrismo y del radicalismo, pagarán el ajuste. El aumento de las retenciones a las exportaciones agrícolas, el impuesto al dólar, la congelación de tarifas de gas y electricidad o la suspensión de la actualización automática de las jubilaciones (salvo para las pensiones más bajas) así lo atestiguan.

La introducción del 30 por ciento de recargo a la compra de dólares para gastos en el extranjero busca evitar la salida de divisas, un fenómeno prácticamente estructural de la economía argentina. El dólar se ha convertido en el necesario refugio ante la incertidumbre y la inseguridad. La necesidad gubernamental de incrementar las reservas del Banco Central y poder disponer del capital necesario para pagar los vencimientos más urgentes de la deuda son uno de los motores detrás de estas medidas.

La búsqueda de dólares hace necesario aumentar las exportaciones, pero la necesidad del gobierno y de los productores agrarios es contradictoria y marcará más de un episodio de tensión. Por eso, Vaca Muerta será uno de los productos estrella de la nueva administración y, por eso, al contrario de lo ocurrido con el agro se rebajaron las retenciones a las exportaciones de hidrocarburos. La duda es saber lo que ocurrirá en el sector minero, que tiene grandes posibilidades de expansión, aunque también grandes enemigos, como prueba la reciente anulación de la ley de la minería en Mendoza.

Las dudas permanecen ya que nadie sabe cuanto de pragmatismo y cuanto de ideología hay en el seno del Ejecutivo de Alberto Fernández

Las primeras medidas del nuevo gobierno han impulsado al alza la acciones de las empresas argentinas y reducido el riesgo país, una buena señal de que los mercados y los inversores confían en que el gobierno se toma en serio la negociación con el Fondo. Sin embargo las dudas permanecen y nadie sabe cuanto de pragmatismo y cuanto de ideología hay en su seno. Entre las primeras la esencial pasa por saber si la economía argentina volverá a crecer en 2020 o seguirá la recesión y con ella los problemas. Mientras tanto el verano austral marcará una pausa y aportará algo de la calma y sosiego, dos cosas que Alberto Fernández necesita con urgencia, aunque el vértigo y la velocidad seguirán marcando la pauta, en un contexto que simultáneamente exige diálogo, consenso y reformas.

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