Nacional

Los últimos videoclubs de España caben en un grupo de WhatsApp

  • La crisis de 2008 y la expansión de Internet ha reducido estos a 300 locales
  • Sus historias son de lucha contra la piratería y las nuevas plataformas
  • Todos mantienen que las administraciones no han hecho nada por ayudarles
Madrid

Podría ser el argumento de una película que afronta la realidad de los videoclubs en pleno 2019. Pero esta historia es real, y desde el 30 de abril de 2014 los dueños de los últimos 300 locales de venta y alquiler de cine que quedan en España se encuentran reunidos en un grupo de WhatsApp. Ahí se "habla de todo, se dan ideas para salir adelante y apoyo ante los malos momentos" y aglutinados como si de una asociación legal se tratase, la esperanza de un futuro más aliviado económicamente se agarra a un número de lotería. El 30414 (por la fundación del grupo) es la cifra que bien sería el título del esperado estreno que cambie radicalmente el curso de los propietarios que luchan, secuencia a secuencia, contra Netflix, HBO o la piratería.

En 2008, la crisis económica se sumó a la expansión de Internet e hizo devastadora la ola que destruía los videoclubs de toda España. Desde entonces, un cada vez más pequeño reducto de discos y caratulas sobrevive a duras penas, con el fin mantener el legado que un día fue sinónimo de negocio de éxito. Las de ese grupo de WhatsApp son diferentes historias de supervivencia, pero todas ellas tienen el común denominador de seguir sacando adelante miles de títulos y sagas que "sin los videoclubs se perderían".

El más antiguo de España está en Barcelona. Su nombre es Video Instan y aunque ha tenido que cambiar de lugar y reformularse, es uno de los que mejor situación financiera vive. Todo gracias a la audacia de su dueña, Aurora Depares, quien heredó el negocio de sus padres y empujada por el descenso de las compras y un caro alquiler se lanzó a un proyecto novedoso.

Aurora Depares, dueña de Video Instan. Foto: Cordon Press.

En su local, además de vender películas, Aurora ofrece la posibilidad de acogerse a una tarifa de alquiler por 8,95 euros. "Coges todo lo que quieras y haces como un zapping en tu casa. Igual te llevas diez y solo ves tres. El cine es una herramienta social y de educación y para mí, mi oferta crea cultura", comenta la dueña de Video Instan. Un videoclub donde también se puede encontrar una cafetería y una sala de cine de 32 butacas para organizar eventos y cumpleaños.

Pero para llegar hasta aquí, Aurora necesitó la ayuda de un crowdfunding que contó con el mecenazgo de 630 personas y 40.000 euros. Entre ellos, destacaron la ayuda de Pedro Almodóvar y Juan Antonio Bayona. "A Pedro no le conozco personalmente pero nos firmó películas a través de su productora, mientras que Bayona venía aquí a por cintas en su época de estudiante", relata Depares antes de contar que se lanzó a la campaña para valorar cómo estaba la situación y si podía encontrar apoyo de la gente, además de para la mudanza.

Sin "tirar la toalla", algo que no va con ella, Video Instan sale adelante como también lo consigue Videoclub Puente, en Puente de San Miguel (Cantabria). Allí, Julián Bárcena fue uno de los primeros que se lanzó a la idea de tener una sala de proyecciones dentro de su local y al contrario que Aurora y su resistencia en una gran ciudad, él la hace aprovechándose de la dificultad de su región para tener las películas más accesibles.

"Estamos a tres kilómetros de Torrelavega y aglutinamos muchos pueblos cuyo cine grande más cercano está en Santander (30 kilómetros). Esto es una alternativa también para los niños y por 2 euros la gente sigue viniendo a por las novedades", analiza Julián defendiendo que su negocio es "como una filmoteca".

Él, crítico con las administraciones a las que considera culpables de "dejar que los videoclubs se vayan destruyendo al no cerrar webs de piratería", achaca que "el día que Netflix, HBO y compañía no estén, las películas clásicas se perderán". Por ello es partidario de que los videoclubs deberían "estar subvencionados", pues "dan más que el resto".

"Este verano ha sido el peor de todos, con una pérdida del 35% cada mes. Si esto sigue así en enero me pensaré cerrar"

Una idea, la de necesitar el apoyo del Estado, a la que también se suman Ficciones de Cine (en Madrid) o Videoclub García (en Jaén). "Pagamos el IVA normal, no el cultural, y cada tres meses es un parto porque tengo la cuota de autónoma más alta", refleja Marcia Seburo, dueña del espacio madrileño. "Podrían bajarlo al 10%, porque los kioskos pagan menos IVA que nosotros por vender las mismas películas", completa Juan Antonio García, propietario del andaluz.

Sus situaciones son más apuradas que las de Aurora y Julián y mientras hacen "un llamamiento a sus clientes", no dejan de hacer cuentas para sacar su negocio adelante. "Mi situación es delicada, pues este verano ha sido el más bajo de los últimos años con una pérdida de ingresos del 35% cada mes. Veré a ver cómo llega el invierno, con la cultura de 'sofá, manta y peli', pero si todo sigue igual me temo que tendré que hacer un análisis serio en enero", confiesa Marcia apenada por la idea de perder sus 40.000 documentos con películas africanas o neozelandesas.

Este año ha cerrado el que hasta ahora era el videoclub más antiguo de Madrid

Ficciones de Cine es uno de los últimos videoclubs que quedan en la capital de España y en estos momentos es uno de los más históricos tras el cierre de Import Video, un local vallecano que rebosaba historia y sobrevivió a la "competencia agresiva" de la cadena Blockbuster. Fundado en 1981, fue conocido como 'El Templo del Cine' y entre sus paredes Fernando Navarro resistió hasta este pasado verano cuando la jubilación pesó más que las ganas de seguir luchando.

"Echo de menos el trabajo, pero el cine no porque sigo viendo películas en casa. Antes era del taquillero, pero ahora soy del humilde", cuenta Fernando quien llegó a tener cinco locales en Madrid. Su cierre se debió a la edad, fue con 11.000 clientes en nómina, y por el miedo a "vivir precario" ya que trabajaba solo y "le afectaba mucho la situación actual". Entre sus relatos, llenos de vivencias cinematográficas, el que fuese propietario del videoclub más antiguo de la capital confiesa que "si hubiese sido más joven, habría luchado reinventándome para añadir libros al estilo que hizo Crisol".

"La industria audiovisual no ha notado la crisis de los videoclubs, pues ese servicio no ha desaparecido, tan solo se ha adaptado a las nuevas tecnologías"

Pero volviendo a la situación actual, Video Récord (Gijón), Vitels (Orense) o Robert (Langreo) son otros tres de los que se mantienen vivos. Regentados por Javier Redondo, Mari Carmen Fernández y Gerardo Roberto Solar compaginan el alquiler y la venta con otras actividades como "las chucherías, lotería o una cafetería aparte".

Los tres coinciden en que "la piratería hizo daño, pero ahora es mayor el de las plataformas legales pues se juntan las familias o los amigos y entre todos compran un producto mucho más barato". En la ciudad gallega, Mari Carmen lamenta el horrible abandono que ha sufrido por parte de las administraciones "a las que les interesan más las grandes superficies", mientras que en las asturianas Javier cuenta que "perteneció a una asociación de videoclubs, pero esta desapareció de un día para otro" y Gerardo Roberto critica que "con la ley Sinde ellos solo fueron votos, porque en verdad pareció que nunca les quisieron tener".

Una teoría reforzada con el análisis del experto en comunicación e industria audiovisual de la Universidad Europea, Ignacio Sacaluga. "En absoluto la industria audiovisual ha notado la crisis de los videoclubs, pues ese servicio no ha desaparecido, tan solo se ha adaptado a las nuevas tecnologías", comenta el profesor antes de reafirmar que "la aparición de las plataformas VOD ha sido determinante para dinamitar un tipo de negocio que, por precio y servicio, ha quedado obsoleto pues ahora se exige el consumo de cuándo, dónde y cómo quiero".

De esta forma, entre malos resultados económicos e historias de supervivencia, se mantienen los últimos videoclubs de España. Un reducto de comerciantes que se ha agarrado a WhatsApp y, con el fin de remar todos en la misma dirección, siguen contando días mientras por sus estanterías ven pasar películas de drama, que bien podrían ser las suyas.

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