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Lecturas de un profesional CFA: China, la burbuja interminable

Imagen: Reuters

La economía China es una continua fuente de sorpresas para la comunidad internacional. Si en el 2020 sorprendió por el aparente poco impacto que tuvo la pandemia en su economía y por cómo fue capaz de contener la expansión del virus en un país tan extenso y con densidades de población tan elevadas, en el 2021 está sorprendiendo por el pobre desempeño económico que está mostrando y las aparentes dificultades de su mercado inmobiliario.

La discusión vuelve a centrarse en los mismos temas que en el año 2015, especialmente en si finalmente la ingente cantidad de deuda que hay en el sistema se ha vuelto incontrolable, y en cómo actuará previsiblemente el Partido Comunista Chino (PCC) en esta ocasión. 

A este respecto, Thomas Orlik, actual economista jefe de Bloomberg y antiguo corresponsal en Asia, publicó el año pasado un libro con el profético título China: The Bubble that Never Pops, en el que se valía de su experiencia en el país asiático para explicar la historia económica china de los últimos cuarenta años, los principales rasgos de su modelo de desarrollo económico, así como los retos actuales a los que se enfrenta. A lo largo del libro, se alternan anécdotas de sus principales actores económicos (tales como empresas estatales, bancos en la sombra y gobiernos locales), junto con el resumen de las principales reformas a lo largo de las sucesivas administraciones que ha habido desde la muerte de Mao en 1976, acercando al lector a los entresijos de la economía del gran gigante asiático.

La economía china se encuentra en su encrucijada más relevante de las últimas cuatro décadas

La primera mitad del libro cubre los distintos ciclos políticos que ha vivido China en las últimas cuatro décadas. La lectura histórica es especialmente relevante en el caso de China, ya que muestra cómo el PCC ha aprovechado las lecciones de las anteriores crisis para las ulteriores reformas económicas y políticas. 

El primer ciclo político, que coincidió con el ascenso de Deng Xiaoping en 1978 culminando con las protestas en la plaza de Tiananmen en 1989, supuso el primer intento de China por quitarse varios rasgos del legado maoísta. En particular, se introdujo el sistema de responsabilidad individual en la agricultura, se permitió a las empresas producir en función de las necesidades del mercado (y no en función de los dictados del Estado) y se crearon los primeros cimientos del sistema bancario chino, con la creación de los cuatro grandes bancos públicos.

El fuerte crecimiento económico durante la década, unido a adicionales liberalizaciones del sistema de precios en 1988, aceleraron la ya elevada inflación de aquel entonces. La respuesta por parte del PCC para atajar la inflación fue un racionamiento severo del crédito y el restablecimiento del control de precios, lo que provocó fuertes caídas del PIB y un descontento social que desembocó en la masacre de Tiananmen. Pero el PCC aprendió la lección: todos los cambios futuros serían graduales, nunca repentinos. 

El segundo ciclo político, empezando con la gira de Deng al sur en 1992, presenció la privatización del mercado de la vivienda, la recapitalización de los grandes bancos tras la crisis del Sudeste Asiático en 1998 (y posterior creación de cuatro compañías de gestión de los activos problemáticos de la banca) así como el comienzo de la reforma de las empresas estatales. Las lecciones de la década anterior se habían aprendido, y tras la crisis de 1998, el PCC prefirió un "aterrizaje suave" de la economía y lanzó un programa masivo de infraestructuras que representó el 19% del PIB. El gasto en proyectos de infraestructuras se ha consolidado desde entonces como el arma preferida por el PCC para atajar las posteriores ralentizaciones económicas.  

La clase política china no solo ha aprendido de las lecciones derivadas de los ciclos económicos internos, sino también, como argumenta Orlik, de la experiencia de otros países. Particularmente, el libro analiza las crisis de Japón (la burbuja inmobiliaria de los 80), Corea del Sur (crisis del Sudeste Asiático de 1998) y Estados Unidos (crisis hipotecaria de 2007). De todos ellas, el caso que más ha sido estudiado en Beijing ha sido el de Japón, dado que ha sido el modelo económico sobre el que China ha basado su crecimiento económico, fundamentado en una activa política industrial, políticas mercantilistas, una divisa infravalorada y el control del crédito por parte del Estado. A diferencia de Japón, que realmente no utilizó ningún estímulo fiscal hasta bien entrada la década de 1990 viendo cómo se desplomaban los precios inmobiliarios en el entreacto, China ha hecho un uso agresivo de la política fiscal y ha sido mucho más prudente a la hora de reducir su burbuja inmobiliaria.  

Aquellos lectores que busquen respuestas definitivas a qué ocurrirá con la burbuja china en los próximos meses no las encontrarán en el libro de Orlik, pero sí encontrarán argumentos razonados para justificar tanto los puntos de vista optimista (amplio mercado doméstico, políticas intervencionistas, niveles de renta con posibilidades de crecimiento por delante) como pesimista (altos niveles de deuda, corrupción y mala asignación de recursos por el sistema). Adicionalmente, el punto de vista histórico que ofrece el libro y las lecciones aprendidas por los tecnócratas chinos a lo largo de los diversos ciclos económicos, ofrecen pistas adicionales que nos ayudarán a entender las diversas opciones de las que dispone la economía china en la encrucijada actual, la más importante sin duda alguna a la que se ha enfrentado Beijing en las últimas cuatro décadas. 

Javier Lopez Bernardo, Ph.D., CFA, es miembro de CFA Society Spain. 

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