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Prevención de los efectos secundarios del COVID-19 en la empresa

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Las siguientes líneas no tienen otra pretensión que exponer unas ideas generales que puedan ayudar a contrarrestar los efectos secundarios de la situación provocada por el COVID-19 en las empresas, al menos para que el problema no ahonde en exceso.

No debería ocurrir en el ámbito económico y empresarial lo que está ocurriendo en el sanitario, donde el desconocimiento del virus y sus relaciones causa-efecto tienen bastante desconcertados a epidemiólogos y médicos, que se las están viendo y deseando para encontrar las respuestas más eficaces para la prevención, el tratamiento y para detener la propagación de la enfermedad y sus devastadores efectos en la salud de las personas.

Es desalentador ejemplo de los dirigentes políticos, sumidos en el desconcierto de la difícil situación que provoca la pandemia, cuando al desastre sanitario se le une que tampoco están acertando en la adopción de medidas eficaces para controlar y reducir sus efectos en los ámbitos socioeconómicos. Ni siquiera están siendo capaces de mostrar suficiente diligencia y equilibrio en sus procesos de toma de decisiones, muchas de las cuales, por sus idas y venidas o por la tardanza y dispersión con la que se adoptan, contribuyen al desconcierto y la desconfianza de las personas, tanto en su condición de simples ciudadanos que piensan en su salud, como en su condición de participantes en un sistema económico que se está viendo severamente afectado por los efectos de la crisis.

Dentro del infortunio, las relaciones causa-efecto de esta crisis en el ámbito económico no resultan tan intrincadas como en los campos de la epidemiología y la medicina y, por ello, no es demasiado difícil adivinar los efectos malignos. La ineludible contracción de la actividad, producto de la paralización y la ralentización generalizada de la economía, especialmente en sectores con un importante peso específico para el producto interior bruto, como el transporte, la hostelería o el ocio, ha generado y va a seguir generando una recesión cuyos efectos conocemos de sobra: pérdida de ingresos, reducción de beneficios -cuando no pérdidas-, excedentes de plantilla y, consecuentemente, merma de la capacidad financiera necesaria para mantener el equilibrio y continuar viviendo sin excesivos sobresaltos.

Siguiendo con el símil médico, podemos afirmar que el virus de la recesión ya lo conocemos, sabemos cómo se comporta y las consecuencias iniciales de su efecto en el sistema económico, tanto a nivel macro como microeconómico. Igualmente es fácil saber los efectos secundarios, más o menos graves que se derivarán de la enfermedad según su extensión, profundidad y la capacidad de resistencia del organismo afectado, sea este un sector o una empresa concreta. Por tanto, de lo que se tratará ahora, tanto en el ámbito público como en el privado, es pasar a aplicar los tratamientos más adecuados en el tiempo y forma.

Dejemos el terreno de la macroeconomía a los políticos y sus teóricos, que andan ahora en tiempo de preparación y discusión de los presupuestos generales del Estado y en el que, además de las recetas de política monetaria y fiscal, tendrán que saber aplicar de la mejor manera posible las ayudas provenientes de la Unión Europea. No perdamos de vista toda la letra pequeña de esos presupuestos en lo que pueda servir a la atención a sectores especialmente afectados y a las concretas medidas de ayuda e impulso que puedan contener, confiando en que nuestros gobernantes sepan recoger las necesidades e inquietudes mostradas por los agentes económicos y sociales.

Centrándonos en el plano particular de la empresa, no parece que haya mejor opción que empezar asumiendo que las dimensiones de la crisis son de tal magnitud, que simplemente abrir el paraguas y esperar a que escampe puede resultar insuficiente. Es cierto que la gravedad del problema será diferente según el sector de actividad y que, dentro de ellos, dependerá de la capacidad de le empresa para resistir los embates del temporal. También sabemos que habrá empresas que salgan reforzadas, incluso sin necesidad de dedicarse al estraperlo en cualquiera de sus modalidades.

Apuntemos como elementos más adecuados para la prevención de los efectos secundarios en la empresa incorporar de manera rigurosa y sistemática las herramientas del control de gestión, que proporcionen una analítica completa, incluyendo los análisis de sensibilidad a partir tanto de los datos de la propia empresa como los del sector en el que opera.

Afinar al máximo el proceso de toma de decisiones tratando de anticiparse en todos aquellos aspectos cuya demora ponga en riesgo el balance coste/beneficio, pero, a la vez, procurando ampliar la extensión espacial y temporal de un punto de mira que debe enfocarse también a la rentabilidad social.

No se puede olvidar que, cuanto antes y en mejor disposición se acudan a los procesos de refinanciación, búsqueda de posibilidades de reestructuraciones operativas o financieras, entrada de nuevos socios, operaciones corporativas, medidas pre concursales o concursos de acreedores preventivos, mayores probabilidades habrá para que la empresa infectada sobreviva.

No obstante, hay que huir de la visión apocalíptica, con la consciencia de que, como en cualquier guerra, se deben evitar cuantos más daños colaterales mejor y tratar de salvar todo lo que pueda ser más útil para afrontar la reconstrucción. La viabilidad es siempre una apuesta por el futuro que se debe trabajar cada día superando las adversidades que toque afrontar, por muy duras que estas sean y aunque exijan reinventarse y transformar estructuras y paradigmas obsoletos.

Ojalá encontremos también las vacunas adecuadas para las empresas.

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