Internacional

El desafío migratorio culmina una década de solidaridad europea decreciente

  • La cooperación de los socios durante la Gran Recesión ha faltado ahora
Rescatados en el Aquarius. Foto: Reuters

El año 2008 ha quedado en la historia como el punto de arranque de la peor recesión en tres generaciones para los europeos. Pero aquel año no solo cayó Lehman Brothers en septiembre, desatando una crisis financiera que provocó dos recaídas en el continente y casi la ruptura del euro. Un par de meses antes la UE aprobó la Directiva de Retorno, también conocida como la "directiva de la vergüenza". La norma, criticada por mandatarios africanos y latinos, el Consejo de Europa, y un sinfín de ONG, permitía a los estados miembros detener a los "sin papeles" hasta 18 meses. Fue la toma de conciencia de que la Unión tenía una tarea pendiente para gestionar la inmigración, y también el comienzo del domino de las posiciones más duras en para evitar la llegada de personas sin permiso.

Justo una década después, los líderes europeos aprobaron la pasada semana unas conclusiones en las que ya no son los inmigrantes sin papeles sino las personas que buscan asilo las que pueden terminar encerradas. Aunque el documento adoptado en la pasada cumbre es parco en detalles, los Gobiernos incluso plantean centros "de desembarco" en la ribera Sur del mediterráneo en los que los huidos podrían quedar en un limbo, sin poder ser retornados y sin ser los elegidos para que sus solicitudes de asilo sean tramitadas en suelo europeo en las nuevas instalaciones "controladas".

El alzamiento de las poblaciones al otro lado del Mediterráneo se llevó por delante tres dictadores, entre ellos el libio Muamar el Gadafi

La economía y la inmigración han marcado estos diez años. Han estado detrás de dos crisis que han tensado las relaciones entre los europeos. En el frente económico los europeos pudieron escudarse detrás del todopoderoso BCE y las palabras de su presidente, Mario Draghi, cuando prometió que haría "todo lo necesario" para salvar al euro. Pero en el caso migratorio sufrieron las consecuencias del terremoto geopolítico de la Primavera Árabe.

El alzamiento de las poblaciones al otro lado del Mediterráneo se llevó por delante tres dictadores, entre ellos el libio Muamar el Gadafi. Pero con su caída Europa comprobó que las amenazas del coronel eran ciertas. La proximidad de su país al sur de la bota italiana era la clave para el control migratorio.

El entonces presidente italiano Silvio Berlusconi también lo sabía. Por eso, en 2008 pagó 5.000 millones de euros a Gadafi para que su costa se convirtiera en un tapón. Gadafi sabía que tenía la sartén por el mango, por eso volvió a tocar a la puerta de sus ricos vecinos del Norte para pedirle otros 5.000 millones de euros en 2010, una demanda que Bruselas estaba dispuesta a satisfacer. Y cuando se vio arrinconado por la coalición internacional para derrocarle la migración fue también el último salvavidas al que se intentó agarrar, amenazando con teñir Europa de "negro" por las riadas de africanos que dejaría partir.

Pero antes de sufrir la crisis migratoria por el Mediterráneo central, los europeos tuvieron que lidiar con el frente turco. Entonces se volvió a apostar por poner dinero en la mesa (3.000 millones de euros) para que el turco Recep Tayyip Erdogan acogiera (y retuviera) a refugiados, sobre todo sirios, en su territorio. Los solicitantes de asilo pasaron desde los 263.000 de 2011 (antes de la caída de Gadafi y la guerra siria) hasta el pico de 1.300.000 de hace tres años. Ambas crisis han tenido similitudes. Su intensidad ha sido tal que si la primera estuvo a punto de romper el europeo con la salida de Grecia, la segunda ha laminado el espacio sin fronteras de Schengencon el cierre de fronteras en media docena de socios.

Pero también ha tenido importantes diferencias, sobre todo a la hora de compartir la carga del desafío. A los socios del euro les ha faltado ambición para levantar instrumentos comunes para proteger a los ahorradores (garantía europea de depósitos) o sus economías (unión fiscal). Pero la solidaridad fue suficiente al menos para crear un fondo de rescate común de 500.000 millones de euros. Esa solidaridad se ha tornado en animadversión cuando la Comisión Europea intentó repartir al menos 160.000 de los refugiados llegados a Italia y Grecia.

La escasa cooperación y coordinación (sobre todo de Merkel) solo ha evidenciado la falta de una solución global. Y aunque las llegadas se han reducido hasta un 96 por ciento, en parte por el acuerdo turco, Europa ahora sufre hoy las consecuencias políticas de esa mala gestión. Las conclusiones de la pasada cumbre prueban que el debate lo están marcando el campo de los duros, desde Italia, Hungría, Austria, o Bavaria. Si el resto de fuerzas no despierta, la solidaridad del proyecto europeo continuará pinchando y Europa deshilachando su promesa fundacional de "una unión cada vez más estrecha".

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