Historia

La disparatada fuga de un grupo de prisioneros alemanes de la Segunda Guerra Mundial en EEUU

  • Fugarse por fugarse del campo de Papago Park en Phoenix era tontería...

Es muy recurrente el tema de evasiones de los aliados de los campos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, pero lo alemanes también llevaron a la práctica esa máxima que reza que todos los prisioneros de guerra tienen la obligación de intentar escapar para mantener ocupados recursos humanos enemigos que, de otra forma, podrían estar luchando en el frente. Y eso es lo que hicieron los alemanes en el campo de Papago Park en Phoenix (Arizona).

Desde 1942 se establecieron en EEUU más de seiscientos campos de prisioneros, en su mayor parte en los Estados del sur. Los estadounidenses decidieron situarlos en su propio territorio y no en el viejo continente para no restar ni un solo efectivo de las zonas de combate. Si bien es verdad que los prisioneros fueron utilizados como mano de obra en carreteras o plantaciones, las condiciones en las que trabajaban y los campos en los que estaban recluidos nada tenían que ver con los que sufrieron los aliados cautivos.

Aquí el transporte a los campos se hacía en vagones de pasajeros, alojados en barracones nuevos, con asistencia médica diaria, zona deportivas, alimentación abundante... Los prisioneros alemanes debieron de pensar que, después de todo lo que habían pasado en el frente, aquello era como un balneario.

En 1944 trasladaron al campo de Papago Park a Jurgen Wattenberg, comandante del submarino alemán U-162. Después de varias misiones de éxito, tres destructores británicos consiguieron hundirlo en las costa de la isla Trinidad en el mar Caribe. Jurgen y cuarenta y ocho marineros más fueron rescatados con vida y hechos prisioneros de guerra, y como él era el oficial de más alta graduación al llegar al campo asumió el mando de los prisioneros.

Dadas las condiciones de estos campos, lo más lógico habría sido dejar pasar el tiempo, pero Jurgen asumió la obligación de un oficial al mando en un campo: tratar de huir. Como la vigilancia era la justa, no fue un problema conseguir un mapa de la zona para saber dónde se encontraban y qué opciones tenían. Y al final decidieron que la mejor opción sería cavar un túnel para fugarse y una vez fuera escapar a través del río Gila hasta la frontera con México.

Cuando detuvieron a Jurgen estaba en la estación de Phoenix leyendo el periódico y el sargento que lo detuvo le pidió un autógrafo

Manos a la obra... La tierra era arcillosa y, por tanto, fácil de remover una vez que se humedecía. Se eligió el barracón de los baños, que era el lugar menos vigilado y donde la disponibilidad de agua era continua. Trabajaban en turnos cavando con las palas que utilizaban en los jardines del campo y sobre los que esparcían la tierra extraída del túnel. Otro grupo se encargó de construir varios kayaks que les servirían para navegar por el río.

Después de varios meses cavando consiguieron un túnel de cincuenta y cinco metros de largo, uno de alto y medio de ancho. La noche del 23 de diciembre de 1944, Jurgen y otros veinticuatro prisioneros alemanes se fugaron. Y una vez fuera siguieron las indicaciones del mapa para llegar hasta el río Gila, que para su sorpresa apenas tenía caudal y ni con los kayaks se podía navegar. El plan se vino abajo.

Un buen ejemplo de la poca vigilancia del campo es que sus responsables se enteraron diecisiete horas después de la fuga, y todo porque uno de los evadidos se entregó a la policía. En el plazo de un mes, el resto de fugados fueron capturados o simplemente se entregaron. Solo Jurgen permaneció más de un mes libre hasta que fue apresado en Phoenix.

Realmente, aquella fuga nunca tuvo visos de llegar a buen puerto porque ni los propios fugitivos se lo creían. Digamos que representaron su papel de prisioneros con la obligación de tratar de escapar para restar fuerzas al enemigo de las zonas de combate como se hacía en Europa, pero allí no tenía ningún sentido.

Por otra parte, era imposible que veinticinco alemanes pudiesen atravesar el estado de Arizona, árido y con grandes zonas desérticas, para llegar a México. Algunos ejemplos de las capturas son buena muestra de aquella disparatada fuga: cuando detuvieron a Jurgen estaba en la estación de Phoenix leyendo el periódico y el sargento que lo detuvo le pidió un autógrafo: "Se acabó el juego y perdí. Atentamente, Jurgen Wattenber", escribió el alemán. Se fumaron un cigarrillo y regresaron al campo.

Los policías que capturaron a Palmer Lammersdorf y Mark Reinhardf, otros dos fugitivos, se los llevaron a cenar a casa y, mientras venían a buscarlos, les pidieron por favor si podían invitar a sus vecinos para que los conociesen. E incluso jugaron una partida de ajedrez con el hijo de uno de los vecinos (dicen que le dejaron ganar). Palmer Lammersdorf, que más tarde se trasladaría a vivir a Phoenix, guarda este recuerdo:

"Allí no existía la amargura de la guerra. Los guardias eran muy agradables con nosotros. Si hubiera podido, habría firmado un contrato de por vida para permanecer en Arizona, pero cuando terminó la guerra me obligaron a volver a mi país".

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