Historia

Las armas químicas no son un invento moderno: así se usaban en las guerras de la antigüedad

  • Hay evidencias que datan de veinte siglos antes de la Primera Guerra Mundial

Las constantes guerras que a lo largo de la historia han acabado con millones de vidas y cambiado la orografía del mundo han servido como excusa para desarrollar armas que matasen más, a más distancia y, si era posible, más barato. Imágenes de la Primera Guerra Mundial donde los soldados aparecían con aquellas extrañas máscaras que les daban un toque siniestro pero salvaban sus vidas, dejaban claro que la muerte acechaba en forma de gases venenosos, como el gas mostaza o el fosgeno.

Y aunque sería en este conflicto bélico donde se empleó este tipo de armas de forma masiva e indiscriminada, no sería la primera ocasión en la que se utilizaron. Fue en la Antigüedad y, además, con el agravante de que no existían las máscaras antigás.

En la conquista de ciudades o emplazamientos amurallados la diferencia numérica entre sitiadores y sitiados dejaba de ser un factor determinante. En estos casos, cobraban especial importancia armas de asedio como el ariete, la terebra o carcoma (máquina de asedio para perforar o derribar murallas), el onagro (tipo de catapulta con mecanismo de torsión y cuyo nombre era una referencia al asno salvaje asiático conocido por su mal genio), las torres de asedio... y los ingenieros.

La labor de estos últimos se centraba en la construcción de minas para atravesar las murallas bajo tierra o, dependiendo de su consistencia y del terreno sobre el que se hubiesen construido, derribarlas. En el asedio de la ciudad de Ambracia en el 189 a. C., según nos cuenta Polibio en sus Historiae, la resistencia de los etolios duraba más de lo esperado y el cónsul romano Marco Fulvio ordenó a sus ingenieros construir minas para conseguir tomar la ciudad.

Cuando las excavaciones realizadas en la zona descubrieron un túnel bajo los restos de la ciudad, se encontraron muestras de azufre y los restos de 20 hombres

Los ingenieros de los sitiados, que también los tenían, respondieron construyendo contraminas y con una guerra de guerrillas bajo tierra. Dada la imposibilidad de seguir el ritmo de los ingenieros romanos y de los numerosos frentes subterráneos abiertos, los etolios decidieron sacar a los "topos" de sus túneles y utilizar un método alternativo:

"[...] Colocaron en aquel punto un tonel tan grande como la excavación, lleno de menuda pluma y atravesado por sus extremos con una barra de hierro. Abierto el tonel por la parte que daba al enemigo, prendieron fuego en la abertura, que avivado con la barra y comunicado a las plumas, produjo por la humedad de estas un humo acre y violento en toda la parte de mina que los romanos ocupaban, y no pudiendo ni detener el humo ni aguantarlo, abandonaron la mina".

A pesar de todo, los etolios tuvieron que rendirse y Marco Fulvio libró a la ciudad del saqueo a cambio de recibir una corona de oro.

Peor suerte corrieron los romanos que defendían la ciudad de Dura Europos (en la actual Siria) del asedio de los persas sasánidas en el 256. Cuando las excavaciones realizadas en la zona descubrieron un túnel bajo los restos de la ciudad, se encontraron muestras de azufre y los restos de 20 hombres: a un lado 19 cuerpos amontonados, con las corazas romanas puestas y sin evidencias de lucha, y al otro el cuerpo de un persa.

Ante estas evidencias arqueológicas no hace falta ser un CSI para conjeturar que se utilizaron armas químicas y que lo que pudo ocurrir fue algo así:

La provincia romana de Siria iba perdiendo sus posesiones ante el empuje de los persas, y en el 256 los sasánidas sitiaron Dura Europos y comenzaron la construcción de minas. Al igual que los etolios en Ambracia, los romanos construyeron sus contraminas desde el interior. Y esta vez no tuvieron que huir por el humo, sino que cayeron en una trampa mortal.

Al oír a los romanos excavar sobre sus cabezas para llegar hasta su mina desde arriba y tener una posición ventajosa, los persas prepararon una sorpresa: un compuesto de azufre y betún. Cuando los romanos rompieron la parte superior de la mina persa, estos prendieron fuego al compuesto y el gas letal inundó la mina provocando la muerte de todos. El persa muerto sería el que prendió fuego y la disposición de los romanos demuestra que, debido al efecto chimenea, no tuvieron oportunidad de huir y murieron en pocos minutos.

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