Firmas

Estrategia cortoplacista, estrategia perdedora

La historia no se repite, ni como tragedia, ni como farsa, pues las personas acumulamos conocimientos, experiencias, tecnología, instituciones, procesos de ensayo y error… que constituyen nuestra evolución, avance o progreso, incluso aunque el uso de aquéllos no siempre sea adecuado para tales logros.

Y no se repite, sobre todo, porque disponemos de libertad de decisión, dentro de esos marcos de conocimiento, experiencia, etc.

Así, por ejemplo, y aunque en diversos aspectos podamos encontrar semejanzas, nada tiene qué ver la situación de las personas (ni éstas) que huyen hoy de destinos crueles o terribles con quienes antaño huían de horrores similares o equiparables: hoy, todos disponemos de más información, en todos los sentidos, más y mejor tecnología y también de muchas más oportunidades frente a tiempos pretéritos, aunque siga habiendo quienes sacan provecho de las penurias ajenas, e incluso peor.

Hay, sin embargo, no sé si ciertas leyes en la naturaleza humana; pautas o normas internas; ideas, sueños o valores (intereses), que desarrollamos tanto de forma individual como en sociedad, que conducen a situaciones o resultados que, si no similares, al menos rememoran ciertos hechos pasados.

Tal acontece con el actual PSOE y Gobierno de Pedro Sánchez, incluidos disputa, dimisión y posterior victoria, con retorno a la secretaría general del partido, entre 2016 y 2017, que a algunos evoca la también cruda y áspera lucha por el poder interno del partido y del Gobierno en los años de la II República, con victoria de la vía más revolucionaria, radical y marxista, en confluencia con el comunismo y los nacionalismos, quienes, por cierto, también traicionaron la causa democrática en cuanto tuvieron oportunidad, por una visión u objetivo más tribal, si cabe.

Incluso Indalecio Prieto, que se opuso tajantemente en determinadas etapas del proceso a la descomposición de lo que pudo haber sido un experimento democrático (entendido éste como un Estado de Derecho, donde prima y se respeta la libertad) y al advenimiento, realizado por Largo Caballero, de una revolución comunista (dictadura del proletariado) y hasta anarquista, en otras ocasiones y partes de dicho proceso no se distanció de tal deriva, ni de forma contundente ni de la otra. El dirigente socialista más moderado o, como diríamos hoy, más socialdemócrata y dispuesto a velar por una república democrática fue, junto con otras figuras del PSOE, Julián Besteiro; pero sus veleidades colaboracionistas con la dictadura de Primo de Rivera lo hicieron caer en desgracia ante Prieto y Largo, incluso a pesar de presidir las Cortes de la República en 1931, y hoy sigue bajo cierta desatención.

La deriva de Sánchez hacia la radicalización comunista o "podemita" intenta captar un nicho de votos cuantiosos por el que el PSOE se desangró en los dos últimos comicios. 

Rememorando aquellos acontecimientos, se entenderá, todavía más, lo mucho que nos separa la situación actual de entonces, pese a sus parecidos razonables, y mi aserción de que la Historia no se repite. Pero el ser humano puede tropezar dos y más veces en las mismas torpezas o incoherencias, incluso contando con el conocimiento y la experiencia que nos proporciona la historia (de ahí la apropiación que los políticos hacen de la misma). Me refiero, sobre todo, a la estrategia elegida por el líder del PSOE, a mi modo de entender, destructiva para su formación ideológica si consideramos el largo plazo, aunque a corto pueda reportarle pingües beneficios de poder que, seguro, es lo que él considera ahora, aunque con importantes costes para su partido, según analizo.

Es evidente que la deriva de Sánchez hacia la radicalización comunista o "podemita" intenta captar un nicho de votos cuantiosos por el que el PSOE se desangró en los dos últimos comicios. Toda crisis, máxime si es severa como la del 29 o la reciente de 2007, tiende a radicalizar posturas de los ciudadanos: tras haber vivido situaciones de zozobra, gran dificultad, aumento de riesgos y extrema incertidumbre, las gentes reordenan sus preferencias en favor de la mayor seguridad y certidumbre que proporcionan el proteccionismo, el intervencionismo, el nacionalismo, en definitiva, la tribu, frente a las sociedades abiertas, libres y con responsabilidad individual.

Contemplamos por doquier tal reacción y la irrupción de los populismos, como en los años treinta, aunque el mundo no es igual, ni tampoco nosotros.

Con todo, la radicalización de Sánchez está bien calculada. Sabe que, siguiendo el teorema del votante mediano, gana el que atrae al votante o grupo de votantes que se sitúa en la posición central del conjunto de ellos, ordenados alternativamente de forma unidireccional, cosa que ocurre cuando los decisores disponen de un espectro político de izquierda a derecha. Por ello, dada la dispersión (radicalización) que las crisis producen; considerado que esa traslación supone solicitar más seguridad o protección social (políticas de bienestar público) y, por tanto, más intervención del poder, minorando la consideración de sus costes, y dada la radicalización hacia unas políticas y una administración de ese tipo, por supuesto sobre una ideología marxista, cuyo equivalente por el otro lado del espectro sería lo mismo pero sobre una ideología fascista (ambas anulan el individuo y la libertad), Sánchez trata de ocupar lo más posible la posición de Podemos, pero, al mismo tiempo, para distanciarse y ocupar la posición central, insiste en denominar ultraderecha a Ciudadanos y PP, incluso identificándolos con Vox.

Como he señalado, a corto plazo y para elecciones próximas, es una estrategia maestra. Pero a largo plazo la posición de Sánchez se esfuma. Analizado en términos económicos (vale también para muchas disposiciones políticas), las medidas del actual Gobierno, que conducen todas a más gasto público y más impuestos (también más deuda y posiblemente a déficit enquistados e inflación en el futuro), siempre se quedarán cortas o timoratas, pues también en su intento de distanciarse de Podemos y querer cumplir más con nuestra pertenencia a la UE, algo que preocupa menos e incluso se desprecia en las filas de extrema-izquierda, Sánchez virará al otro rango del espectro político. Y si más gasto es bueno, y así lo compra el electorado, por qué no mucho más: si el PSOE lo aumenta en 15.000 millones, ¿quién, que compre el mensaje, no le parecerá mejor 35.000 millones más? Solo hay que camelarse al público convenientemente, hablándoles de las cosas que quieren, en la actual situación.

Pero llega un momento que se pone imposible sostener tu lógica si no te mimetizas con quien te quieres parecer. Y llegado ese punto, el público suele preferir el original a la copia, instante en el que quedas engullido. Sánchez puede resultar arrogante, fatuo o ególatra, pero no es, para nada, estúpido. Su único objetivo es a corto y, por tanto, ganar las próximas elecciones. Luego ya enderezará el rumbo ideológico que le evite tal peligro a largo. Pero le ciega tanto su estrategia que olvida la posibilidad de que los resultados no sean exactamente como espera o calcula y tenga que prologar más tiempo esta situación.

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