Firmas

Mantener la calma ante el Brexit en bolsa

  • Que Reino Unido deje el proyecto común perjudica a los propios británicos

Dentro de unos cuatro meses, Reino Unido dejará de formar parte de la Unión Europea. Sin embargo, todavía no sabemos cómo se concretará esta salida, especialmente desde el jueves. ¿Será un Brexit duro o blando? ¿Qué pasará con la unión aduanera? ¿Los británicos que residen en España perderán sus derechos y volverán a casa? ¿Cómo afectará el Brexit a la singular relación que Gibraltar mantiene con la UE? Las preguntas se acumulan y los mercados lo padecen. Hasta que las negociaciones no concluyan, no cesarán los interrogantes ni se quitará el freno de mano en los mercados españoles y europeos.

En lo que no deja de ser un juego de especulaciones, son muchos los que intentan evaluar el impacto del Brexit en la bolsa en función de los diferentes escenarios comerciales que se presentan entre las dos áreas económicas. Sin embargo, después de más de dos años de negociaciones esta manera de analizarlo resulta obsoleta.

Los mercados incorporan a los precios toda la información que se divulga públicamente. ¿Hay alguna opción que no se haya tenido en cuenta? El Gobierno de Londres ya se ha encargado de difundir documentos sobre cuál sería la situación en caso de que no se cerrara un acuerdo. Hemos leído los titulares que alertan sobre aranceles abusivos, obstáculos a la distribución comercial o la ralentización de las inversiones. Las firmas europeas y británicas han preparado planes para abordar cualquier escenario y han advertido que están dispuestas a trasladar fábricas y sedes sociales -en este sentido, mi empresa está lista para cualquier contingencia-. La prudencia se ha apoderado de los exportadores españoles, lo que ha hecho caer sus ventas a Reino Unido. ç

En fin, es tan abundante la información al respecto que las bolsas ya han tenido ocasión de darle mil vueltas al tema. Afirmar que los mercados no tienen en cuenta el Brexit supone negar su eficiencia, lo que es una afirmación muy arriesgada y, normalmente, también equivocada.

Que Reino Unido abandone el proyecto común europeo sobre todo les perjudica a ellos. La inversión de las compañías británicas cayó durante los dos primeros trimestres del año. La última encuesta realizada allí por Deloitte revela que solo el 12% de los directores financieros consultados considera que la coyuntura actual sea buena para encarar nuevos riesgos. Investigaciones similares reflejan que cunde el pesimismo entre los agentes económicos de las islas, desde los gestores de compras hasta los consumidores.

La incertidumbre se ha generalizado en todos los ámbitos. El Banco de España responsabiliza al Brexit de la caída del 6% de las exportaciones españolas a Reino Unido en 2017, tras cinco años seguidos de crecimiento; un laboratorio de ideas alemán alertó de que si las conversaciones se zanjan sin pacto, las ventas alemanas en territorio británico sufrirían un varapalo del 57%. Y el Fondo Monetario Internacional recientemente revisó a la baja su previsión de crecimiento para la economía mundial, culpando también al Brexit.

Recuerdo los años 2014 y 2015, cuando los inversores contemplaban con pavor una posible subida de tipos de interés por parte de la Reserva Federal, que iba a tener lugar por primera vez desde 2008. Los temores resultaron infundados, aunque durante meses los estadounidenses creyeron que los peores presagios se cumplirían. El banco central incrementó los tipos y la incertidumbre se desvaneció. Consecuencia: las acciones repuntaron y los inversores se olvidaron pronto del miedo que habían pasado.

La salida de Reino Unido de la Unión Europea se parece a aquella situación y es que los mercados no soportan las dudas. Lo que ha dejado en suspenso la asunción de riesgos no es la perspectiva de que haya una ruptura sin acuerdo, sino el desconocimiento absoluto de las normas que regirán a partir del 29 de marzo de 2019.

Suponga que usted dirige uno de los grandes bancos europeos, por ejemplo, el Santander, que, además de sus ramificaciones en todo el mundo, posee muchos intereses en la City. A partir de marzo operará con unas reglas que todavía no conoce, así que podría decidir ampliar su presencia en la Europa continental o bien barajar otras posibilidades. En resumen, encima de la mesa tiene planes para prácticamente cualquier eventualidad. Lo descrito se puede reproducir punto por punto en cualquier empresa industrial europea que tenga actividad en las islas. ¡El comercio continuará! Solo que ahora mismo no sabemos cómo.

Las aguas volverán a su cauce cuando las preguntas encuentren respuesta, tanto en España como en Reino Unido. La confianza volverá a las empresas, que no tardarán en poner en marcha sus planes estratégicos porque, aunque las nuevas condiciones quizás no sean las mejores, habrá seguridad. Los directivos acatarán el nuevo marco de relaciones y adaptarán sus negocios a la realidad.

Las acciones europeas han estado dando bandazos durante todo el ejercicio y las causas que se alegan son de sobra conocidas: la escalada en los conflictos comerciales, el auge del populismo y la inquietud ante la subida de tipos. Los mercados las conocen y ya les han puesto precio. Con todo, los datos macroeconómicos generales son relativamente positivos -especialmente en Europa-, la oferta monetaria está aumentando y las curvas de rendimiento siguen su tendencia creciente. Tal y como comenté el 23 de septiembre, las elecciones de mitad de mandato en EEUU nos permiten disfrutar del periodo de crecimiento más duradero de la historia bursátil gracias al bloqueo de las cámaras legislativas.

La resolución del acuerdo del Brexit lo pondrá en evidencia, es la sorpresa que espera a los inversores a la vuelta de la esquina.

Afronte sus temores, asuma que la separación pronto será un hecho y, aunque desencadenará algunas consecuencias indeseadas, habrá que aceptar que cada uno prosiga su camino por separado. Entonces nos daremos cuenta de que no era para tanto.

Las sorpresas suelen estimular los mercados, así que cualquier desenlace que no acabe en catástrofe será bueno. Reformulando las palabras del presidente Franklin Roosevelt, en el Brexit, de lo único que deben tener miedo los europeos es del propio miedo al Brexit.

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