Firmas

El problema de las pensiones

  • El retraso en la edad de jubilación no es suficiente para resolver el enigma
Foto: Archivo

No es posible seguir ignorando problemas sociales fundamentales, dejando a un lado criterios procedentes de la economía. En estos momentos, uno de esos problemas es el de la realidad de las pensiones. Basta mencionarlo, para que se entienda que pertenece al conjunto del modelo económico español existente desde 1957, que exige estar integrado en la actual globalización de la economía.

Por eso, por ejemplo, ante este tema no es posible ignorar las consecuencias de pretendidas soluciones que pueden complicarlo todo. Como una especie de ejemplo, me parece que puede resultar conveniente tener en cuenta lo que aporta, en relación con esta realidad, el profesor Jaime Requeijo en la última edición de su obra Economía Mundial (Mc Graw Hill Education, 2017).

Basándonos en ello, ¿cómo no manifestar críticas desde la economía, exigiendo, ante las mil generosas propuestas que se efectúan en este sentido, aclaraciones sobre los siguientes puntos? El profesor Requeijo nos muestra cómo la aparición de estímulos económicos encarecedores de las producciones como, por ejemplo, el incremento sobre el mundo salarial de la parte dedicada al famoso Fondo de Pensiones, origina inmediatamente un serio problema. La producción encarecida disminuye el empleo.

Otra medida es la de esperar que crezca el PIB lo suficiente para resolver el problema. Una presión social fuerte lo impide. El retraso en la edad de jubilación tampoco parece ser suficiente para resolver el problema. La salida única podría encontrarse, señala el profesor Requeijo, en aceptar "una serie de medidas para reducir los costes de la asistencia sanitaria -muy altos en las poblaciones envejecidas- y para completar las pensiones públicas con mecanismos privados de capitalización, que aumenten las rentas recibidas por la población jubilada". Y a continuación, Requeijo plantea la cuestión derivada de la explosión demográfica existente en los países en desarrollo.

De modo oscuro, ésta es la salida que se busca de modo clarísimo, porque también, de modo realista, señala el profesor Requeijo que "es menos costoso (el inmigrante) que el nativo y, además, carece, en principio, de protección sindical; y si, por añadidura, se trata de un inmigrante ilegal, su coste es aún menor. En un mundo de la competencia global -como es en el que está inmersa la economía española- esto obliga a huir de niveles salariales altos".

La tentación que para el empresario supone una mano de obra mucho más barata, la inmigrante, es enorme. De ahí que busque en muchos casos, señala el profesor Requeijo, una solución aceptando la inmigración ilegal. Pero enfrente se alzan normas específicas, que prohíben la contratación de inmigrantes ilegales. Hay un choque sociológico con algo que, desde el ángulo empresarial, presenta ventajas, y que, de un modo subyacente, ofrece incrementos en el PIB, que solucionarían en algún grado la financiación de las pensiones.

Pero esto tiene costes políticos insuperables como, por ejemplo, el dato de que el éxito electoral del presidente Donald Trump fue su decisión de cortar la inmigración y asegurar los ingresos y el empleo de los ciudadanos norteamericanos. Claro que, por otro lado, nos encontramos con una situación que, trasladada a la realidad demográfica de muchos países europeos, y entre estos, al español, sería perturbadora.

Pero para España existe un punto favorable en el planteamiento de Requeijo. La diferencia de renta con un conjunto importante de países iberoamericanos, motiva que la llegada de población inmigrante de este origen, que tiene lazos culturales extraordinarios con España, causa una realidad mucho más cómoda de la que, por ejemplo, existiría con una inmigración procedente del continente africano.

Pero, por ahora, el tema de las pensiones a través de mejorar una competitividad con inmigración, no resuelve el tema.

Añadamos que la tentación de, sencillamente, aumentar el gasto público, no tiene sentido, y menos en un país con una considerable deuda pública. Ya, bajo Isabel II, planteó definitivamente Álvarez Mendizábal que no había salida por ahí. Y creer que es posible aceptarlo ahora, por la idea de que existen planteamientos basados en Keynes, hace recordar que éste, cuando se enteró por vía de Hayek, de que eso existía, se puso en pie, chascó los dedos de la mano derecha mientras gritaba: "¡Son unos tontos!".

No queda más recurso que volver a la solución Jaime Requeijo: aceptar una inmigración que impulse el PIB por un lado y, por otro, aliviar el sistema de la seguridad social, por lo que se refiere a la reducción de los costes, a más de empezar la capitalización privada.

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