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Trump: un roto en el universo 'yuppie'

  • Los intelectuales orgánicos, tontos útiles del comunismo, han vuelto a fallar

La dirección del viento político ha rolado bruscamente. Donald Trump, el próximo presidente de EEUU, es ese barómetro que no puede ser ignorado porque pone de relieve que se avecina un cambio radical del tiempo político, un cambio que afectará en mayor o menor medida al resto de las democracias occidentales y muy particularmente a la UE, carente de un relato actualizado e ilusionante. Bruselas y Juncker, su encarnación, son un trasunto de esa Hillary Clinton, remota, de discurso robótico de pías frases políticamente correctas, que no conectan con el humor de estos tiempos ni con las preocupaciones del ciudadano medio.

Hoy la clase política americana, republicana y demócrata, se está preguntando cómo un personaje con una retórica infame y un aspecto que deja en buen lugar incluso a Nixon, ha conseguido primero desbancar al aparato republicano, y hacerse con su liderazgo, para después acceder a la Presidencia. La campaña de Clinton, con una financiación de 500 millones de dólares (el doble que su adversario), con el respaldo de los grupos de poder y la mayoría de la prensa y televisión ha sido incapaz de oponerse a una candidatura que en principio tenía todo en contra y que arrancó sin otros medios que los 61 millones aportados por el propio Trump.

Pero una máquina, por más potente que sea, poco puede hacer contracorriente y Trump ha sabido leer el viento y la marea y ha dado voz en su discurso político al profundo malestar del americano medio, desmoralizado ante una deslocalización de sus puestos de trabajo, el conchabismo político-financiero de su clase política y una inmigración incontrolada y culturalmente ajena a los valores sobre los que se asienta su país; un tema que los nuevos beatos de la corrección política habían amordazado e ignorado en su acomplejada visión de un mundo vegano.

Lo realmente sorprendente, lo que indica la profundidad del descontento existente es cómo a pesar de una retórica extravagante y narcisista su relato ha resonado en una sociedad profundamente hastiada con su clase política.

Descalificar a los votantes de Donald Trump como ignorante basura blanca (obviando que un 46% de sus votantes eran mujeres, muchas con educación superior, además de latinos y negros) solo sirve para poner de relieve y afianzar esa desconexión entre una gran parte de la ciudadanía, sus representantes y los medios. Un electorado que una vez más tuvo ocasión de constatar cómo sus preocupaciones y opiniones no eran valoradas ni tampoco encontraban eco, ignoradas por un cenáculo ideológico que desde la política y los medios anatematiza y silencia todo lo que no corresponda a esos impecables valores que se exhiben en el escaparate mientras en la trastienda se los pasan por el forro entre el alegre tintineo de la caja registradora. ¡Un saludo, Sr. Espinar!

Al final, mal que les pese, los verdaderos impulsores, los responsables últimos del populismo son esa autoproclamada "vanguardia moral del pueblo" al que imponen sin consultarlo un cambio demográfico que amenaza su cultura, su identidad y sus valores y que vive en la inseguridad permanente atizada por unos atentados terroristas que se repiten periódicamente sin que hayan encontrado el rechazo enérgico e inequívoco entre aquellas comunidades que comparten esa religión que los terroristas invocan como pretexto. Xenofobia, islamofobia... palabras mordaza para acallar discursos disonantes con la ortodoxia de los nuevos dogmas. Este prefascismo de hoy no nace por generación espontanea; lo han creado los bien pensantes, los irresponsables de "papeles para todos". Ese y no otro ha sido el huevo de la serpiente.

En la Europa de los años 60, ante la escasez de la mano de obra y las consiguientes subidas salariales, los grandes intereses decidieron que la inmigración era la mejor forma de moderar salarios. Lo consiguieron: la participación en el PIB de la masa salarial decayó a la par que aumentaban los beneficios empresariales. Se prefirió el camino fácil y cortoplacista y al diablo con las consecuencias. En vez de propiciar y subvencionar una política familiar que fomentara una tasa de natalidad adecuada se optó por importar mano de obra barata de nuestras antípodas culturales. Un cosmopolitismo impuesto a la clase obrera; un cosmopolitismo en los suburbios y escuelas públicas del que las elites quedaban a salvo.

Los intelectuales orgánicos del mundo yuppie, que otrora ejercieron de tontos útiles del comunismo, han vuelto a fallar una vez mas en el único papel que los legitima: el ejercer de tábano socrático que toda ortodoxia instalada necesita. Un intelectual que no esté dispuesto a sufrir el ostracismo y beber la amarga cicuta de la disidencia no pasa de ser un lacayo al servicio de la moda, de lo que se lleva, de lo que se debe decir y sobre todo de lo que se debe callar. Nos han vendido un mundo yuppie alejado de la realidad de un universo que siempre acaba por aniquilar a los débiles y a los ilusos.

Así que, si no queremos caer en manos de populismos y populistas, es imperativo que políticos y sobre todo los medios comiencen a conectar de una vez por todas con la gente común legitimando y dando voz a sus inquietudes y recelos por mucho que atenten contra el buen gusto de lo correcto.

Y la sistemática violación de nuestras fronteras, la invasión incontrolada de 1.000 y 2.000 personas diarias a la que estamos asistiendo es una auténtica bomba de relojería. En las democracias lo que se ignora, lo que se calla, siempre acaba por emerger, pero emponzoñado y virulento. Y si no, al tiempo.

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