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Crisis brasileña: ¿Qué piensa latinoamérica?

  • Lo que está en crisis no es la izquierda, sino el sistema de alianzas

El Partido de los Trabajadores de Dilma Rousseff se refugia cada vez más en el victimismo. En especial tras la salida del Partido del Movimiento Democrático Brasileño, principal socio de coalición. La presidenta cuya tasa de aprobación se mantiene en un escaso 10% queda en situación muy compleja. La corrupción salpica a toda la clase política: PT, aliados y oposición.

La estrategia del PMDB se basa, por un lado, en la instauración del vicepresidente Michel Temer, sucesor natural de Dilma. Pero la red de sobornos de Petrobras le involucra de pleno y a otros integrantes de la cúpula del partido como los titulares de la Cámara de Diputados y el Senado, por lo que intenta al mismo tiempo alejar la investigación de la formación. Lo delirante es que Eduardo Cunha, presidente de la Cámara y encargado de dirigir el impeachment ya ha sido declarado reo por la Corte Suprema. Sin olvidar el examen del Tribunal Electoral por el supuesto uso de fondos corruptos para financiar la campaña. Si esa investigación prospera, se anularían las elecciones de 2014 en detrimento tanto de Dilma como de Temer.

Por todo ello para el PMDB lo ideal sería forzar la renuncia de la Jefa del Estado sin llegar al juicio político. Dimisión a la que Rousseff se niega. Junto a su mentor, Lula da Silva, se resiste a acelerar el desgaste y crisis interna del PT. No obstante, la investidura de Lula como ministro en medio de protestas y acusaciones de querer evitar su arresto, puede haber sido uno de los mayores errores políticos de Dilma.

Ambos denuncian las "prácticas destituyentes" contra "gobiernos populares legítimos". El PT ha acabado por simplificar de forma oportunista la disputa como una cuestión de proceder inconstitucional. El término "golpismo" es utilizado por los vecinos líderes bolivarianos, a la cabeza de todos el venezolano Nicolás Maduro. En la misma línea el boliviano Evo Morales solicitó la convocatoria de una cumbre extraordinaria de Unasur para poner de relieve el "golpe de estado judicial y mediático" en Brasil y respaldar a Rousseff. El ecuatoriano Rafael Correa añadió que existe una "trama" para quitarse de encima a los "gobiernos progresistas". Habituados a utilizar como altavoz los diversos organismos continentales, sin embargo el impacto público ahora es menor. Han perdido la hegemonía regional hasta hace poco detentada.

La Unasur se mantiene fiel al principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Se desea que los problemas de Brasil se resuelvan "en el marco del régimen democrático, a través del diálogo y el fortalecimiento de las instituciones". Se añaden las declaraciones en la OEA. Desde su Secretaría General se insta a todos para asegurar la estabilidad de Brasil cuidando de no interrumpir la llamada operación Lava Jato en curso en materia de corrupción.

Algunos actores del Mercosur han advertido que en caso de que Rousseff fuera apartada de su cargo invocarán la cláusula democrática de la organización para imponer sanciones a Brasil. Pero no están nada claras las bases para una acción así ni la hipotética decisión de los cancilleres del Mercosur.

Caso singular es el de Chile cuya mandataria, Michelle Bachelet, asediada asimismo por escándalos domésticos de corrupción, no parece demasiado inclinada a seguir defendiendo a Dilma. De forma más bien neutra se suma al deseo general de que la cuestión brasileña se resuelva en un "ambiente de respeto a las instituciones republicanas".

Se crean nuevas consensos. Colombia, Paraguay, Perú? no siguen las consignas bolivarianas. Tampoco Argentina. El nuevo gobierno de Mauricio Macri se ha expresado con prudencia ya que los problemas en Brasil entorpecen el tan esperado relanzamiento de la relación bilateral.

Al igual que en las demás capitales, en Buenos Aires reina la preocupación por los momentos que atraviesa la locomotora económica y principal socio comercial. Por esa razón se impondrá el pragmatismo: los países y alianzas regionales tratarán de volver rápidamente a una situación de normalidad para seguir haciendo negocios.

Es un duro golpe para muchos reconocer que también en Brasil se agotó un modelo. Constituye, sin duda, una decepción que Lula y su partido, uno de los símbolos más grandes de las últimas décadas se tambalea. Mas el Gobierno de Rousseff ha mostrado menor iniciativa exterior en la región que el mostrado por Lula. No es tanto la izquierda democrática continental lo que está en crisis sino el sistema basado en la alianza corrupta entre políticos de todos los partidos. Una muestra de que las cosas en Latinoamérica han empezado a cambiar.

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