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Ventajas de perder las elecciones británicas

  • Quien esté en el poder no tendrá herramientas para luchar contra la recesión
David Cameron, el primer ministro de Reino Unido.

El viernes por la mañana sabremos el resultado de las elecciones en Reino Unido. Tal vez haya una mayoría clara de los conservadores y David Cameron renueve su cargo de primer ministro o el líder laborista, Ed Miliband, acceda al poder mediante una alianza informal con los nacionalistas escoceses. O podría ser un desenlace muy enmarañado con tres, cuatro o incluso cinco partidos formando una coalición.

Con tanta especulación sobre quién ganará, se ha pasado por alto una cosa: ¿y si lo mejor fuera perder las elecciones? El Reino Unido podría estar llegando a la cima del actual ciclo de negocios, porque los vientos de cara favorables que han empujado a la economía podrían revertirse pronto y la oleada de dinero extranjero que ha propulsado la producción podría no durar mucho tampoco.

¿Preocupación en los mercados?

A los mercados no les va a importar mucho un resultado caótico a finales de la semana. Los inversores aseguran que prefieren los gobiernos estables, pero a la hora de la verdad no parece molestarles una cosa u otra. Bélgica pasó un año entero sin que nadie la gobernara y la economía funcionó como la seda. El Gobierno de Estados Unidos se cierra periódicamente durante varios días y el mundo no se desmorona. Todos sabemos que estas elecciones van a ser un follón, pero el mercado bursátil británico ha alcanzado máximos históricos y la deuda del Estado ha encontrado multitud de compradores en todo el mundo. Si hay que esperar hasta finales de mayo para formar Gobierno y se hace inevitable otra elección a final de año, el mercado no le dará importancia.

Es lo que le ocurra al nuevo Gobierno, encabezado por laboristas o conservadores, lo que es mucho más trascendente. Tal vez no pareciese así en el momento pero los últimos cinco años han sido excepcionalmente buenos para la economía británica. Una vez superada la crisis de 2008/2009, se ha recuperado progresivamente. El año pasado fue la economía de crecimiento más rápido de la OCDE y en los últimos cuatro años le ha seguido el ritmo prácticamente a Estados Unidos en recuperación rápida. El empleo se ha disparado, con cifras récord de trabajadores, la inflación ha caído a mínimos históricos y los salarios reales empiezan por fin a crecer. Para un país más expuesto al colapso bancario que cualquier otro, ha sido una recuperación mejor de lo esperado.

El problema es que los cinco años que vienen serán mucho más duros por varios motivos. Primero, salvo que se haya abolido el ciclo empresarial, la recesión es casi con toda seguridad inevitable. El Reino Unido volvió a crecer en el primer trimestre de 2010 y aparte de un breve bajón en 2012 se ha expandido desde entonces. Las recesiones no tienen por qué ser inevitables, pero diez años sin ningún tipo de retroceso contradirían todos los registros históricos. Si se produce, el Reino Unido contará con uno de los déficits presupuestarios más amplios del mundo desarrollado y los tipos de interés ya están tan cerca del cero que no supone diferencia. Quien esté en el poder no va a tener prácticamente herramientas de luchar contra una recesión, por primera vez desde los años treinta. Seguramente sea muy desagradable y el partido en el poder, con razón o sin ella, se llevará gran parte de la culpa.

Segundo, el Reino Unido ha tenido el viento soplando en sus velas durante los últimos cinco años. Después de la crisis, la libra se devaluó mucho y ha seguido en niveles bajos, lo que ha ayudado a los exportadores británicos. La flexibilización cuantitativa implantada por la Reserva Federal dejó su estela al otro lado del Atlántico y ahora todo el dinero imprimiéndose en Frácfort hará lo mismo a través del Canal de la Mancha. El dinero ha sido barato en todo el mundo y eso ha ayudado a los países con mucha deuda (y el Reino Unido lleva años saltándose ese semáforo). La crisis de la eurozona ha desafiado a algunos exportadores, pero también ha animado a muchos migrantes con formación a mudarse a Gran Bretaña y ha convertido Londres en un refugio seguro para el dinero nervioso ante el panorama de Grecia, España o Italia. Todos esos factores han ayudado al Reino Unido a crecer más rápido de lo que lo hubiera hecho. Sin embargo, cualquiera de ellos o todos juntos podrían revertirse en los próximos años. El aumento de los tipos de interés globales dañaría mucho al Reino Unido, tanto como el final de la flexibilización cuantitativa en Europa y ambas cosas podrían darse fácilmente.

Tercero, el Reino Unido se ha mantenido a flote en los cinco últimos años gracias a inmensos flujos de capital extranjero que le han permitido contraer déficits presupuestarios y comerciales de más del 5% del PIB. El país consume mucho más de lo que produce y eso siempre hace que todos se crean más ricos. Es posible que siga así pero no se apueste el futuro. Cualquier país con un déficit comercial de esa magnitud tiene problemas tarde o temprano: España fue el último ejemplo antes de la crisis. Si ese dinero extranjero se seca, Reino Unido sufrirá recortes dolorosos de la calidad de vida.

Por último, hay otros elementos. Es improbable que Grecia sobreviva en la eurozona cinco años más. Con los índices actuales, su PIB habrá llegado a cero. Aunque no será precisamente una sorpresa, causará conmoción en toda Europa cuando suceda. Igual de grave es que el gran ganador de las elecciones será el Partido Nacional Escocés. Cada vez parece más cierto que Escocia se separará en los próximos años y se crearán enormes divisiones en cuanto a qué moneda adoptar y cómo dividir la deuda nacional. ¿Será eso bueno para la economía? Cuesta ver el porqué.

Los perdedores, sean quienes sean, se lamentarán mañana, pero pueden consolarse pensando que quizá sean las elecciones más idóneas para perder y, si a la economía le va mal, podrán echar con facilidad a un Gobierno muy impopular en 2020.

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