
Las elecciones andaluzas tienen dos lecturas: una local y otra nacional. Susana Díaz se ha consolidado como líder del PSOE-A y ha crecido su fuerza a nivel nacional. El PP tiene que facilitarle un Gobierno en solitario absteniéndose en la votación para la elección de presidenta andaluza.
Obligarla a una coalición gubernamental o a depender de Podemos/Ciudadanos, para ser elegida, es abrir la puerta del poder a fuerzas cuyo objetivo es desbancar a los dos partidos protagonistas de la transición. Se podría pensar que desde la oposición tendrían más protagonismo, y es mejor el abrazo del oso metiéndolos en el Gobierno, pero entonces hay que recordar la máxima de Andreotti. El político italiano afirmaba que el poder desgasta, pero desgasta más el no tenerlo.
En una Andalucía clientelar entrar en el Gobierno es un plus. El PSOE-A lo sabe desde hace treinta años y lo ejerce. Contra este argumento se puede indicar que IU ha perdido votos estando en la Junta. Es verdad, pero también que ha sobrevivido gracias a que tuvo ese poder, si no, hubiera desaparecido. Además lo perdió antes de las elecciones; un golpe psicológico del que es difícil sobreponerse.
Sin cambios en Andalucía
En resumen a nivel andaluz nada ha cambiado. El sistema seguirá igual, incluso más genuino que nunca, con un PSOE-A que mantendrá su hegemonía. Superado el bache actual -la peor situación que nunca tuvo ese partido en esa Comunidad- tiene una tregua de, al menos, otros cuatro años; el futuro está despejado. La Andalucía eterna y psoecialista tiene larga vida.
La traslación de esos resultados a nivel nacional es más compleja. Aunque se pueden extraer algunas lecciones. La primera es que en una de las regiones más castigada por el paro Podemos no ha podido con la casta. Es más, la casta más amenazada por la corrupción en esa Comunidad (el PSOE) ha sobrevivido con comodidad ¿Entonces? Lo más seguro es que en el resto de España pase algo similar. Lo mismo con respecto a Ciudadanos: ha emergido. Pero el PP ha resistido. El bipartidismo puede sobrevivir. Aunque para ello PP y PSOE deben reaccionar.
Para asegurar esta supervivencia PP y PSOE deberán tomar medidas. Tanto en la relación entre ellos, llegando a acuerdos por el bien del país, como dentro de cada uno de sus partidos. Queda poco para las elecciones locales y autonómicas. En las listas deben cuidar que no se les pueda achacar de corruptos. En número de concejales PP y PSOE ganarán estas elecciones, porque presentarán el mayor número de candidaturas.
La batalla será también cualitativa. El PP se la juega en Madrid. Si gana el Ayuntamiento habrá salvado la cara y el bipartidismo tendrá otro chance. El PSOE ya la ha salvado en Andalucía, porque obtendrá algún Gobierno autonómico más de los actuales, solo o en coalición. Pedro Sánchez ha descansado. Susana se ha salvado pero no puede dejar el sultanato del sur dado el difícil equilibrio de su presidencia, al menos no antes de que se convoquen primarias para la candidatura a la Presidencia del Gobierno de España.
Las generales: batalla final
La batalla final será la de las elecciones generales. La economía estará creciendo a buen ritmo. El desempleo bajará y la situación general del país será mejor que en los años anteriores ¿Será esta mejoría suficiente? Los gurús del PP así lo esperan, pero no está tan claro. Extrapolando los resultados actuales al Congreso de los Diputados sale una Cámara más dividida que la actual, sin mayoría absoluta, pero no demasiado diferente. Lo dicen también las encuestas. El PP ganaría (Andalucía nunca fue su feudo) sobre 140/160 diputados. Le seguiría el PSOE con 110/130, Podemos con 20/40, Ciudadanos 10/20 y luego los clásicos nacionalistas. IU quedaría reducida a la mínima expresión si no acaba en las listas de Podemos.
Así las cosas el bipartidismo se parecería mucho a la situación en la legislatura constituyente. Un Gobierno de minoría de un sólo partido (UCD) que necesitaría el apoyo del diferentes grupos en diferentes situaciones. Un equilibrio muy inestable, pero que en aquella situación permitió el consenso que dio lugar a una Constitución que ya lleva 35 años. Es decir, que no es necesariamente un mal punto de partida.
Sin embargo hay dos diferencias importantes entre entonces y lo que nos espera para 2016. La primera era la ilusión colectiva por labrar un nuevo futuro. La segunda unos políticos, desde Adolfo Suárez a Carrillo, pasando por Felipe González y otros muchos, entre ellos un Jordi Pujol catalanista de consenso, capaces de ceder y acordar por el bien común ¿Los tenemos ahora?