Economía

El dilema de China para salvar su economía: el infinito debate de la venta ambulante

Foto: iStock

El presidente chino, Xi Jinping, ha desmontado el plan que varias ciudades de China ya han puesto en marcha para reflotar la economía a través de los puestos callejeros. Los puestos ambulantes chocan con su pretensión de trasladar una imagen de país modernizado y no quiere que vuelvan a ocupar las calles de la capital.

El primer pronunciamiento público del mandatario sobre el asunto ha plagado de dudas a Pekín, una de las ciudades que junto a Shanghái, Pekín, Shenzhen o Hangzhou, ya había dado luz verde a levantar las restricciones a los puestos callejeros para reactivar el consumo e impulsar el emprendimiento en un momento malo para el mercado laboral.

Durante un paseo por la Nueva Área de Xiongan, construida a 100 kilómetros de Pekín bajo el eslogan de 'ciudad del futuro', Xi Jinping declaró que la capital "no es una mezcolanza sino, ante todo, un centro político donde no se permiten las fábricas en callejones ni la economía de puestos callejeros", según recogió la agencia estatal Xinhua. Debe ser la representación, dice, de un país modernizado y una superpotencia tecnológica.

No quiere que replique el modelo de Zibo, la desconocida ciudad que se ha convertido en la sensación del momento por la comida callejera y que ha visto cómo su PIB mejoraba a marchas forzadas. Ante tal éxito, otras ciudades optaron por copiar el negocio.

La opinión del presidente ha sembrado un mar de dudas en Pekín, que ahora no sabe si asimilarla como una orden para revertir los planes para la venta ambulante. La economía china se juega mucho. La recuperación está siendo más lenta de lo previsto y la tasa de desempleo, especialmente la juvenil tras anotar en abril un récord del 20,4%, es preocupante.

Ya en junio de 2020, con la pandemia en pleno auge, la disyuntiva entre modernidad y tradición se instaló en el país. ¿Podía la venta ambulante 'salvar' una economía paralizada por la crisis sanitaria mundial? Entonces, la ciudad de Chengdu aumentó en 100.000 el número de ocupados gracias a la proliferación de puestos callejeros, y al entonces primer ministro chino, Li Keqiang, le pareció una idea brillante. No así a Xi Jinping, que consideraba, y considera, que abunda en una imagen estereotípica y se aleja de la China de vanguardia que quiere dar a conocer al mundo.

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