Ecoaula

Hay vida antes de los millennials

  • ¿Se imaginan combinar en un solo programa académico la sabiduría clásica y los avances más recientes?
Madrid

Una corriente minoritaria formada por inconformistas, románticos y un buen grupo de agoreros considera que el smartphone es el diablo. Igual que Guillermo de Orange hiciera con nuestro Felipe II, este movimiento de disconformes repudia, sin llegar al ludismo, todo lo que representa el Imperio de la Tecnología.

Esa estrechísima veta separa a dos comunidades más: la que conforman quienes abrazan el signo de los tiempos y no tienen reparos en entregarse a internet (los millennials y quienes quedan por encima y por debajo) y aquella otra integrada predominantemente por personas de otras generaciones anteriores. Veamos qué ocurre con esta segunda categoría, que es absolutamente relevante para la sociedad y la economía.

Nacida y desarrollada en una era completamente analógica, dicha generación observa el mundo que viene con una mezcla de perplejidad y diversión. Del juguete de madera al que recurrían en su sobria infancia se ha pasado a la impresión 3D y a la realidad aumentada. En los salones de las casas de sus hijos, donde ahora trastean sus nietos, ya no hay jofainas sino un robot llamado Roomba que limpia el suelo sin atascarse en las esquinas. La televisión que ellos veían en blanco y negro con la paciencia de quien sabe que sólo existen un par de canales se ha transformado en un catálogo infinito de videostreaming. Donde antes era el grito de un vecino el que alertaba de alguna anomalía, hoy son las videocámaras y los controles remotos los que permiten activar una alarma en caso de robo. Y así sucesivamente, hasta límites tendentes al infinito.

De existir, la barrera tecnológica de esta generación es sólo cultural. Necesitan (a veces) un guía, un zahorí que toque con su varita las teclas adecuadas para que también aprovechen los beneficios de la era tecnológica. Y así se verán (como se ven) señores que teclean su teléfono de última generación. Y entonces ocurrirá lo inevitable: en un mundo donde la esperanza de vida crece y crece, ellos serán otros que los marketinianos llaman nicho y potencial para las tecnológicas en lo que posiblemente sea una transacción equitativa. ¿Por qué? Porque a cambio del mismo dinero que usted invierte en decenas de cientos de apps, ellos harán exactamente igual, obteniendo en respuesta un océano de ventajas adaptadas a sus circunstancias y necesidades.

Si un día, por ejemplo, se encuentra mal, el señor venerable sabrá que su reloj inteligente detectará una anomalía cardiaca. Entonces pedirá un Cabify o, mejor, será transportado al centro de salud en un coche sin conductor que elegirá la ruta más rápida y no contaminará porque es eléctrico. Una vez ante el doctor, una máquina basada en IA determinará que las constantes vitales son correctas y no hay nada que temer, y el doctor tendrá un diagnóstico adecuado, le estrechará la mano y le sugerirá que informe a sus parientes con una vídeo-llamada. Y al regresar a casa nuestro protagonista se echará una siesta reparadora y un sensor supervisará la calidad de su sueño y más tarde el frigorífico detectará que apenas queda leche y realizará directamente un pedido al supermercado.

Esta postal conduce inevitablemente a otra que es su reverso: conforme otras generaciones se superdigitalicen, serán ellos quienes aporten su enorme experiencia al resto de capilares del sector: programadores preocupados por la usabilidad, diseñadores gráficos y, sobre todo, educadores del nuevo milenio. ¿Se imaginan combinar en un solo programa académico la sabiduría clásica y los avances más recientes? Tal vez ahí, en la conjunción de lo antiguo y lo nuevo, de la mezcla de lo mejor de lo analógico con lo mejor de lo digital, se encuentre esa fórmula de éxito que estamos buscando para la educación del futuro inmediato.

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