Vivienda

El terror urbanístico de la burbuja (I): campos de golf en el secarral

Polaris World, en Murcia. Reuters.

Ayer mismo sabíamos que la firma de nuevas hipotecas para la compra de vivienda había subido por décimo mes consecutivo, colocándose en el 19,7% interanual. Aunque es más leve que la producida en el mes de febrero, que fue del 29.,%, no deja de ser una subida y, de alguna manera, marca una cierta tendencia: tras siete años largos de crisis inmobiliaria, estamos volviendo a comprar casas.

Que se produzca una reactivación de la actividad económica inmobiliaria es una noticia positiva, sin duda; sin embargo, esta actividad debería estar sujeta a unos mecanismos si no de control, al menos de autocontrol, con el fin de evitar una nueva burbuja. Ya lo dijo Marco Tulio Cicerón hace más de dos mil años: "Quien olvida su historia está condenado a repetirla". Y la historia de la burbuja es especialmente terrorífica.

Obviamente, lo peor de la crisis ha sido -y es- el estratosférico aumento del paro y el descenso igualmente brutal en el poder adquisitivo de los ciudadanos, circunstancias ambas que han traído como consecuencia una cada vez mayor desigualdad económica y social y un visible aumento de la pobreza.

Cadáveres arquitectónicos

Sin embargo, la burbuja inmobiliaria también nos ha dejado unos cadáveres arquitectónicos y urbanísticos verdaderamente espantosos. Y digo cadáveres porque, en efecto, la actitud depredadora de las promotoras, en evidente connivencia con los departamentos de urbanismo municipales, provinciales e incluso autonómicos, ha sembrado la geografía española de construcciones grotescas, absurdas, infrautilizadas y a menudo inacabadas.

En el mejor de los casos, el huracán de la crisis se llevó por delante los proyectos cuando aún estaban en la mesa de la correspondiente gerencia de urbanismo. En el peor, forman parte de un paisaje de devastación emocional y estética. El testamento de un país imaginario -el que vivimos desde el año 2000 hasta el 2008- que estaba propulsado exclusivamente por la ambición y la más notoria falta de escrúpulos.

Con el presente artículo comenzamos una breve serie en la que iremos viendo algunos de los esperpentos más aberrantes que florecieron por nuestra piel de toro. Así que si el engendro más significativo de su región no aparece en algún artículo, no desesperen pues es posible que lo haga en textos posteriores. En cualquier caso, tienen abiertos los comentarios para proponernos su atrocidad preferida. Igual merece que la dediquemos unos párrafos en el futuro.

Golf en medio del desierto

El golf es un deporte precioso y, desde la aparición de Seve Ballesteros hace ya cuarenta años, en nuestro país hemos contado con notables golfistas que han cosechado un buen número de trofeos a lo largo y ancho del circuito profesional. Sin embargo, es bastante evidente que el golf no es el deporte más popular en España.

¿Saben dónde es muchísimo más popular? En Escocia. Esencialmente porque fue allí donde se inventó hace más de cinco siglos, aunque algunas crónicas colocan su origen en Holanda. ¿Y saben qué tienen en común la escarpada orografía escocesa y las planicies de los Países Bajos? Lo han adivinado: que son verdes. Porque llueve mucho. Lo cual facilita el crecimiento de la hierba, imprescindible para la práctica del deporte de los 18 hoyos.

De hecho, tanto Cantabria como Euskadi, donde nacieron Severiano Ballesteros y José María Olazábal respectivamente, son igualmente verdes y lluviosas. ¿Y saben qué zonas son más bien áridas y secas? En efecto: la mayoría del centro, el sur y el levante español.

Y sin embargo, durante la burbuja se plantearon decenas de proyectos que proponían verdes recorridos con sus calles, sus roughs, sus greens y sus lagos artificiales en medio de hectáreas de arbusto, matorral y monte bajo, cuando no directamente desierto. Algunos nunca se llegaron a construir, aunque están a la espera de rescate, como el de Marina d'Or en Castellón, complejo que, en un alarde de alocada irresponsabilidad, también incluía una pista de esquí artificial.

Campo de golf en el Canal de Isabel II. Google+ GolfCanal

Otros, aun siendo ecológica y conceptualmente insensatos, han permitido una cierta sostenibilidad al estar situados en entornos urbanos consolidados, como podría ser Alicante Golf, junto a la playa de San Juan o el campo del Canal de Isabel II, en pleno centro de Madrid.

Con todo, los ejemplos más espeluznantes fueron los construidos en medio de la nada, confiando su éxito a mastodónticas urbanizaciones asociadas que se iban levantando a la vez que el campo de golf y que, supuestamente, se llenarían de turistas de larga duración.

Aficionados venidos de todos los lugares del mundo, especialmente de las Islas Británicas y el norte de Europa, que comprarían apartamentos, chalets y villas, entusiasmados por el reclamo de poder practicar su deporte favorito bajo el cálido sol mediterráneo en lugar de las húmedas borrascas de sus países de origen.

Pero no sucedió así, claro. El resultado son urbanizaciones efectivamente descomunales, pero prácticamente vacías. El caso más conocido es el de Polaris World, en la localidad murciana de Torre Pacheco; un resort con centenares de atentados estéticos en forma de adosados de inspiración arábico-rústica y un hotel de 5 estrellas igualmente espantoso. Eso sí, lleno de piscinas, gimnasios y spas. Y todo ello rodeado por kilómetros cuadrados de secarral murciano.

No sorprende entonces que, pese a que el campo de golf está diseñado por la empresa de Jack Nicklaus, y que el mismísimo Woody Allen ofreció un concierto de jazz para la inauguración del hotel en 2008 cuando la bonanza económica surfeaba en la cresta de la ola, al propio hotel no le quedase más remedio que cerrar sus instalaciones durante varios meses y la empresa tuviera que hacer verdaderos malabarismos financieros para evitar la quiebra, llevándose más de 1.170 millones en pérdidas por el camino.

Sin embargo, hay un caso bastante menos famoso que el murciano pero colocado muy arriba en esta particular competición por ver quien lleva a cabo el desvarío más absurdo. Se trata de la urbanización Bonalba, en el municipio alicantino de Muxtamel, aunque a sus buenos cinco kilómetros del centro del pueblo.

Campo de golf en Bonalba. Pedro Torrijos

Golf con vistas de plástico

La cosa puede no parecer especialmente reseñable, si no fuese porque Bonalba ocupa una superficie prácticamente igual a la del núcleo urbano y, cuando se planteó a mediados de la década de los 2000, pretendía alojar a más de 15.000 personas. Sabiendo que, en 2006, Mutxamel tenía una población total de poco más 19.000 habitantes, pueden hacerse una idea de la alegre irresponsabilidad del proyecto.

Aun así, lo más grotesco de la urbanización no son sus excesivamente optimistas perspectivas poblacionales; ni siquiera el horror arquitectónico que suponen las hileras e hileras de edificios colectivos y unifamiliares con anticuadas fachadas historicistas apoyados en la ladera de la desértica sierra de Alicante; tampoco el ineludible hotel-resort-spa de acceso más que complicado. Lo verdaderamente incomprensible de Bonalba es que está plantada junto a hectáreas y hectáreas de cultivo hidropónico de tomate.

No me malinterpreten, el trabajo agrícola es dignísimo y estructuralmente más necesario que el turismo deportivo de baja calidad. De hecho, los campos de tomateras estaban allí mucho antes que el campo de golf. Pero es que la narrativa social y estética escapa a cualquier intento de racionalización. Es como si estuvieses preparándote para disputar un gran premio de Fórmula 1 y acabases en medio de una carrera de sacos. Porque ¿quién no quiere salir a su terraza, apoyarse en la columna que sostiene un arco arabesco de escayola y disfrutar de las inmejorables vistas que ofrecen kilómetros cuadrados de plástico brillando al sol?

Paseando -en coche- por Bonalba nos encontramos con una perspectiva desoladora. Más de la mitad de los edificios y los locales comerciales están vacíos o cuelgan el cartel de "se vende/se alquila". De hecho, en los extremos de la urbanización aparecen desconsolados esqueletos arquitectónicos. Edificios abandonados a medio construir que yacen como fósiles modernos de ladrillo y hormigón para recordarnos una historia que no deberíamos repetir.

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