Tecnología

Por qué si usas un móvil de gama baja deberías pasarte a la gama media

El ser humano es un animal de costumbres. Normalmente, cuando nos hacemos a algo nos resulta difícil cambiar y, si innovamos, suele ser de una forma limitada. Lo mismo nos pasa con los teléfonos móviles y, en mi caso, no era distinto. Acostumbrada a comprar teléfonos baratos (no solo por no querer, sino por tampoco poder), lo habitual era que pronto funcionaran mal, que me quedara sin espacio en la memoria, que me frustrara intentando sacar fotos decentes y que, en caso de que se me rompiera la pantalla, me replanteara dos veces si cambiarla o si, directamente, invertir en otro teléfono de cien euros.

La gama baja existe porque es útil para muchos: para aquellos que no quieren o no pueden gastarse mucho, para los que utilizan el teléfono solo para llamar y para aquellos que lo rompen o lo pierden de forma habitual. Una razón de peso suele ser el precio: cien euros no es mucho para un teléfono, pero puede ser muchísimo para un estudiante, una persona sin trabajo o con uno precario o para alguien que no tiene demasiado interés en la tecnología.

Tras años de móviles de gama baja, recientemente decidí apostar por un poco más y me compré uno de gama media, momento en el que la relación con mi dispositivo cambió completamente y pude ver las ventajas de invertir en tecnología. Aquí van algunas cosas que he descubierto tras comprar mi primer teléfono de más de 200 euros:

El móvil puede ser tu mejor cámara réflex: una de las decisiones que tomé hace años fue comprarme una cámara réflex porque me gustaba poder fotografiar con calidad en los viajes y, obviamente, con mi móvil barato, no podía. Aunque es cierto que hace cuatro años, cuando yo la adquirí, los teléfonos móviles no tenían la calidad fotográfica que tienen ahora, todo ha cambiado. Es fácil encontrar teléfonos con 48 o 64 MP de cámara, gran angular, macros, lentes en blanco y negro y sensores de profundidad. Y esas especificaciones se pueden encontrar fácil en modelos de entre 200 y 350 euros. Claro está, una cámara profesional da muchísimas más posibilidades y usarla cuando viajo va a seguir siendo algo imprescindible para mí, pero tener este teléfono me evita llevar la cámara a todas partes, puedo sacar fotos bonitas hasta en sitios con mala luz y cualquier cosa que hago con el modo 'retrato' parece digna de PhotoEspaña.

Si usas mucho el móvil, pasas mucho tiempo fuera de casa y/o tienes el síndrome de la batería baja, un teléfono un poco más caro puede sacarte de muchos apuros. Las baterías que están incorporando recientemente los smartphones tiene entre 4000 y 5000 miliamperios; supone un avance tecnológico muy grande, pues es difícil introducir baterías tan potentes en dispositivos pequeños, pero, sobre todo, supone que tú puedas usar tu teléfono hasta dos días seguidos sin cargarlo ni una vez. Para mí ha supuesto un avance importante: no llego al final del día pensando en que hay que ponerlo a cargar, me da la libertad de ir a un sitio sin enchufes y seguir disponible y el buen funcionamiento de la batería me permite usar el teléfono incluso cuando queda solo un 3%.

Una de las cosas que peor llevaba de mi móvil barato era que no podía tener todas las aplicaciones que quería: si deseaba bajarme una, debía borrar otra. La gama baja suele venir con una memoria interna muy pequeña y poco puede ayudarnos una tarjeta de memoria. Al final, para acceder a muchas webs debía buscar y hacer uso del buscador en vez de la aplicación, que suelen ser mucho más prácticas y rápidas. También me obligaba todo el rato a borrar imágenes, vídeos y archivos y aparecía constantemente ese aviso de 'falta memoria interna'. Invirtiendo un poco más podemos tener, fácilmente, entre 64 y 128 GB de memoria interna: bienvenido al mundo de las aplicaciones infinitas.

Aunque los smartphones, al igual que el resto de gadgets, electrodomésticos y casi cualquier cosa de hoy en día, tiran de obsolescencia programada, por mucho que queramos extender su uso, más temprano que tarde fallan y hay que cambiarlos. Sin embargo, un teléfono con una mayor memoria RAM y un mejor procesador puede suponer la diferencia entre amortizar un teléfono dos años o hacerlo tres e incluso cuatro. Actualmente, hay teléfonos con hasta 12 GB de memoria RAM, más que algunos ordenadores, aunque esos suelen encontrarse en la gama alta. En la gama media, sin embargo, es fácil encontrarse teléfonos de entre 4 y 8 GB de RAM: un salto abismal para el funcionamiento del teléfono. Unido a un buen procesador, ayudará a que el dispositivo no solo vaya mucho más rápido, sino a que dure más y a que en sus últimos momentos aún mantenga la calidad de procesamiento que tenía al principio. En mi caso, con lo que tardaba mi móvil en buscar algo en Google o en abrir un chat de WhatsApp, me daba tiempo a verme la trilogía de El Padrino. Ahora ahorro tiempo, gestiono más rápido lo que quiero hacer y mi frustración ha bajado notablemente.

Otro punto fuerte de pagar más es que inviertes en mejores materiales. Si, como en mi caso, a veces la pantalla se te rompe, se dañan las esquinas del dispositivo o fallan los botones, de nuevo un teléfono mejor puede hacer que dure más sin tampoco pagar un precio abusivo. El hardware de los dispositivos ha mejorado mucho, los materiales están preparados para resistir mejor las caídas y para evitar que se filtre el agua y el polvo, eventos que sin duda van deteriorando el funcionamiento del teléfono. Aunque suelen ser más los de alta gama, podemos encontrar dispositivos más baratos que incorporen Corning Gorilla Glass u otras marcas de láminas de vidrio que ayudan a proteger la pantalla y que, a veces, se incorporan incluso por la parte trasera del dispositivo. Evita que la pantalla se arañe y, aunque no es imbatible, ayuda con las caídas de los más torpes (aun así, yo siempre prefiero tirar de carcasa exterior, que nunca se sabe).

Por lo demás, los dispositivos de gama media pueden incorporar algunas facilidades que, aun así, a veces, se encuentran en gama baja, como puede ser el lector de huellas digital, el reconocimiento facial o una cámara trasera decente (una norma que no se cumple en el caso de la cámara selfie, que suele ser de mala calidad en los dispositivos baratos).

En resumen, quizá nunca te lo habías planteado o siempre habías dudado de si realmente iba a suponer una mejoría. La respuesta es que lo es: supone un avance y, aunque, como yo, no quieras invertir demasiado en un smartphone, al final es un dispositivo que se usa diariamente, que nos acompaña a todas partes y que queremos que esté funcional en todo momento. Invertir un poco más puede suponer la diferencia entre quedarte colgado cuando más lo necesitas y poder atender una emergencia o entre preguntarte siempre cómo hacen esas fotos tan bonitas de Instagram o subirlas tú. A veces, menos, es más, pero en este caso, un poco más puede ser mucho, mucho más.

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