Saludable

La carne que comemos contribuye a la sostenibilidad

Me gusta la carne. Disfruto cuando degusto un filete de lomo, saboreo un guiso de carne o preparo y comparto unas chuletas a la brasa. También me gusta probar cualquiera de las variedades de productos cárnicos típicas de todas nuestras comarcas.

Y, por supuesto, lo hago siempre acompañando los diferentes cortes con nuestras excelentes verduras y legumbres, nuestras frutas y nuestros quesos. Y, sobre todo, cuando lo hago no me siento culpable de nada. En los últimos años, y cada vez con más frecuencia, leo y escucho noticias y opiniones relacionadas con el consumo de carnes. Muchas veces son contradictorias.

En unos casos se basan en estudios científicos que han sido publicados en revistas prestigiosas; en otros casos se trata de informes basados en revisiones bibliográficas; y, en buen número de ocasiones, se trata de comentarios de personas que, además de exponer su opinión o creencia, pretenden que los lectores u oyentes asumamos su visión de la producción o del consumo de carne. En los párrafos siguientes expondré algunos datos que, desde mi punto de vista, son objetivos y pueden ayudar a tener un criterio propio en relación con la producción ganadera española.

Las emisiones de CO2

En España, cada uno de nosotros comemos, de media, unos 33,5 Kg. de carne y unos 11,6 Kg. de productos cárnicos. Entre los primeros destacan 12,5 Kg. de carne de pollo, 10 Kg. de carne de cerdo, 5 Kg. de carne de vacuno, 1,4 Kg. de carne de cordero y cabrito y 1 Kg. de conejo. Entre los productos cárnicos sobresalen los fiambres, el jamón y la paleta, el chorizo, salchichón y otros. Estos datos, que proceden del Informe del Consumo Alimentario en España de 2018, del Ministerio de Agricultura, muestran que en nuestro país el consumo medio de carnes rojas y productos derivados se sitúa en torno a 30 Kg./persona y año, que equivalen a 576 gr./ persona y semana, u 82 gr./persona y día, lo que está en los rangos recomendados por las autoridades sanitarias y las organizaciones científicas.

El cambio climático es una preocupación para toda nuestra sociedad. Todos somos conscientes de que detrás de este proceso se encuentra el incremento en las emisiones de un conjunto de gases, entre los que destaca el CO2, el metano y los óxidos de nitrógeno. En muchas de las informaciones que recibimos parece que la causa principal son los animales de granja, especialmente los rumiantes, y se concluye que reduciendo el consumo de carne vamos a resolver el problema. Nada más lejos de la realidad.

Todos los países del mundo hacen una declaración de emisiones de gases de efectos de invernadero, los Inventarios de Emisiones, que sirven para demostrar la evolución y el grado de cumplimiento de los compromisos adquiridos por cada Estado en el ámbito internacional. El Ministerio de Transición Ecológica hizo públicos los Inventarios de 2018. En ellos se declara que el transporte representa el 27 por ciento de las emisiones, la industria el 19% y la generación de electricidad el 17 por ciento. La agricultura en su conjunto contribuye con un 12 por ciento, el consumo de combustibles en los sectores residencial, comercial e institucional con el 9 por ciento, los procesos industriales y uso de otros productos con algo más del 8 por ciento y la gestión de los residuos con un 4 por ciento.

Por tanto, los gases que emitimos en nuestro país están producidos por los combustibles que utilizamos para trasladarnos, para transportar nuestros bienes o suministrar nuestros servicios, para disponer de electricidad, calentarnos o refrigerarnos; también inciden los bienes que consumimos y los residuos que producimos y que hay que transformar, incinerar o enterrar. Y, por supuesto, por los alimentos que consumimos.

Es cierto que la ganadería representa el 7,65 por ciento de los gases de efecto invernadero emitidos por la actividad económica y humana en España, de acuerdo con los mencionados inventarios disponibles. El conjunto del sector vacuno productor de carne aporta únicamente cerca del 3,5 por ciento del total de esos gases, y el de producción de leche un 1 por ciento; la producción de carne de porcino el 1,9 por ciento; la de ovejas y cabras el 1,1 por ciento; la avicultura contribuye con un 0,05 por ciento y la cunicultura con un casi inexistente 0,02 por ciento.

Detrás de las emisiones de los rumiantes se encuentra la producción de metano. Es un gas que se produce en uno de los estómagos, en el proceso de digestión de la hierba y de los recursos forrajeros de los que se alimentan mayoritariamente estos animales.

Los investigadores que, en España y en todo el mundo, están trabajando en el ámbito de la emisión de gases de efecto invernadero en agricultura coinciden en que la ganadería contribuye al cambio climático como prácticamente todas las actividades humanas pero, a la vez, es una parte de la solución. Primero, porque ya se están desarrollando numerosos proyectos para reducir los gases y, segundo, porque, especialmente en el caso de los rumiantes y otras producciones extensivas, es preciso considerar las contribuciones positivas derivadas de la utilización de los pastos y los forrajes, que crecen naturalmente en nuestros territorios de montaña, en nuestras dehesas o en nuestros montes o en nuestros espartizales.

Fertilización

Cuando las vacas, las ovejas, las cabras o los cerdos aprovechan directamente esos recursos contribuyen a la fertilización del terreno, con lo que se mejora la propia producción de hierba, inmovilizando más carbono en el suelo y reteniendo el agua de lluvia, reduciendo la erosión y previniendo la desertificación de los territorios; todo ello, además de obtener un producto con valor económico. Son valores añadidos para una actividad que se desarrolla, mayoritariamente, en las zonas desfavorecidas y con riesgo de despoblación, y en muchos casos en espacios que no pueden tener otro uso.

La mitad de la superficie española, en torno a 25 millones de hectáreas de nuestro territorio, es susceptible de ser aprovechada por los rumiantes y monogástricos en pastoreo. El mantenimiento de esos pastos mediterráneos de la Península Ibérica y las Islas tiene enorme relevancia ecológica y socioeconómica, proporcionan servicios ecosistémicos, como paisaje, biodiversidad y mantenimiento de los ecosistemas. La ganadería extensiva es la herramienta para su gestión sostenible. En ausencia del pastoreo, este ecosistema evoluciona hacia estados forestales, más pobres en especies, de paisaje más cerrado y vulnerables al fuego.

Ganado para prevenir incendios

La prevención de incendios es una función esencial de la ganadería extensiva que compensa, en gran medida las emisiones de las que se les acusa. Para demostrarlo utilizaré los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Vigo: la provincia de Pontevedra fue muy castigada por los incendios en 2006, quemándose cerca de 41.000 Ha, lo que supuso la emisión de 1,7 millones de Tm. de CO2, lo que equivale al 7 por ciento de todos los gases emitidos por la ganadería. ¿Por qué no promover la ganadería de rumiantes, como herramienta de desbroce y limpieza de nuestros bosques, previniendo las emisiones provocadas con los incendios, en vez de acusarla de ser la causa del cambio climático? Me consta que el sector energético, el del transporte, el de los residuos o el institucional están haciendo esfuerzos por reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Pero también sé que el sector productor de carne, ya sea cerdo, vacuno, ovino, caprino o conejo también está implicado en ese objetivo, con proyectos específicos o con medidas de manejo de estiércoles y purines, en las granjas o en su aplicación en campo como fertilizante. Porque mitigar el cambio climático es tarea de todos. También de cada uno de nosotros, como consumidores de energía, de movilidad, de ropa, de calzado, de servicios y, por supuesto, de alimentos. Son algunos de los motivos por los que, cuando disfruto comiendo un filete o un producto cárnico español, estoy contribuyendo a la sostenibilidad de nuestros territorios.

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