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No temas a la tecnología: gracias a ella conseguirás tu nuevo empleo

  • La abogacía se está transformando a pasos agigantados como resultado de la evolución del entorno
Madrid

El miedo a la tecnología no es un mal de las sociedades del siglo XXI. En la actualidad, miles de personas sienten auténtico pavor por la llegada de la tecnología 5G, un sentimiento al que ha contribuido la desinformación y el altavoz que son a veces las redes sociales. Pero las raíces de la tecnofobia son profundas: siempre han existido seres humanos contrarios a cualquier avance. En 1885 se popularizó una viñeta, cuyo autor es desconocido, en la que se advertía sobre el peligro de los tendidos eléctricos, hoy instalados con total normalidad en las calles de todo el mundo. En el dibujo aparece una bombilla gigante (simbolizando la electricidad) en forma de araña, en medio de una red eléctrica con numerosos cables. La viñeta da a entender al lector que esa maraña de cables estaba matando a hombres, mujeres, niños e incluso a un caballo. Hoy en día, nadie en su sano juicio rechaza la electricidad; sin embargo, en aquel entonces, su oposición se debía a la falta de normas de seguridad en una industria emergente (a menudo, los tendidos eléctricos no estaban bien colgados y se desplomaban, provocando numerosas electrocuciones). Lo nuevo siempre ha levantado suspicacias.

Rechazar lo nuevo va impreso en el ADN de algunos seres humanos, pero ¿por qué? El profesor del Centro Belfer para la Ciencia y las Relaciones Internacionales de la Escuela Kennedy de Harvard, Calestous Juma, dedicó 16 años de su vida a estudiar por qué la humanidad parece odiar los cambios tecnológicos. Los resultados los publicó en el libro La Innovación y sus Enemigos: Por qué la gente se resiste a las Nuevas Tecnologías. Los motivos más comunes parecen ser las respuestas intuitivas que ven a esos avances como una amenaza para la salud, los intereses personales (como el miedo a ser sustituido en el trabajo) y los desafíos intelectuales que suponen los cambios que lleva su implementación.

Hay quien, apelando a supuestos informes científicos, considera que la red 5G y sus ondas electomagnéticas son mortales para los seres humanos. Aprovechando esta ola de tecnofobia se lucra una industria que comercia con productos milagrosos para protegerse de los efectos de esta tecnología. En el extremo de este hilo tecnófobo, rozando con la paranoia, se encuentran personas que creen que la vacuna contra la Covid-19 es un invento de Bill Gates para incorporarnos un microchip con el que controlar a la población.

Las teorías de la conspiración son tan numerosas como fáciles de desmontar. Más difíciles de derrumbar son las tesis de aquellos que consideran que la tecnología sustituirá la mano de obra humana por robots. Nos encontramos en un momento de cambio en el que los puestos de trabajo se están automatizando y en el que aún no se han creado todos los empleos que se crearán conforme se haya dado el paso hacia la digitalización plena de la economía. Esta es la brecha por la que se 'cuela' el miedo.

Hacia la digitalización

La crisis del Covid-19 ha acelerado los procesos de digitalización previstos para los próximos años. Desde el confinamiento, hace ya más de un año, más de la mitad de las empresas han implementado algún tipo de herramienta informática, con predominancia de las dedicadas al trabajo en remoto. Cada vez serán más comunes y complejos estos cambios. Así, veremos cómo la incorporación del big data, machine learning o de la inteligencia artificial acabará siendo necesaria para hacer frente a los modelos de trabajo del futuro.

Ignorar los avances tecnológicos solo provocará efectos negativos

Pero los humanos no seremos sustituidos por robots tipo C-3PO, el simpático androide de 'La Guerra de las Galaxias'. De hecho, si atendemos a distintos informes publicados por instituciones públicas, comprobamos que serán más los empleos que creará la tecnología que los que destruirá.

Esta afirmación tiene sentido si aplicamos el sentido común a lo largo de la historia. Los programas informáticos dedicados al procesamiento de textos no terminaron con los escritores ni con los periodistas; las hojas de cálculo tampoco acabaron con los contables; ni los editores de fotografías mandaron al paro a fotógrafos, ilustradores y diseñadores gráficos. Con todos estos avances ha pasado lo contrario: herramientas como Word, Excel o Photoshop han mejorado la eficiencia de los que ya se dedicaban a estos oficios.

Incluso en los sectores históricamente más analógicos como el legal esta digitalización se producirá para ofrecer un mejor y más especializado servicio a los clientes y estandarizar procesos tediosos. La abogacía se está transformando a pasos agigantados como resultado de la evolución del entorno. La tecnología está configurando un sector legal más rico, con nuevos modelos y nuevas formas de prestar servicios.

Los avances tecnológicos son irreversibles. Dar la espalda a las nuevas herramientas y a las nuevas oportunidades —por miedo o desidia, por ejemplo— solo provocará efectos negativos y que la competencia tome ventaja. Quizá, dentro de uno o dos siglos, las generaciones futuras se mostrarán incrédulas ante la existencia de personas que no quisieron adoptar por miedo las tecnologías que para ellos estarán tan normalizadas como para nosotros lo están hoy los tendidos eléctricos.

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