Opinión

Opinión: Examen al Estado

Tractores la semana pasada en el centro de Barcelona. EE
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Los agricultores de toda España nos dan estos días una lección. Con sus protestas ponen en evidencia, entre otras cosas, la enorme burocratización de nuestra sociedad.

España es un país que posee tres grandes niveles en su administración pública: el estatal, el autonómico y el municipal. A estos tres niveles internos complejos, competitivos entre ellos, lentos, poco eficaces, intervencionistas, soberbios, se les ha añadido el cuarto nivel: el europeo.

Si cualquier persona, sea española o extranjera, desea llevar a cabo una iniciativa o disfrutar de un bien, debe cumplir infinitos requisitos, además de luchar contra una administración lenta, ineficaz, altiva, sin autocrítica e invasiva.

Hemos visto estos días, que un agricultor, además de destinar un capital, un esfuerzo, experiencia y técnica en sus áreas de competencia, debe rellenar papeles y más papeles, formularios, plazos, requisitos, todo ello ajeno a su quehacer diario y a las cualidades profesionales requeridas para desarrollar su actividad.

Y eso se repite en todos los campos de la vida de un ciudadano. Si además le añadimos si este ciudadano tiene la desgracia de caer en las garras de la administración de Justicia o en las de Hacienda, tendremos el infierno completo de lo que significa dar un paso hacia adelante en nuestro país.

En 1830, uno de los representantes del romanticismo, Mariano José de Larra, de vida convulsa, amores adúlteros y desengaños dramáticos, escribió un artículo periodístico, Vuelva Ud. Mañana. En él denunciaba la ineficacia de la administración, su lentitud, su desprecio por el ciudadano y se apreciaba su desdén por la política y la administración. Escritor de fama, recordado y mencionado, se suicidó disparándose un tiro a los veintisiete años.

No pretendo que nadie le emule, pero hoy en día nuestra administración sigue conteniendo los mismos defectos que hace doscientos años. La maraña de normas, requisitos y controles que contienen los diversos Boletines Oficiales evidencian el desprecio y desconfianza que posee la administración pública sobre todos nosotros.

Nos considera a todos, sin excepción, tramposos y aprendices de delincuentes. Procura y lo consigue, que quien posea una idea, un proyecto, se desanime de tal modo que desee abandonarlo y si no lo hace, es por su voluntad férrea, su espíritu indomable y su capacidad de lucha contra su gran enemigo, la Administración pública.

El Estado, en sus diferentes ámbitos, debería apoyar con gran interés los nuevos emprendimientos que desde todos los sectores se pretenden iniciar. Son los ciudadanos, con su afán de innovación, de progreso, la única máquina que hace que una sociedad avance. Si el Estado dificulta la iniciativa, ralentiza su puesta en marcha o la niega, la sociedad se adormece y retrocede.

Es evidente, lo hemos visto estos días, que la única posibilidad que tiene el ciudadano para que le escuche el político, ensimismado en su egoísta batalla por el poder, es la algarada, el salir a la calle y provocar que hablen los medios de comunicación y que la sociedad adquiera conciencia de un problema determinado.

¿Cuantos años más deberán pasar para que nuestros políticos, el poder legislativo y el poder ejecutivo, despierten, agilicen, simplifiquen, nuestra administración?

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