Opinión

Romanticismo, reputación e impuestos

  • La banca destina cientos de millones a obra social y los clientes valoran sus servicios
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero. EFE.

La gran pregunta cuando la plenitud no es posible: ¿es mejor amar o ser amado? Quien ama no pone límites a sus acciones en favor del ser amado, persevera en su actitud incluso ante el desafecto, sonríe hasta en los desengaños… El amado se envanece, se siente a salvo de críticas por su comportamiento, reduce su esfuerzo por contentar al otro a lo indispensable: está seguro en su pedestal.

De la poesía a los asuntos: en el ámbito corporativo, ser amado es equivalente a tener buena reputación, y amar es tener la actitud y practicar las acciones imprescindibles para alcanzarla. Soy querido porque trabajo y me enfoco en mis stakeholders para hacerles más felices. Es cierto que si una corporación no ama, no puede aspirar a ser amada. Pero también lo es que una corporación que ama (¡ay ingratos!) puede no ser correspondida. Véase el caso de la banca en España, y por añadidura, el del sector energético.

En los últimos días, por mor del "impuesto" especial que el Gobierno ha decidido imponer a bancos, eléctricas y petroleras, hemos asistido a una profusa difusión de mensajes que ponen de relieve la aportación de estos sectores a la sociedad. Los datos son claros: la banca en su conjunto destina cada año, desinteresadamente, cientos de millones de euros a causas de carácter social y otros tantos a ofrecer, a los clientes con menos posibilidades, condiciones que les faciliten el acceso a productos o servicios. Además, las entidades del sector reaccionan con rapidez a las críticas, procurando resolver los problemas denunciados con diligencia. Su servicio es bien valorado en general por sus clientes y, sin embargo, los bancos se enfrentan una y otra vez a la demolición de su imagen pública. Muy similar es la situación de las empresas del sector de la energía, cuyas millonarias aportaciones en acción social, mecenazgo o investigación, por ejemplo, apenas sirven de contrapeso de las críticas.

¿Cuántos ciudadanos se mostrarán contrarios al impuesto ideado por el Gobierno? Sin apenas reparar en su contenido y menos en sus efectos, la mayoría formulará su sentencia: "¡Con lo malas que son estas empresas, que se enriquecen desmesuradamente mientras el pueblo sufre, y que no dudan en reclamar la socialización de sus pérdidas cuando vienen mal dadas! Se lo merecen." No cabe derecho a réplica. Ni la mejor argumentación, ni las voces más expertas con todas sus razones, conseguirán cambiar el juicio de la opinión pública, bien alimentado -todo sea dicho- por la demagogia de muchos. Se asemeja a una batalla inútil intentar ser amados, especialmente en un escenario en el que el factor humano, la cercanía y la empatía han sido desplazadas por causa de planes de transformación que privilegian la rapidez, la eficacia y la rentabilidad. Amar a una app, a un cajero automático, a una web o a un bot al otro lado del teléfono es muy poco natural y puede devenir incluso en vicio nefando.

Ante ello, queda el consuelo moral del amor desinteresado, del que da sin esperar recompensa. Tal vez sea este el camino a seguir por bancos y energéticas, conscientes de la casi imposible tarea de ser queridos: aportar recursos, apoyos, soluciones y ayudas a la ciudadanía movidos por su compromiso social, su prurito responsable y su propósito corporativo y sin más objetivo que el de contribuir a una sociedad mejor. Es así como vienen actuando desde hace mucho tiempo, y son cientos de miles las personas que se benefician. Quizás algunas de ellas opinen hoy que el nuevo impuesto es injusto, pero ¿acaso cambia algo la situación? Perseguir la reivindicación de un tratamiento tributario no punitivo insistiendo en las aportaciones realizadas a la comunidad, con ser estas importantes, no dará el resultado esperado. Y no puede hacerlo porque en el balcón no hay una Julieta enamorada que todo lo perdona, sino un Otelo celoso dispuesto a castigar hasta el menor error cometido, sea real o imaginado.

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