Opinión

La buena recuperación

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Madrid

Vivimos una positiva recuperación. Romper la barrera psicológica de los tres millones de desempleados en la era poscovid es un hito. Empleo, recuperación del PIB y de la demanda en la mayoría de sectores, con expectativas muy positivas en el turismo y la restauración. Pero también es cierto, y de esto va el debate, que esta recuperación debe medirse con un optimismo responsable para progresar lo más adecuadamente posible.

Prudencia, porque también han llegado un conjunto de microcrisis que entorpecen la recuperación. El conflicto bélico en el norte de Europa. El encarecimiento del precio de materias primas y el de la energía, la crisis en el aprovisionamiento de determinadas materias. Todo ello genera un escenario incierto a corto plazo. Crisis que confluyen en un escenario aún débil y que influyen en la capacidad de las empresas de darles respuesta, muchas de ellas con alto endeudamiento, lo que dificulta la financiación y su liquidez a corto plazo.

Pero precisamente porque nos recuperamos de una situación con pocos antecedentes a escala global -por su celeridad, severidad, temporalidad y globalidad- y también por esa compleja interconexión de elementos que rápidamente altera los ciclos de crecimiento económico, debemos aplicar con mayor rigor ese optimismo de talante responsable. Aquel que es capaz de leer todas las oportunidades, de activarlas e impulsarlas, de ver que tenemos base para proyectarnos, talento en todos los rincones -y, como ocurre pocas veces, recursos para impulsarlo-, pero que a la vez impulsa las mejoras imprescindibles, las transformaciones inaplazables, orientando la energía hacia la definición de un modelo económico y de sociedad que nos garantice mejor el futuro. El lugar del que venimos (importante porque nos explica) no nos garantiza un progreso sostenible e inclusivo. Y tampoco sirve el positivismo hueco, que se congratula por un dato sin ver que debemos llenar el vaso.

Con un 13,3% de tasa de paro, lejos queda el 26,94% de 2013. Importante el esfuerzo para llegar aquí. Pero todavía estamos lejos del 6,8% de la zona euro, donde acumulamos solo nosotros el 27% de los desempleados. A su vez, no recuperamos nuestro PIB al mismo nivel que puestos de trabajo. Ello tiene una traslación en términos económicos: reducimos nuestra productividad, y los datos por hora de trabajo que ofrecemos a nuestra economía nos sitúan a la cola del entorno de nuestros competidores. Podemos crecer y crear empleo sin afrontar la variable de la eficiencia en el trabajo, la productividad. Pero eso no nos haría sostenibles. Sin afrontar un gran acuerdo social para la mejora de esa variable, perdemos fuelle frente a otros países, generamos trabajo poco razonable, e incluso desmotivamos al talento.

Se ha abierto en los últimos días un debate acerca de las dificultades de cobertura de vacantes de empleo. Algunos clásicos -como restauración-, relevantes por su peso, otros más nuevos -como renovables y eficiencia energética-, pero estratégicos por su relevancia en aspectos como la transición y la soberanía energética. Se han generado dos ideas presumiblemente contrapuestas en el debate. Una, si la cuestión es pagar mejores salarios y ofrecer condiciones laborales más amables. Otra, si la razón se encuentra en el desajuste entre oferta y demanda en el mercado de trabajo, vinculado a una cierta dimisión cultural sobre determinados tipos de empleos, ya que con las cifras de desempleados que acumulamos la ley de la oferta y la demanda no encaja demasiado. Y, en cambio, pueden ser cuestiones compatibles. Podemos y debemos ofrecer los mejores salarios posibles y mejores condiciones laborales: siempre que se vincule a productividad y sostenibilidad económica. El dato objetivo está en que tenemos una tasa de actividad, la que define el porcentaje de población económicamente activa entre la total, del 58,5%, lejos del 74,5% de la zona euro. Reflexionemos la explicación y consensuémosla. Porque precisamos personas que, a través de la orientación profesional asertiva, puedan ver dónde está la prosperidad en nuestra sociedad. Nos guste o no, el trabajo es la herramienta menos mala de todas las que hemos inventado para redistribuir riqueza, valores u oportunidades. Démosle ese valor que le dan en muchas partes del mundo. Donde es poco probable encontrar esa riqueza, valores y oportunidades es en las oficinas de desempleo y en el subsidio como modelo. No porque no sea interesante el vivir sin trabajar, sino porque todavía no se ha inventado un modelo sostenible de sociedad sin trabajo y esfuerzo, tanto individual como colectivo.

La buena recuperación podría ser la que, utilizando el buen dato, no adormece los cambios imprescindibles en el modelo, cambios estructurales, de enfoque cultural y formación, los que potencian las oportunidades para fraguar grandes consensos donde asentar el progreso. La que, aplicando el principio de progreso sostenible, genera una recuperación a partir del trabajo por el trabajo y el emprendimiento como base para vertebrarlo a través de formación y orientación. Esas variables que generan oportunidades vitales reales para personas, y que a la postre son oportunidades profesionales. Afrontando el reto de trabajar y el de trabajar mejor, con mayor eficacia, siendo tan productivos como lo son otros. Pues al final suele pasar que algunos de los países más productivos son, a su vez, los que pagan mejor.

 Josep Ginesta, Secretario General de PIMEC y Colaborador de OBS Business School

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