Opinión

Opinión: Elogio y nostalgia de la polémica

El abogado Juan Carlos Giménez-Salinas. Foto: Luis Moreno.

A raíz de escuchar a los cuatro ponentes de una mesa coloquio dedicada al arquitecto Oriol Bohigas, me vino a la memoria cuánto disfruté y me enriquecí intelectualmente recordando unas pocas conversaciones que pude mantener con él.

Sobre la persona no es necesario hablar, se trata de uno de los arquitectos y urbanistas más importantes que ha tenido Barcelona. Sobre aquellas pocas pero prolongadas conversaciones que mantuve cuando él ya era un hombre mayor pero capaz de exhibir una inteligencia privilegiada, quisiera manifestar la enorme alegría y placer que me proporcionaban.

Surgía cualquier tema, y digo cualquiera de un modo consciente, porque no existía aspecto de la vida del que no fuera capaz de estrujarlo; lo diseccionaba y llegábamos a conclusiones de todo tipo.

Añoro la polémica, entendida como analizar cualquier asunto entre dos o más personas y que cada una de ellas defienda una postura y la contraria, cuando su inteligencia le lleva hacia allí. Cuando una idea de cualquiera de los polemistas te abre el cerebro y te conduce a exponer un nuevo punto de vista recién descubierto y del que tú ni siquiera eras conocedor.

Cuando se puede llevar la contraria sobre cualquier idea o argumento por el simple placer de probar tu inteligencia defendiendo ideas que jamás has apoyado. Cuando adviertes que el contrario jamás puede darte la razón, sea cual fuere tu propuesta, porque si te la da, solamente queda el acabar la conversación e irse a dormir.

Cuando, a lo largo del tiempo transcurrido, la inteligencia no se agota, al contrario, surgen como surtidores de aguas de colores, una tras otra, ideas y propuestas jamás soñadas.

Cuando la idea central es llevar a cabo un gran esfuerzo para conseguir refutar la idea del otro y así ir siempre más allá, siempre más lejos y así hasta el cansancio físico porque el argumental nunca fenece. Cuando ocurre todo esto, el polemista alcanza el cielo.

La polémica como divertimento intelectual o bien como instrumento descubridor del conocimiento hasta aquel momento escondido, puede llegar a constituir uno de los mayores placeres de los que podemos disfrutar enriqueciéndonos, tanto por llevar a cabo el esfuerzo intelectual necesario para participar en el juego, como por las ideas que de aquel pueden surgir y de hecho surgen para ser aprovechadas por los participantes o por otras personas.

El polemista, viciado por su necesidad intelectual de perseguir lo desconocido, de buscar o encontrar nuevas ideas que pueden surgir de quien le contradiga, es un personaje provocador.

Necesita provocar porque precisa el contrargumento para poder continuar el juego de las ideas. Necesita argumentos contrarios a los suyos porque si no los encuentra, su imaginación, sin el esfuerzo de la réplica, se agota, y por sí misma no es capaz de generar nuevas ideas. Es la contradicción la que ilumina su cerebro y le hace avanzar en aquella dirección o en la contraria, pero avanzar.

Es por esta causa que quienes encuentran el placer en la polémica la buscan provocando. Nunca ha sido fácil encontrar polemistas, quizás el lugar donde se consolidó y se convirtió en una herramienta especulativa, fue en Grecia, donde los filósofos, en plena calle, intentaban, por una parte conseguir discípulos y por otra, localizar polemistas con tiempo suficiente para contrastar sus ideas.

Para nuestra sociedad, en muchas ocasiones, el polemista es una persona incómoda. Se le ve capaz de agriar una reunión agradable, ya que solamente busca el encuentro intelectual y los demás le consideran un aguafiestas que pretende interrumpir alegres y distendidas ocurrencias y sustituirlas por una conversación excesivamente seria y aburrida.

A lo largo de mi vida recuerdo con deleite unas cuantas ocasiones, no muchas, en las que el placer de la discusión y el ejercicio intelectual, a veces llegado al absurdo, proporcionaban una sensación equiparable a la que podía experimentar un explorador del siglo XIX ante el espectáculo de un nuevo valle florido y salvaje, jamás hollado por persona humana.

Esperemos que superada esta etapa de soledad física y comunicación telegráfica via watshapp, regresemos a la prolongada tertulia frente a una copa de vino y tiempo por delante para revivir el placer de la conversación y la polémica.

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