Opinión

Otra causa de nuestro retraso económico

El paso de la economía española del modelo productivo tradicional, sito en el conjunto de la civilización del Neolítico, tuvo lugar al aparecer el modelo de la Revolución Industrial en Europa a finales del siglo XVIII. La causa fundamental de esta radical modificación de los procesos productivos está vinculada a una simultánea Revolución Científica, en la que desde entonces estamos inmersos. Y a pesar del intento erudito y, en el fondo nacionalista, de Menéndez Pelayo y su estudio La ciencia española, este cambio procedente de la investigación avanzó tímidamente entre nosotros.

La parsimonia española en este sentido fue, ciertamente, extraordinaria. Concretamente, el silencio español en las matemáticas resultaba impresionante, y no menos en las ciencias físicas, en la química o en la biología. Debe destacarse, en ese sentido y con permiso de Valle-Inclán, que el inicio del cambio se debe a la creación de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en el gobierno que presidía el Duque de Sotomayor en 1847, gracias a la acción conjunta de Isabel II y de Bravo Murillo, y que se acentuó después en la oleada moderada. El papel de Isabel II en la renovación intelectual de España fue notable, a pesar de encontrar sus proyectos la oposición primero de los carlistas y, luego, del caótico Sexenio Revolucionario iniciado en 1868, cuestión esta última que se ha ocultado en demasía, pero que salva afortunadamente mucho de lo planteado de modo previo. Y también a ese reinado debe atribuírsele la aparición de varias Escuelas de Ingeniería. Esto último comenzó a generalizarse a partir de aquella idea germinal de Jovellanos, que había dado lugar a que el 9 de julio de 1792 el Consejo de Estado amparase la creación en Asturias de una Escuela de matemáticas, física, química, mineralogía y náutica, primer paso para lo que después se convirtió en el famoso Real Instituto Asturiano, la auténtica pasión de Jovellanos. Pero todo eso, ¿qué era comparado con lo que ya sucedía en Francia, en Inglaterra y muy pronto en Alemania y Suiza? Las Escuelas especiales de ingeniería citadas fueron un acierto extraordinario.

Simultáneamente, no se puede comprender el cómo del desarrollo de la Revolución Industrial y sus consecuencias ignorando el impacto que sobre el conjunto político significó la aparición, a partir de Adam Smith y David Ricardo, de la Escuela Clásica de la Economía. De sus mensajes se derivaba la exigencia de efectuar cambios, incluso radicales, en la política económica, todo lo cual se planteaba de forma progresiva y contundente enlazando con una alteración fundamental en el mundo político, gracias a ideas promotoras de la libertad política y de la democracia a partir de la revolución puritana y, muy especialmente, de la revolución francesa. En ese mundo es en el que a la vez, con grandes economistas, también aparecían los Newton, por ejemplo, con todo su impacto para la producción. Comenzó a difundirse dentro de este contexto ideológico un mundo nuevo y, por eso, interesa averiguar qué sucedía en España cuando estaba a punto de desaparecer el Antiguo Régimen.

Tales cosas conjuntas eran las que sucedían, como intenté demostrar en mi libro El libertino y el nacimiento del capitalismo (La Esfera de los Libros, 2006), y eso se proyectaba de modo universal. Pero, ¿de manera homogénea? Véase sobre nuestro retraso científico, por ejemplo, lo que se señala en la obra Flos sophorum de Eugnio d'Ors. También lo que se refiere a la economía en el caso de España, que conocemos gracias a la aparición, debida al profesor Serrano Sanz, de la edición actual del libro de Francisco de Gregorio, Marqués de Valle Santoro, Hacienda Pública y Balanza de Comercio, (Instituto Fernando el Católico. CSIC, 2013).

El Marqués de Valle Santoro fue la persona que ocupó la primera cátedra de Economía Política que existió en España, creada en 1784 por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Aragón, situada en Zaragoza. Ahí nos encontramos con un primer enlace de la citada Escuela Clásica de la Economía que, a partir de esos momentos, y habría que decir que hasta ahora, es un elemento esencial para comprender por dónde debe marchar el despliegue de una política económica adecuada.

Debido a esta contribución del profesor Serrano Sanz, comprendemos lo que significó la dirección inicial que tuvo la obra del Marqués de Valle Santoro, a la que se acaba de aludir. Pues nada menos que pretender influir en la opinión de la élite del periodo final del Antiguo Régimen, empezando por el propio Monarca, haciendo ver, simultáneamente, que era necesario avanzar en el bienestar material, y que era posible hacerlo. "Se trataba, sencillamente, de indicar por dónde se debería ir en el terreno de la economía, con la máxima de que las innovaciones, precipitaciones y violencia aún excitan las revoluciones", no eran las adecuadas y que era preciso seguir otro camino. Este era el espíritu que importaba, no sólo en las manifestaciones de esa obra, sino, evidentemente, cuando se decidía la creación en España de los estudios superiores de economía, aquellos que se iniciaron en 1807, con el llamado Plan Caballero.

¿Y qué parte de apoyo científico estaba en la base de la obra del Marqués de Valle Santoro? Basta leer esta reedición de parte de su obra para observar cómo, por un lado, tiene influencia de Adam Smith y, por otro, de Say, amén de un mensaje subyacente mercantilista y también al obligado por los propios intereses de tipo proteccionista. En muchos sentidos, algo que tanto Jovellanos como Flórez Estrada, al estar mucho más al día, habían indicado. Pero parece que sus mensajes no enlazan sobre realidades políticas tan directas como probablemente era preciso, y que este designio resucita con el Marqués de Valle Santoro, al lanzar con éxito los citados Elementos, que no tienen, por ejemplo, nada derivado de Ricardo, a pesar de la influencia que ya había tenido éste para los economistas. Como escribió Schumpeter con gracia en su Historia del Análisis Económico, tras irse Ricardo con Adam Smith a cazar ciervos y castores, funcionó el primero de otro modo. La brillante luz de Ricardo atraía, dice Schumpeter, incluso, a las polillas. Se ve que el Marqués de Valle de Santoro no era una mariposilla, sino un simple y rutinario topo en el valle de la economía política, ajeno a esa luz.

Y esa ausencia de contacto con las sucesivas grandes cuestiones que se derivaban de los nuevos maestros de la economía política es la que precisamente Schumpeter expone cuando escribe lo que llama la "revista de las tropas" en el mundo de la economía. Señalaba tras esa revista, quiénes siguen inmediatamente, a partir de Smith, Ricardo, Malthus, influyendo en el mundo científico. Pero he aquí que, en esa serie de influidos, indica que "estas tropas" no solo se encontraban en Inglaterra y Francia, sino que la economía científica (schumpeteriano) haría surgir así avances continuos que llegan hasta ahora. Lo que se aportaba por los seguidores de esos grandes maestros, al convertirse en una especie de máquinas que pasaban a ser capaces de resolver problemas, fuese ya en "política salarial o en problemas de regulación del mercado o en los temas de protección en el ámbito del comercio internacional", o en lo que fuese, se convertían en una cuestión esencial para el desarrollo. Por eso las tropas que se revistaban por parte de Schumpeter se van a convertir en constructoras y elaboradoras de las políticas económicas del siglo XIX en los principales países europeos, y eso se ampliaría de inmediato en la etapa del Marqués de Valle Santoro, a través de Malthus y Senior y, por supuesto, en Francia con el impacto de Say y con todos los matices que se quieran, con lo ocurrido en Alemania, por ejemplo con Storer, quien en más de un sentido me ha recordado a quien fue mi profesor, Von Stackelberg, o también con el caso de Von Thünen, sin olvidar a planteamientos de List, mientras en la naciente Italia se califica como brillantes a Russo y Scialoga. Pero en esa relación que se encuentra en los Essays in Economics, sobre economistas significativos, con obras que merecen la pena no existe más que un silencio sobre España. Únicamente, por no crecer la ciencia económica que aquí se desarrollaba de modo aceptable, se pasa a señalar que, análogamente al caso de Italia, se produce "el mismo fenómeno en España", con una especie de aceptación de otro pensamiento, aunque no de forma perfecta, como lo prueba el análisis del contenido de la Biblioteca económico-política de Sempere y Guardinos, que se publicó en 1801-1821.

Ha hecho muy bien el profesor Serrano al ampliar esta posible selección y efectuar unas atinadas glosas a la obra del Marqués de Valle Santoro, cuyo libro, basado en Smith y Say, no había tenido una difusión social significativa. Señala Serrano: "Una prueba concluyente es que ni la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País consideró recomendable al Marqués de Valle Santoro, a pesar de la excelente relación de este autor en la institución y con el catedrático Soto y Barona".

No hubo en España pues, durante mucho tiempo, aceptación de quienes supieron aceptar progresos en la ciencia económica de todo tipo para proyectarlos en favor del desarrollo de nuestra economía, porque no se fijaba tanto de la evolución de la ciencia, y concretamente, de la relacionada con la economía. Hace 75 años eso comenzó a eliminarse, con algún pequeño precedente anterior, como el de Flores de Lemus y poco más. Conviene recordar sobre esto lo que dijo en 1930 Keynes a un Olariaga formado en Londres: "España necesita la aparición de un centro específico de investigación y enseñanza de la economía". Gracias a Serrano Sanz tenemos una confirmación de que ese planteamiento, defendido en 1930, justifica el comienzo de cursos de economía continuamente ampliados y de alto nivel a partir de 1944. En uno de esos ámbitos, precisamente, es donde se encuentra el profesor Serrano Sanz, en la Universidad de Zaragoza.

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