Opinión

El pastel VTC-taxi

En este país cada día hay más interesados en que nos dividamos el pastel, cualquier pastel. La obsesión es desarrollar la máxima creatividad para hacer que nuestra porción sea más grande en detrimento de otros. Solo tenemos que inventarnos buenos argumentos para denostarles y demonizarles, dividir a la opinión pública, y establecer lo que es políticamente correcto y lo que no.

En este país cada día hay más interesados en que nos dividamos el pastel, cualquier pastel. La obsesión es desarrollar la máxima creatividad para hacer que nuestra porción sea más grande en detrimento de otros. Solo tenemos que inventarnos buenos argumentos para denostarles y demonizarles, dividir a la opinión pública, y establecer lo que es políticamente correcto y lo que no.

Luchamos por mejorar nuestro posicionamiento para que los políticos legislen en nuestro interés, nos subvencionen, nos otorguen prebendas, y nos protejan de aquellos a los que de facto queremos robarles su trozo de pastel. Mucho más fácil que pensar en cómo hacerlo crecer.

Como dice el Papa Francisco, la pereza nos lleva a la comodidad y al egoísmo. La economía, como la vida misma, no es un juego de suma cero donde solo podemos ganar cuando el otro pierde. En el conflicto de los taxis y los VTC la solución no está en impedir que el cliente pueda acceder libremente al servicio de estas plataformas; no solo es ponerle puertas al campo, es pegarse un tiro en el pie. Debemos ir a un nuevo modelo de movilidad con una oferta donde el cliente pueda elegir, donde la experiencia que viva sea satisfactoria en cada servicio. Debemos incentivar y promocionar una amplia oferta para diferentes clientes y tipos de uso, con transportes poco contaminantes que faciliten una mayor fluidez del tráfico.

La cuestión no estriba en cómo dividirse el pastel de la movilidad, sino en saber qué pastel queremos y que ingredientes combinar. Aunque no sea fácil, debemos planificar la evolución y, en último caso, sustitución ordenada de aquellos ingredientes, como ha ocurrido con el aceite de Palma, que no aportan los valores nutricionales necesarios y no son del gusto de los clientes.

En el caso del taxi, su mayor regulación, sus mayores exigencias de formación a conductores y sus licencias más caras paradójicamente se han traducido en un peor servicio y un mayor tráfico en las ciudades. El nivel de servicio, el trato, la limpieza y estado del vehículo y del conductor, y la confianza sobre el precio final es prácticamente una lotería para el cliente. Depende de la suerte, de si somos del lugar, o de donde o a qué horas tomamos el taxi. Sin embargo, la tarifa siempre será la misma, tanto para un gran servicio como para una pesadilla de trayecto.

Según se ha podido comprobar en los días de huelga indefinida en Madrid, o paro patronal (según se mire), el tráfico no solo no ha aumentado por un mayor número de vehículos privados, sino que se ha reducido más de un 4 por ciento principalmente por la desaparición de la circulación de más del 40 por ciento de taxis que habitualmente transitan vacíos. También han bajado los niveles de polución, evitando que se activaran las medidas anticontaminación. Está claro que el monopolio del taxi y su restrictiva regulación no han evolucionado de acuerdo a las necesidades de los clientes y los ciudadanos.

Las oficinas bancarias cerradas, las tiendas marginadas por el comercio electrónico, la prensa escrita engullida por los medios digitales, las agencias de viaje sustituidas por plataformas digitales, los vuelos reducidos del puente aéreo Madrid-Barcelona, los teléfonos fijos y miles de ejemplos más no han sido ni denostados ni tampoco protegidos por la regulación. Simplemente, han sido sustituidos por nuevos servicios alternativos que entregan al cliente conveniencia, precio, oferta, inmediatez, usabilidad, simplicidad y, en muchos casos, una experiencia memorable. Al igual que ocurrió con la llegada de la electricidad a principio del siglo XX, las nuevas tecnologías transforman no solo los procesos productivos de las empresas, sino los usos y formas de vida de los clientes. En EEUU, más del 40 por ciento de los complejos industriales construidos entre 1888 y 1905 habían desaparecido a principios de los años 30.

El taxi puede ofrecer un servicio diferencial, con un precio fijo, no asociado al nivel de demanda como los VTC, con paradas exclusivas, con servicios específicos para determinados segmentos (ej. minusválidos) y con un trato al cliente competitivo. En esto se debería concentrar toda la energía y capacidad del sector, empresarios, sindicatos y conductores.

No podemos sacrificar la competitividad de nuestras ciudades y la capacidad de elección de millones de clientes. No podemos frenar la innovación y la evolución y adaptación al mundo digital de nuestro país. Es responsabilidad de los políticos, de los medios de comunicación y de todos nosotros, fomentar un nuevo modelo de movilidad más productivo, atractivo, eficaz y limpio. Aprendamos a cocinar juntos para hacer un pastel más grande, que atraiga más turismo, inversiones, talento, y un mejor nivel de vida para nuestras ciudades.

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