Opinión

Nueve meses decisivos para la Unión Europea

Hay dos bandos en este momento en Europa. Uno está liderado por Macron, que respalda la migración. El otro está respaldado por países que quieren proteger sus fronteras". Así es como describió el primer ministro húngaro, Viktor Orban, el paisaje político europeo durante su reunión de agosto con Matteo Salvini de La Liga, el hombre fuerte del Gobierno italiano. "Si quieren verme como su principal oponente, tienen razón", respondió instantáneamente el presidente francés, Emmanuel Macron.

Tanto Orban como Macron parecen pensar que la elección del Parlamento Europeo en 2019 traerá aparejado un realineamiento político. ¿Pero será así? ¿Los votantes del continente tendrán que elegir entre una sociedad cerrada y una abierta? La respuesta a esta pregunta -que es central para el futuro de Europa y la confianza de sus ciudadanos en la democracia- está lejos de ser cierta.

El panorama político de Europa ofrece una combinación peculiar de idiosincrasias y generalidades. Por un lado, ilustra la máxima de que "toda la política es local": los partidos están profundamente arraigados en las tradiciones nacionales, y las agrupaciones paneuropeas son sólo federaciones vagas y sin influencia. Por otro lado, los efectos políticos son fuertes y las olas de cambio regularmente cruzan las fronteras y llegan a todo el continente.

La política europea ha estado estructurada desde hace tiempo en torno a una división izquierda-derecha. Desde la primera elección popular para el Parlamento Europeo en 1979, hasta la última en 2014, el Partido de los Socialistas Europeos (PSE) y el Partido Popular Europeo (PPE) recibieron conjuntamente entre una mitad y dos tercios de los votos (el resto fue para los centristas, los verdes, la izquierda radical y, cada vez más, una nueva clase de partidos euroescépticos). Durante 40 años, los dos jugadores dominantes han gobernado Europa a través de una suerte de gran coalición.

En más de un puñado de países, sin embargo, esta división ya no caracteriza la escena política. En Polonia, Hungría y gran parte de Europa central, la confrontación clave es entre los nacionalistas iliberales y los liberales pro-europeos. En Francia, la opción en 2017 no fue entre la izquierda y la derecha, sino entre Ma-cron, el defensor de la apertura (en cuya campaña trabajé co-mo asesor) y Marine Le Pen, su opuesto exacto. Y, en Italia, tanto las fuerzas de centro-derecha como de centro-izquierda han sido marginadas por dos partidos nuevos anti-sistema, con raíces en la extrema derecha y la extrema izquierda. Por cierto, las cuestiones que más divisiones generan hoy (la apertura económica, Europa y la inmigración) no enfrentan al centro-izquierda con la centro-derecha. Ambos campos han abrazado la globalización, aunque puedan tener visiones diferentes sobre cómo manejar sus consecuencias. Ambos también han sido participantes activos, aunque reacios, en la integración europea. Y si bien sus actitudes hacia la inmigración difieren, en Europa occidental ambos la han aceptado como un hecho. Elegir entre izquierda y derecha no habilita a los ciudadanos a defender o rechazar la economía abierta y la sociedad abierta. Ambas agrupaciones en verdad parecen desorientadas a la hora de empoderar a los ciudadanos de la clase trabajadora marginada, mientras que quienes defienden la política de identidad ofrecen por lo menos la apariencia de una respuesta.

Es verdad, la grieta izquierda-derecha sigue siendo importante en mu-chos países. También estructura el debate sobre cuestiones do-mésticas, como la distribución de ingresos y el papel del Estado, así como algunos de los principales desafíos de mañana, como la tributación global o el futuro del trabajo. Pero como ilustra claramente la política británica, esto no se aplica a cuestiones actualmente dominantes: los conservadores y los laboristas son los únicos protagonistas; sin embargo, ambos se enfrentan al dilema que realmente importa: cómo manejar el Brexit.

Para que la elección del Parlamento europeo el año próximo aporte una mayor claridad sobre las cuestiones que son importantes para Europa, sería necesario que se formaran nuevos campos. A pesar de las fisuras en ambos lados, es improbable que esto suceda.

La izquierda, en gran medida, se ha dividido entre un ala moderada (muy debilitada) y una tendencia parcialmente antieuropea y radical. El interrogante ahora es si los diques que separan a estos últimos de la derecha nacionalista se romperán. La coalición gobernante en Italia sugiere un escenario de ese tipo, mientras que la postura cada vez más anti-inmigración de Sahra Wagenknecht de Die Linke (La izquierda) y las diatribas ferozmente antieuropeas de Jean-Luc Mélenchon de Francia In- sumisa sugieren que algunos izquierdistas radicales preferirían perder su alma que la clase trabajadora. Pero aún si los diques están siendo minados, no se han roto.

En la derecha, el PPE, el partido de la canciller alemana, Angela Merkel, se ha negado a trazar una línea roja y decirle a un Orbán cada vez más nacionalista, iliberal, anti-musulmán y hasta antisemita que ha traspasado esa línea. Sin reservas, Orbán ahora dice que él es el verdadero heredero de Helmut Kohl y que representa el corazón del PPE. En un discurso en junio, se impuso a sí mismo la tarea de llevar de nuevo al partido a sus raíces cristianas. Como resultado de ello, el PPE irá a la elección como una extraña coalición que incluye a defensores de Europa y nacionalistas, liberales e iliberales, y partidarios de la diversidad y defensores de la identidad cristiana.

Para que las viejas estructuras se desarmen, debería surgir una voz fuerte a favor de Europa y la apertura. Ha habido mucha especulación en torno de que Macron desempeñaría ese papel. Pero han aparecido obstáculos. Las reformas domésticas y el fortalecimiento de una base política interna son más que suficientes para ocupar a un hombre que llegó al poder sin el respaldo de un partido. Sus esfuerzos de reforma de la eurozona se han visto frustrados por la demorada formación de la coalición alemana y la pérdida de Italia como socio. Es más, la batalla por el asilo que Merkel ha librado valientemente se está perdiendo: dos años después de decir que Alemania era lo suficientemente fuerte como para abrir sus fronteras, sufrió un duro revés electoral, seguido de tensiones al interior de su coalición y una retirada en el frente europeo. Esto impide que los potenciales defensores de la apertura hablen claramente sobre una cuestión decisiva. El interrogante clave hoy es si Macron todavía anhela alterar la política europea o si debe admitir el predominio de los poderes que sean y acordar una alianza.

Como están las cosas, las posibilidades de que la elección de mayo de 2019 termine en una serie de peleas oscuras y sumamente tácticas parecen elevadas. Esto sería malo para la democracia, porque los ciudadanos merecen que se les ofrezcan opciones claras sobre cuestiones centrales; y socavaría aún más la legitimidad de la Unión Europea justo cuando necesita redefinirse. Los próximos nueve meses decidirán si todavía es posible impedir este escenario aciago.

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