Opinión

Los límites al turismo

  • La implantación de moratorias exige elevadas dosis de negociación

La moratoria de la alcaldesa Ada Colau, anunciada antes del verano, recibió cobertura mediática en todo el mundo. El pasado agosto, incluso la prensa británica publicaba artículos con titulares como "Asediada por los turistas, Barcelona enrolla la alfombra de bienvenida". Un conocido matutino londinense aseguraba que la izquierdista alcaldesa intenta salvar la identidad de la ciudad, pero enfada a la poderosa industria hotelera. No es la primera vez que un Gobierno local impone una moratoria turística, pero sí lo era la inclusión en la misma de todo tipo de nuevas construcciones o habilitaciones ( la relativa a los apartamentos turísticos ya había sido implantada por la alcaldía anterior). Se puede discutir si la duración de un año es innecesariamente larga (en mi opinión sí lo es) y si no hubiera sido más efectivo excluir a la mayor parte de los nuevos hoteles de cinco estrellas, que hubieran llevado a la ciudad más turistas del tipo que todos quieren, quizás por temor a que la medida fuera calificada de elitista, en vez de pensar en que redundaría en beneficio de todos.

La medida fue bien acogida por la mayor parte de los habitantes de los barrios más afectados por la masificación y pone sobre el tapete unas preguntas que tendremos que responder en el próximo futuro ¿A quién pertenece la ciudad? ¿A quién beneficia el turismo? ¿Cuál es la capacidad de carga de las ciudades turísticas?

Curiosamente los destinos de sol y playa son capaces de gestionar la masificación de una manera más efectiva porque nacieron con finalidad turística y en consecuencia es difícil que haya enfrentamientos entre turistas y población local. Las tres preguntas tienen fácil respuesta en el caso, por ejemplo, de Benidorm, un modelo de eficiencia en el campo del turismo masivo de sol y playa. La ciudad pertenece a los turistas, pero bajo la gestión del Ayuntamiento; el turismo beneficia a todos los que tienen intereses en el sector: propietarios, trabajadores empleados públicos; la capacidad de carga está determinada por la eficiencia de todos los componentes del sistema; las playas tienen que estar limpias; la comunicación con el aeropuerto y con la autopista, fluida; la oferta hotelera, capaz de ofrecer un magnifico producto en relación con el precio, ofreciendo lo que el cliente de cada nacionalidad solicita a un precio inmejorable.

En el caso de Barcelona y del resto de las ciudades turísticas, los habitantes creen, con razón, que son los propietarios, pero que no participan de los beneficios del turismo, aunque sí de sus inconvenientes, y no tienen ni idea de cuál es la capacidad de carga del sistema, que se encuentra ya claramente saturado.

El problema es que así como la industria turística en su conjunto, y no solamente la hotelera tiene capacidad de presión sobre los medios, la población local carece de fuerza para comunicar con eficacia. El mensaje que se transmite es que la ciudad, sus autoridades, están en contra del turismo, sin mayores matices; algo claramente falso puesto que a lo que se oponen es a los excesos de un cierto tipo de turismo, sin por ello dejar de estar a favor del turismo en general tan importante para la economía local de las ciudades turísticas.

Así como es imposible poner límites al turismo a nivel nacional (los que pudieran sobrar en algún sitio siempre serian bien recibidos en otro) las autoridades locales sí tienen instrumentos para regular, aunque sea limitadamente, los flujos turísticos, a través de las licencias para apertura de nuevos establecimientos, la inspección de los existentes, y las tasas turísticas, entre otros.

Pero la utilización de esas medidas, u otras con la misma finalidad, exige altas dosis de capacidad negociadora con el sector, la búsqueda de la coyuntura favorable y sobre todo unas dotes de comunicación de las que carecen la mayor parte de nuestros políticos. En caso contrario, ni merece la pena intentarlo pues se repetirá la historia del fracaso de la ecotasa en Baleares, una buena idea con unos buenos objetivos implantada en contra de toda la industria turística local, -en el peor de los momentos- coyuntura a la baja -y pésimamente publicitada-. La prensa alemana, con información sesgada proporcionada por los contrarios a la ecotasa, publicaba día tras día que el Gobierno de Baleares no quería turistas alemanes.

Las medidas duraron lo que el Gobierno, ni un día mas.

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