Opinión

Fed: Jugar con lo que no se debe

Mediante el concepto de costes de transacción, de los que el coste de oportunidad es un caso, se nos enseña desde el inicio a los economistas un principio que los anglosajones enuncian con la frase "no existe tal cosa como un almuerzo gratis".

No obstante, muchas personas y, lo que es peor, muchos economistas de toda índole parecen olvidar esa lección primaria, tanto en economía como también en la vida, pues incluso las acciones más desprendidas, más generosas o benévolas tienen o suponen sacrificios, costes decimos los economistas, para alguien.

No hablo de inmigración ni de refugiados, que no es exactamente lo mismo aunque se trate de fenómenos mezclados entre personas que se mueven (muchos, más bien, huyen) de unos países a otros o, de forma más precisa, de unas sociedades a otras. Me refiero aquí a la política monetaria mayoritariamente seguida por los bancos centrales, y más concretamente a las decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos, que con el reciente retraso del reajuste al alza de sus tipos de interés monetarios, ha cometido otro error que pagaremos, pese a los muchos comentarios favorables que tal decisión ha suscitado.

Algo antinatural

Una decisión final de subida de tipos que no tardará en producirse y cuya dilación generará, sobre todo, pero no de forma exclusiva, problemas o costes en los mercados financieros, de valores o renta -tanto fija como variable-. Con independencia de que la presidenta de la Fed, Janet Yellen, haya advertido rotundamente de que antes de fin de año subirá los tipos, lo que están haciendo los bancos centrales (Fed o BCE) es antinatural, pues no parece que sostener -y mucho menos durante casi siete años seguidos- el tipo de interés monetario de referencia prácticamente al cero por ciento se corresponda con la realidad de unas economías que, como la estadounidense o la europea, con todos los matices o diferencias que podamos establecer en esta última, mantienen tasas de rendimientos reales por encima de ese cero por ciento.

Sostener tal política monetaria, con esa contundencia, desproporción y duración, no puede beneficiar nada. Incluso aunque de momento observemos que la actividad y el empleo se sostienen o animan.

Toda acción, medida o disposición de las autoridades para resolver problemas causa efectos perniciosos, provoca reacciones en la toma de decisiones y en la previsión (confianza y expectativas) de las personas o tiene costes para los agentes económicos. Si se juzga desde múltiples perspectivas o incorporamos al análisis coste-beneficio claves no económicas, como las pérdidas de libertad, comprobaremos que apenas son precisas unas pocas, simples y básicas, aunque fundamentales, funciones o intromisión de los políticos o autoridades.

Desde luego, no tantas como se arrogan. En este sentido, es casi seguro que en algún momento concreto durante la Gran Depresión de 1929 (¿tal vez incluso antes del crash bursátil de octubre?); en 2008 tras la quiebra de Lehman Brothers, posiblemente en torno a octubre, y entre mediados de 2011 y hasta el primer trimestre de 2012, en el punto álgido de la denominada crisis de deuda soberana, la actuación de los bancos centrales inyectando liquidez ante un desplome o desconexión de la confianza, el crédito y las expectativas, en esos tres precisos momentos de la historia, esté más que justificada, incluso aceptada, tal medida.

De hecho, la inyección del BCE al inicio de 2012 y en dos veces de un billón de euros en el sistema enderezó momentáneamente tal hundimiento. Lo que no significa que lograse lo mismo con sus causas o que resolviese realmente el problema.

El momento, un misterio

La realidad es que, como se pone de manifiesto una vez más, las autoridades monetarias no tienen una idea exacta de cuánto ni cuándo deben inyectar o retirar, una vez que ya se han puesto, liquidez del sistema. Suelen actuar tarde y raramente bien (en la cuantía precisa). Y ello pese a las reconocibles y evidentes mejoras en los modelos e instrumentos econométricos que manejan. Pese a todo, y como buen monopolista que es, el banco central no puede controlarlo todo: cantidad y precio; y ni siquiera llega a controlar lo que considera está en su mano, esto es, la cantidad de liquidez del sistema, que cada vez depende más del resto del sistema financiero y de los mercados, y lo hace de forma internacional.

Entre tanto, las expansiones de liquidez, que se iniciaron como salvavidas en medio del hundimiento de la confianza, las expectativas y el crédito, tienen daños colaterales nada despreciables y serán mayores cuanto más se aplace la decisión adecuada: sabemos dónde nos condujeron los crecimientos artificiales y manipulados, o los supuestos parches ante posibles crisis, mediante políticas monetarias expansivas. Fue antes de agosto de 2007; ¿lo recuerdan?

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