Opinión

Otra cuarentena

El autor desgrana la explosión que ocurrió en el buque Cabo Machichaco

El "Cabo Machichaco" recibió en Bilbao sus últimas cargas de hierro el 24 de octubre de 1888. El destino era Santander, Sevilla y Cartagena. A bordo van también más de 50 toneladas de dinamita. Estibadas contra las brazolas de las escotillas viajan doce toneladas de ácido sulfúrico.

Al amanecer del día 25 de octubre el barco llega a la bahía de Santander. El práctico y un médico conducen al vapor hasta el fondo de la Ría de Solía, donde fondea y se dispone a pasar la cuarentena, pues en Bilbao hay un brote de cólera. Cinco días después, el contramaestre Martín Aveses avisa al capitán Facundo Léniz de que se les autoriza a desembarcar en el muelle dos de Maliaño.

Las autoridades acostumbran a pagar un alto precio por su exceso de inutilidad

El marinero Pedro Lachica ha visto cómo una frasca de ácido sulfúrico ha reventado por el golpe de una grúa. El humo del líquido asusta al marinero, pero el líquido se filtra hacia las bodegas. La filtración produce enseguida fuego. El capitán manda un aviso a las autoridades. Los bomberos, que llegan en tropel a los pocos minutos, anegan con agua las dos bodegas escorando a estribor el buque y, lo que va a ser fatal, mojando en abundancia los cartuchos de la dinamita, que con el agua exudan la nitroglicerina que llevan en sus entrañas.

Léniz, que desconoce el efecto del agua sobre la dinamita, tras dos horas luchando contra el fuego da por perdido el barco y decide hundirlo, para lo cual reclama la presencia del "Auxiliar nº 5" de la Trasatlántica. Las autoridades de la ciudad y del puerto se embarcan en el "Auxiliar" (en total más de ochenta personas). El "Auxiliar" se acerca al "Cabo Machichaco" con intención de perforarlo bajo la línea de flotación y hundirlo. Con los primeros golpes, la nitroglicerina estalla y con ella la dinamita colindante.

La explosión partió por la mitad el buque, cuya proa se fue a pique sobresaliendo tan sólo una parte de la popa. El trinquete, la chimenea, el puente y el alcázar volaron por los aires muy lejos. Resistió el palo mayor, quedando en pie sobre el agua. La explosión levantó una columna enorme de agua y basa que se desplomó en segundos sobre la multitud, adentrándose más de seiscientos metros en tierra y arrastrando al volver hacia el mar los cuerpos de miles de personas que observaban el incendio del barco.

Las casas de cuatro pisos de Calderón y Méndez Núñez fueron barridas como naipes. Muy pocas resistieron el empuje de la explosión y la metralla. Una viga voló hasta la catedral y destrozó el claustro. La entonces diminuta calle Cádiz se incendió por completo y lo mismo ocurrió en toda la zona. El incendio duró tres días. Más de mil muertos, y entre ellos las autoridades, que pagaron el más alto precio por su inutilidad. Fue un golpe despiadado sobre una población sorprendida por el terror en aquella tarde llena de sol.

A la fresca de un atardecer, durante el verano en el que yo cumplí los catorce años, le oí contar a mi abuelo un sucedido: una tarde de noviembre, cuando él volvía de la escuela, oyó un enorme trueno que, según se supo luego, era la explosión, a doce kilómetros de allí, en la bahía de Santander, de un barco llamado "Cabo Machichaco", que estaba cargado de dinamita.

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