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La amenaza de dimisión de Weidmann pone contra las cuerdas a Merkel

El Bundesbank -Buba-, emblema de la ortodoxia germana, amenaza con abrir una crisis política de consecuencias incalculables en Alemania. El presidente del banco central alemán, Jens Weidmann, estaría dispuesto a dimitir en caso de que el Banco Central Europeo (BCE) siga adelante con su pretensión de lanzar un nuevo programa de compras de deuda pública.

Si lo hiciera, se trataría del segundo presidente del Buba que deja el cargo por el mismo motivo después de que su predecesor, Axel Weber, presentara su renuncia en febrero de 2011. Su marcha avivaría la incertidumbre en el seno de la eurozona, pero, sobre todo, podría poner contra las cuerdas a la canciller Angela Merkel. Dos presidentes del Bundesbank dimitidos en apenas 18 meses sería un record nada agradable por el que Merkel tendría que responder ante sus socios de Gobierno y la opinión pública alemana.

La postura de Weidmann está clara. Se opone a que el BCE vuelva a comprar deuda soberana. "Para mí, una política de ese tipo es cercana a la financiación estatal mediante la máquina de imprimir dinero", declaró el pasado fin de semana al semanario, Der Spiegel. Es decir, algo que, a su juicio, trasciende el mandato de la institución monetaria. "Puede crear adicción como una droga", añadió gráficamente.

Dada su condición como presidente del Bundesbank, su voz es la más influyente en el BCE. Al fin y al cabo, este se creó a imagen y semejanza de la entidad alemana. Desde su atalaya, Weidmann se había salido con la suya en los últimos meses, ya que el BCE no compra deuda pública desde marzo.

Sin embargo, la situación parece haber dado un vuelco irreversible desde que el presidente del BCE, Mario Draghi, se comprometió a finales de julio a hacer lo que "sea necesario" para salvar el euro. Más aún cuando, el 2 de agosto, el propio Draghi anunció que la institución está diseñando un nuevo programa para comprar bonos en el mercado. Lo hizo al término de una reunión de política monetaria en la que el banquero italiano confesó públicamente que sólo hubo una voz disonante: la de Weidmann.

Pero esa soledad no intimidaba al presidente del Buba. Se sentía fuerte. En esa misma reunión, impidió que el BCE comenzara a adquirir deuda ya de forma inmediata. Pero desde entonces se ha ido quedando más solo. Y lo evidencia, sobre todo, la posición del otro alemán presente en el BCE, Jörg Asmussen. Su postura es menos férrea, e incluso el lunes reconoció que en la reunión del BCE del 6 de septiembre se definirán los detalles del nuevo programa de compras. No reniega, por tanto, de esta estrategia, con lo que mantiene una posición más flexible que Weidmann. Y eso es mucho decir, porque Asmussen fue puesto en el Comité Ejecutivo de la institución proveniente del Ministerio de Finanzas, comandado por Wolfgang Schäuble. Por tanto, su voz es la del Gobierno germano, un argumento que pesa sobre el actual presidente del Bundesbank, que no se siente completamente respaldado por Merkel.

Pendiente del Constitucional

Pero es que la canciller alemana sabe que el calendario aprieta y que debe moverse con tiento, huyendo de posiciones extremas, como la de Weidmann, para superarlo. En las siguientes semanas encara dos citas fundamentales. Primero, la reunión del BCE, en la que debe concretarse el programa de compras de bonos, y luego el veredicto del Tribunal Constitucional germano, que el 12 de septiembre se pronunciará acerca de la constitucionalidad de la participación de Alemania en el Mecanismo de Estabilidad (Mede). Un revés en cualquiera de ambas amenazaría con recrudecer la crisis del euro, de ahí que las encare con flexibilidad para intentar superarlas. A cambio, eso sí, puede pagar un alto precio: la dimisión de Weidmann.

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