Internacional

La guerra comercial y Hong Kong empañan el 70 aniversario chino

Fuegos artificiales en la celebración del 70º aniversario de la llegada al poder del partido comunista en China. Foto: Reuters.

Han pasado 70 años desde que Mao Zedong pronunció, el 1 de octubre de 1949, el discurso fundacional de la República Popular China en la histórica plaza de Tiananmen. El régimen comunista buscó en este señalado 70 aniversario exhibir una imagen de unidad y poder durante los fastos, pero la onomástica se ha visto empañada por las tensiones comerciales derivadas de la batalla arancelaria con Estados Unidos, las protestas en Hong Kong y la desaceleración del crecimiento.

Durante meses, Pekín preparó las celebraciones y el mayor desfile militar de su historia para ensalzar a su líder Xi Jinping y exhibir al mundo los logros del socialismo chino. Pero tras la demostración de fuerza para gloria del partido y de Xi se esconden las debilidades que enfrenta a día de hoy el régimen comunista. Por un lado, Pekín afronta un complejo conflicto con la Administración de Donald Trump; por otro, su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda no está obteniendo el respaldo esperado; además, las protestas que se suceden desde hace más de cuatro meses en Hong Kong se han considerado el primer gran fracaso de Xi desde que accedió al poder a finales de 2012. El mandatario chino ha manifestdo que mantendrán la autonomía de Hong Kong, pero es una declaración obvia, ya que esa autonomía se mantendrá hasta 2047. Como explica un diplomático occidental al diario galo Les Echos, "nuestros interlocutores chinos están nerviosos porque reciben ataques desde varios frentes".

A todos estos factores que rebajan la imagen de poderío que Pekín quería brindar, se une un factor interno: el crecimiento económico chino está frenando y el precio de algunos productos de primera necesidad, como la carne de cerdo, está subiendo, mermando el poder adquisitivo y amenazando con socavar la estabilidad social sobre la que se sustenta el régimen.

En este sentido se pronuncia un especialista en China -Alex Payette, de la Universidad de Toronto- para el rotativo francés Les Echos: "Después de un verano marcado por la incertidumbre de la guerra comercial y la crisis de Hong Kong, el corazón no está en el partido".

Así pues, Xi tiene ahora que contener voces críticas entre sus filas y no ha podido rentabilizar la 70 onomástica de la China comunista como buscaba para rubricar un nuevo avance en su "sueño chino".

Logros de Pekín

A las autoridades chinas les gusta destacar los 800 millones de chinos que han salido de la pobreza en las últimas cuatro décadas, aunque ello ha tenido la contrapartida de elevar las desigualdades entre la población. Algo que se replica en la estructura del Partido Comunista de China (PCCh), el más grande del mundo, con más de 90 millones de integrantes. Igual que solo un 1% de la población posee un tercio de la riqueza nacional, dentro del partido los liderazgos y ascensos se concentran en un pequeño número de grandes familias. El propio Xi es hijo del héroe revolucionario Xi Zhongxun, purgado bajo el mandato de Mao Zedong y rehabilitado por Deng Xiaoping.

Combatir todos los frentes

Para enfrentar el cóctel que ha ensombrecido el 70 aniversario de la proclamación de la República Popular de China, Pekín cuenta con un PCCh que concentra todo el poder sobre la economía. Cuatro décadas después de la apertura de China, las empresas estatales siguen estando en el centro de la estrategia económica, mientras se relanza el sector privado bajo el compromiso de Xi, adquirido en 2013, de ofrecer al mercado un papel decisivo en la economía.

Esa dicotomía entre el control del PCCh sobre las empresas y la libertad de mercado sigue siendo el difícil equilibrio con el que tiene que lidiar el Gobierno desde la apertura económica del país en 1979.

Bien es cierto que en 2011, la economía china se convirtió en la segunda potencia mundial, pero aún enfrenta el reto de combinar la apertura con el control. Por lo pronto, el peso dede las empresas públicas en el PIB ha caído notablemente en las últimas cuatro décadas (del 90 hasta el entorno del 30%), pero las aproximadamente 160.000 compañías estatales que generan empleo y sostienen la paz social son preservadas incluso siendo algunas zombies empresariales.

En cualquier caso, esta planificación de la estructura empresarial se erige en una de las bazas de Xi en su batalla arancelaria con Trump, que ataca las subvenciones y créditos preferentes de los que se benefician.

Por el lado privado, la armonización ha dado sus frutos. El Partido ha permitido la asunción de riesgos fuera del entramado empresarial estatal , y así han prosperado compañías de prestigio conocidas mundialmente como Alibaba o Tencent, entre otras. En cualquier caso, el juego del mercado no está totalmente fuera del control del PCCh ni siquiera en el caso de las empresas privadas. Nueve de cada diez préstamos son concedidos por bancos públicos, y ello hace que Pekín pueda usar la financiación como un elemento de presión que discrimine qué empresa puede desarrollarse o no sin que ninguna de ellas olvide que están al servicio del Estado.

Con esta ambivalente estrategia económica afronta ahora Xi una decisiva negociación arancelaria con la Administración estadounidense, las protestas en Hong Kong, el impulso a la Nueva Ruta de la Seda, así como la desaceleración de su crecimiento, pese a ser la segunda potencia del mundo y la primera en paridad de poder adquisitivo, y a tener el sector bancario más acaudalado.

Pero el comercio mundial frena, como advirtió la OMC, y el gigante asiático es el principal exportador mundial, algo que tendrá que enfrentar al mismo tiempo que su ralentización y con un modelo en el que la iniciativa privada aún no disfruta del libre juego del mercado, algo que afecta a las empresas extranjeras, que no son inmunes al poder omnímodo del Partido.

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