Pymes y Emprendedores

El precio de confeccionar algo único desde hace dos siglos

La calle de Saville Row, en la zona más señorial de Londres, guarda los secretos del bespoke, la selecta forma de la sastrería artesanal. Allí se encuentran tiendas como Hardy Amies -una de las casas favoritas de la reina de Inglaterra-, Norton & Sons y H. Huntsman & Sons, que presenta cada temporada un exclusivo tipo de tweed.

Todas las casas de bespoke de Savile Row tienen una historia que contar. Anderson & Sheppard, por ejemplo, se precia de ser una de las más famosas y prestigiosas, mientras que Gieves & Hawkes presume de ser la más antigua, ya que se creó en 1771, y ocupa el número uno de Savile Row.

El bespoke es un tipo muy especial de sastrería de la que nacen unas prendas realizadas íntegramente a mano, de forma artesanal y con unos estrictos criterios que las hacen únicas. Todo esto, por sí mismo, ya da una primera pincelada de lo que se trata.

El largo y delicado proceso de confección de un traje, una camisa o una chaqueta comienza con una exhaustiva toma de medidas al cliente. Con ellas se corta un patrón único, exclusivo y tan individual como su propio cuerpo, y con el que se realizarán las prendas que elija.

Por supuesto, antes se ha analizado detenidamente el tipo de prenda que el cliente quiere, para qué y cuándo la va a llevar, sus gustos y preferencias. Porque ésta es otra de las claves del bespoke: cada prenda tiene que reflejar el carácter, el estilo de vida, las aspiraciones o la profesión de quien las viste. Responden a la necesidad de sentirse únicos, diferentes. Especiales.

Todo a su elección

Otra de las singularidades del bespoke es que el cliente elige también las telas -sus muestrarios incluyen más de 2.000 tejidos, algunos de ellos únicos-; los colores e incluso los botones y la pasamanería que se va a emplear.

Una vez que se han decidido todos los pormenores, comienza el largo y delicado proceso de confección, completamente a mano de principio a fin: cortar, hilvanar, coser, pegar los botones o dar forma a los ojales. Para que la prenda quede perfecta hacen falta varias pruebas para ajustar completamente todos los detalles.

Eso sí, quien quiera un traje de estas características tiene que armarse de paciencia: cada uno requiere como mínimo 50 horas de trabajo manual, que pueden llegar incluso a las 80 en algunos casos. O, lo que es lo mismo, tres meses desde que se realiza el pedido hasta que se entrega.

Es más: una vez que está en manos de su dueño, recomiendan que se lleve de nuevo a la casa, tras varios meses de uso, para hacer los mínimos retoques que hagan falta. Además, como si se tratara de un buen coche, siguen cuidando las prendas con el paso del tiempo y ofrecen servicios como lavado, planchado, arreglos o coser los botones cuando se caen.

El origen del bespoke se remonta a hace más de dos siglos. Durante este largo periodo, de estas casas han surgido prendas emblemáticas y se ha establecido una particular forma de trabajar que se ha conservado hasta nuestros días. De hecho, las principales firmas se han unido y han creado su propia asociación, Savile Row Bespoke Association, con la intención de conservar y potenciar esta tradición e incluso han definido unas normas de trabajo que se cumplen a rajatabla. Por ejemplo, todo el proceso tiene que estar supervisado por un maestro cortador, que es el encargado de realizar el patrón original; contar con profesionales formados según las técnicas de Savile Road y enseñar a nuevos aprendices, para conservar la tradición.

Otro aspecto diferencial son las telas. Las casas dan una importancia fundamental a los tejidos con los que trabajan, su materia prima: es habitual que elijan el color, la materia prima, la trama y el diseño con los fabricantes. Por eso, la mayoría están realizados exclusivamente para cada firma e incluso han creado telas únicas, como la de lapislázuli o la lana de oveja negra.

Negocio saneado

La facturación de las firmas de Savile Row -que confeccionan una media de 10.000 trajes al año- se mueve en torno a los 21 millones de libras (alrededor de 31,5 millones de euros). Es un negocio en auge, ya que el pasado año sus ventas aumentaron una media del 35 por ciento y para este ejercicio se espera un crecimiento, como mínimo, del 10 por ciento.

Pero aunque muchas de estas casas cuentan con una larga tradición y hayan sabido conservar un saber hacer exclusivo a pesar del paso del tiempo, no quiere decir que sean anticuados. De hecho, están llevando a cabo un interesante proceso de renovación de las tiendas, mucho más abiertas a un público cada vez más joven. Además, ha surgido una nueva generación de bespoke, integrada por firmas como Richard James, Ozwald Boateng, Evisu y la más reciente, Richard Anderson, fundada en 2001.

Otro de los ejemplos que ponen de manifiesto su adaptación a los nuevos tiempos es que algunas de estas casas han ido lanzando nuevas líneas y colecciones de prêt-à-porter y están abriendo tiendas propias fuera de Londres. Además, a lo largo de este año algunas de ellas han participado en exposiciones en los grandes centros de la moda, París y Milán, para dar a conocer su trabajo y su historia.

Y es que la mirada al exterior también es otra de las marcas del bespoke: es habitual que, a lo largo del año, sus maestros viajen a otros países, especialmente Estados Unidos y Japón, para encontrarse con sus clientes.

El bespoke no se limita a hacer prendas masculinas, como bien saben la reina de Inglaterra, Margaret Thatcher o, si miramos más atrás, Marlene Dietrich y Katherine Hepburn. También tienen ropa para caza, para montar a caballo, uniformes, togas y trajes de gala para la corte británica.

Rodolfo Valentino, Spencer Tracy, Robert Redford, Roger Moore, Fred Astaire, Ralph Fiennes, Cary Grant y Liam Neeson han llevado prendas de estas firmas tanto dentro como fuera de la pantalla.

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