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El magistrado Juan Antonio Toro condenado a tres años de inhabilitación por prevaricación

  • Facilitó diligencias previas de un litigio a quien no era parte del mismo
La sentencia sanciona la filtración de documentos a quien no era parte en el litigio. Getty

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha condenado a tres años de inhabilitación especial para empleo o cargo público al magistrado Juan Antonio Toro por la comisión de un delito de prevaricación imprudente, en concurso de normas con un delito de revelación de secretos.

La condena, dictada en sentencia de 10 de junio de 2019, que puede ser recurrida ante el Tribunal Supremo, incorpora la pérdida del cargo de magistrado así como la imposibilidad de obtener durante esos tres años empleo o cargo público en el ámbito de la administración de justicia que conlleve el ejercicio de funciones jurisdiccionales o de gobierno judicial.

El magistrado, titular del Juzgado de Instrucción nº 36 de Madrid, fue juzgado ante la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Madrid -competente para el enjuiciamiento de aforados en la Comunidad de Madrid-, acusado de haber facilitado información de una causa a quien no era parte en ese procedimiento penal, con unos hechos añadidos, que pasan por la divulgación posterior en un medio de comunicación de ciertos documentos que formaban el sumario.

La primera aproximación al estudio de los hechos juzgados, según recoge en la sentencia el ponente de la misma , el presidente de la Sala de lo Civil y Penal, Rodríguez Padrón, ha venido del examen del régimen de publicidad que enmarca a las actuaciones judiciales, particularmente las de naturaleza penal.

Razona el ponente, que la publicidad de las actuaciones judiciales alcanza la categoría de principio informador del sistema judicial y es una conquista del modelo liberal que supera la ya muy antigua inspiración del proceso en el esquema inquisitivo y secreto. Pero, tal y como ha consolidado el Tribunal Constitucional, si bien alcanza su plenitud en el juicio oral, encuentra limitaciones justificadas durante la fase de instrucción.

Los hechos exceden  la revelación de datos  y alcanzan la prevaricación judicial

Y estas limitaciones en la publicidad de las actuaciones no solo afectan a cualquier persona, sino incluso también a las propias partes cuando, por razones de justificación, se declara el secreto formal reforzado del sumario.

Sobre la base de estos principios, y tras el análisis de la regulación que las limitaciones a la publicidad de las actuaciones judiciales existen en la ley orgánica y en la legislación procesal y penal, los magistrados de la Sala Civil y Penal del TSJ de Madrid llegan a la conclusión de que los hechos enjuiciados exceden lo que pudiera ser una falta disciplinaria de revelación de datos y alcanzan la naturaleza del delito de prevaricación judicial.

No hay derecho de acierto

Por ello, considera la sentencia que "pese a que el derecho fundamental a la tutela judicial efectiva no garantiza lo que el Tribunal Constitucional ha definido como el derecho al acierto, no es admisible en derecho el dictado de resoluciones manifiestamente injustas".

En esta conducta reside la base del delito de prevaricación, si bien, añaden los magistrados, ha de aclararse que no toda resolución judicial que encierre en sí misma un desajuste con el Derecho puede ser considerada delictiva. 

Ante una decisión judicial incorrecta, aclara el ponente, puede acudirse al sistema de recursos que las leyes procesales establecen y corregirse de este modo el desajuste con el derecho que las partes consideren que se produce.

Para que una decisión judicial –por su injusticia-, entre en los límites del delito de prevaricación, se exige que sobrepase de manera indiscutible y de todo punto injustificable los cánones de aplicación aceptable del derecho por el juez.

Considera la Sala, no obstante, que "de la prueba practicada no se deduce, sin embargo, la utilidad procesal del conocimiento, por quien no era parte en la causa, de los documentos que formaban el sumario". 

Argumenta, que la falta disciplinaria de revelación indebida de datos o hechos conocidos por el juez o magistrado en el ejercicio de su función (artículo 417.12 de la Ley Orgánica del Poder Judicial) está pensada para aquellos casos en los que se lleva a cabo la traición del deber de sigilo profesional: "cuando se producen revelaciones indebidas sobre datos procesales a través de filtraciones o conducta similar, con independencia de que la actuación judicial que se sigue en el proceso de que se trate resulte correcta".

Por el contrario, en el supuesto que nos ocupa, lo que se ha enjuiciado y se califica como delito de prevaricación es una vulneración del deber legal-procesal de reserva o secreto de las actuaciones judiciales penales en la fase de instrucción, por cuanto el contenido de unas diligencias previas se entregó a quien no era parte en ellas, y por lo tanto conoció lo que no tenía derecho a conocer.

Por lo tanto, no ha resultado acreditado que el magistrado actuase del modo en que lo hizo con la intención o voluntad que exige la modalidad dolosa de la prevaricación. 

Por el contrario, considera la Sala que la forma de proceder del magistrado, analizada en su conjunto, es indudablemente descuidada, pues se omitieron los más elementales deberes de comprobación y verificación del sustento de lo pedido, del objeto de lo pedido y de las limitaciones que se cernían sobre tal solicitud por razones de falta de personación.

Así las cosas, los magistrados entienden que en este caso la prevaricación colma las exigencias del tipo imprudente, descartándose esa expresa mala intención que sostenían las acusaciones en su calificación jurídica y que alguna en particular ha pretendido sobredimensionar a través de alegaciones y comentarios tan incisivos como huérfanos de prueba sobre una supuesta trama de enemistades y venganzas.
También, resuelven que no pueden admitir, desde la imparcialidad constitucional a la que están obligados como Tribunal, descalificaciones fundadas en hipótesis que no se encuentren respaldadas por las pruebas practicadas en juicio, por lo que rechazan asimismo las solicitudes de responsabilidad civil.

Una filtración a la prensa

En este caso, José Luis Escañuela Romana (que era presidente de la Federación Española de Tenis en 2016) presentó una demanda contra Miguel Cardenal Navarro (presidente del Consejo Superior deeportes) y Ana Muñoz Merino (Directora General de Deportes). 

Con la querella, había aportado diversos documentos con los que pretendía acreditar el trato discriminatorio que a su juicio dispensaba el  Consejo Superior de Deportes entre personas y federaciones. Entre otras, la aplicación de fondos federativos a gastos privados por parte del Presidente de la Federación de Baloncesto. 

Como quiera que el Magistrado instructor consideró que estos últimos hechos no tenían relación con los que eran el objeto principal de la querella, dedujo testimonio de parte de las actuaciones incoadas y las remitió al Juzgado Decano para su reparto, que recayó al final en el mismo Juzgado de Instrucción Nº 36, dando lugar a la incoación de las Diligencias Previas, que se dirigían contra el Presidente y el secretario general de la Federación de Baloncesto,  José Luis Sáez Regalado y Luis Giménez Martínez.

El 19 de diciembre de 2016 (según sello de entrada en el Juzgado), Escañuela presentó a través de su representación procesal escrito ante el Juzgado de Instrucción por el que solicitaba la unión de testimonio a estas en su totalidad, seguidas contra Sáez y Giménez y en las que el solicitante no era parte. La solicitud fue atendida, a pesar de no ser parte. 

Finalmente, algunos de los documentos que constaban en las diligencias previas afectaban a los querellantes en el presente proceso, aparecieron publicados en un diario digital, en los días 14 de febrero de 2017, 15 de febrero de 2017 y 20 de marzo de 2017.

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