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Frenos actuales a la economía española

Foto: Archivo

Efectivamente, desde el inicio, a finales del siglo XVIII, de la Revolución Industrial, nunca España ha tenido un impulso tan fuerte para el desarrollo de su economía, como a lo largo de los últimos sesenta años. Hay una España económica en 1958; existe otra totalmente diferente en 2018. Pero eso no garantiza que el proceso efectuado no pueda tener un freno considerable. Conviene tenerlo en cuenta para tomar las medidas precisas para impedirlo.

¿Qué es lo que motiva este fuerte progreso? Pues en primer lugar que España supo superar la etapa anterior de aislamiento económico, de intento, como lo calificó acertadamente Perpiñá Grau, de búsqueda de una economía autárquica. Hace cien años exactamente, eso era lo que buscaba el conjunto de los políticos españoles. Basta recordar las palabras, con motivo del aniversario de la batalla de Covadonga, pronunciadas por Cambó en Gijón, y su ratificación en las disposiciones arancelarias de cuatro años después, y no digamos todo lo que siguió.

Como consecuencia de la observación de las catástrofes económicas, políticas y sociales derivadas de tales posturas, generales además, de nacionalismo económico, a partir de 1945 se inició un cambio mundial. Realidades como el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT) o la aparición del Mercado Común Europeo, o los acuerdos de Bretton Woods, señalaron un nuevo camino y a él se incorporó España a partir de 1953 y, sobre todo, desde 1958. Y en ese ambiente mundial, el impulso exterior sobre nuestra economía, ha hecho crecer nuestro desarrollo de modo extraordinario. Mas he aquí que en estos momentos se superponen las tensiones europeas interiores creadas por mil motivos, como su vinculación con el nacimiento de posturas nacionalistas en lo económico de tipo creciente. El Brexit es una de esas manifestaciones, pero también las reacciones a la postura de Trump y, antes, el olvido que pasó a tener el dólar del mensaje creado como base inicial del Fondo Monetario Internacional. Añádase a este freno que, además, el desarrollo fuerte de España, tiene ahora, aparte de esos cimientos exteriores, un factor interior: la aceptación de la economía de mercado por todos los dirigentes políticos sucesivos de nuestra economía. Frente a intervencionismos del sector público, y frente también a mecanismos corporativos dirigiendo el mercado, daba igual escuchar a Ullastres en sus artículos que a Solchaga cuando redactaba su interesante diario. Contemplamos lo que dice el artículo 38 de la Constitución de 1978, la desaparición de Suanzes al frente del INI o posturas de Felipe González. Pero, en estos momentos, como derivación, por un lado, de la política autonómica, y por otro, del crecimiento de movimientos populistas, se observa un profundo abandono de la economía de mercado. Un caso claro lo tenemos en los índices de realidades intervencionistas que nos ofrece, periódicamente, el Banco Mundial en sus publicaciones, Going Business.

Todo eso frena la homogeneidad del mercado y acaba por impulsar crecientes frenos a algo que, tras la II Guerra Mundial parecía haberse logrado, sobre todo con el fuerte desarrollo tras su aceptación de la economía libre de mercado de una Alemania aparentemente destruida para siglos, y cuyos protagonistas ahora sabemos -por ejemplo, el caso de Stackelberg, quien ya se encontraba en la conjura contra Hitler-, pasaron a adoctrinar a economistas y políticos en el Instituto de Estudios Políticos, de Madrid. Si España acepta soslayar ese camino, y las tentaciones son actualmente muy fuertes, abandonará el modelo del desarrollo.

Pero, además, España ha entrado de lleno en dos situaciones alarmantes. Por un lado, con el riesgo creciente de tipo separatista, que además de afectar al País Vasco y a Cataluña, desde Canarias a Galicia, desde Navarra a Valencia, pasando por Aragón, se amplía continuamente. La ruptura del mercado económico que es el fruto obligado de esas realidades, amenaza de modo muy preocupante.

Pero se ha consolidado en vez de una economía fuerte la realidad que calificó Franco Modigliani como una bomba de relojería que amenaza nuestro futuro económico: nuestra realidad demográfica. Gracias a la confluencia del desarrollo económico, de la expansión, en ese sendero de aquello que, esencialmente fue impulsada sobre el planteamiento básico de servicios sanitarios iniciados por Girón en 1942, y con culminación por Ernest Lluch en 1985, de los que se derivó una extraordinaria mejora en la esperanza de vida. Pero ello también acaba relacionándose, con que, simultáneamente, al crecer el PIB por habitante, se produjo una clara caída de la natalidad. El resultado es una población cada vez más envejecida, y por lo tanto que no solo no participa en la población activa -pasamos a tener una clara alteración en función de la producción Cobb-Douglas-, sino que exige más gasto público, por el camino de las pensiones y por el de las atenciones sanitarias. Añádase a este panorama preocupante, otro. España, a través del Mediterráneo y también con frontera terrestre en Ceuta y Melilla, tiene unos colosales diferenciales del PIB por habitante con países africanos que desean alcanzar, no solo los niveles de bienestar que se derivan de salarios más altos, sino de los servicios sociales -en cabeza los sanitarios y educativos- que observan que existen en una inmediata proximidad, aparte de una mayor seguridad individual. La presión inmigratoria se liga no a unos millares de personas, sino a millones, porque los niveles de caos existentes en África a partir del abandono de la colonización, son sencillamente alucinantes. Y el paso a España es muy atractivo y más fácil que hacia muchos otros países. Ante esa realidad inmigratoria colosal, que sustituye a la nacional que, por el incremento forzoso de la mortalidad de ese creciente número de ancianos, desaparece en cifras importantes, crea un panorama muy poco acorde con posibilidades de desarrollo, que se sitúa en España.

Y con este motivo se ha mencionado la posibilidad de incrementar el gasto público, derivado de una política presupuestaria orientada a la atracción electoral de las masas así favorecidas, es un riesgo adicional notable, porque el modelo económico que podríamos denominar de Rajoy-Montoro-Guindos no había sido capaz de liquidar la enorme carga generada por aquella mezcla de crisis económica y de errores del Gobierno socialista de Zapatero, con lo que la deuda pública en porcentaje del PIB ha alcanzado porcentajes en torno al 100%. Como señaló Álvarez Mendizábal en un documento destinado a la Reina Regente María Cristina de Borbón, si algo tiene prioridad para una política económica, es la disminución de la carga de la deuda pública. Las perspectivas no son especialmente favorables y ello constituye otro freno notable de desarrollo. Al encontrarse España en la eurozona, esta cuestión de los altos déficit del sector público nos coloca en situaciones de alarma creciente.

Schumpeter nos puso en guardia, y tenía toda la razón ante cuestiones como las señaladas, ante la posibilidad de que surjan políticos que están dispuestos a actuar racionalmente cuando las consecuencias de tal conducta se manifiestan a corto plazo, pero rehúyen las mejoras que pueden obtener, no ya sus hijos, sino sus nietos. La única reacción imaginable es que la sociedad pase a preocuparse por los nietos, y que eso obligue a los políticos a actuar de otro modo. Pero para eso es preciso que toda la sociedad esté al tanto de lo que puede acontecer con esa economía futura. De ahí la importancia de aquellos economistas que se atrevieron a señalar los que se pueden denominar los "futuros males económicos de la Patria": Por ejemplo recordemos la importancia que tuvo, editada en Londres en 1942, en plena II Guerra Mundial, la obra de Colin Clark, The economics of 1960, o, aunque estuviese equivocado -recuerdo cómo presentó esta obra Carlos Solchaga, aunque no hable de ella en sus diarios Las cosas como son (Galaxia Gutemberg, 2017)- el libro de Leontief, The future of the World Economy, publicado por las Naciones Unidas en 1977, en medio de la atmósfera derivada del debate sobre las raíces del famoso choque del petróleo.

Merece, pues, la pena, no quedarnos únicamente con los problemas a corto plazo.

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