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Sebastián Piñera y su segundo mandato

Sebastián Piñera. Foto: Efe.

Los resultados inesperados, más que la incertidumbre, han dominado las dos elecciones chilenas que han tenido lugar en fechas recientes. Cuando todo el mundo esperaba una gran paliza de Sebastián Piñera a sus rivales en la primera vuelta, su resultado fue un modesto 36,6%. Y otra vez, cuando en la segunda vuelta, según las encuestas, todo indicaba un resultado muy apretado, o incluso una re- montada del candidato de centro izquierda Alejandro Guillier, Piñera se impuso de un modo francamente arrollador, por más de nueve puntos de diferencia. Prueba de ello es que en su felicitación al presidente electo el contrincante vencido habló de un "triunfo macizo e impecable".

Los cálculos de muchos analistas y observadores de la elección apuntaban a que una baja participación o cualquier aumento en la votación popular debería beneficiar necesariamente a Guillier. De hecho, aunque con un margen muy pequeño, el número de votantes se incrementó entre la primera y la segunda ronda. Si en octubre votó el 46,7% del censo, en diciembre fue un 49,02%, lo que implica más de 330.000 sufragios adicionales.

En Chile, como en tantos otros lugares, nuevamente se equivocaron las encuestas, incapaces de detectar ciertos movimientos subterráneos, pero de gran envergadura. Según la mayor parte de los indicios, la fuerte movilización de la derecha, visible en algunos de sus feudos más importantes, y un trasvase de jóvenes que se inclinaron por el Frente Amplio en la primera vuelta y votaron a Piñera en la segunda, permiten explicar el triunfo del candidato de Chile Vamos.

En líneas generales, se puede decir que la derecha se movilizó de una manera mucho más contundente en apoyo de un candidato de centro derecha, que la izquierda por un representante del centro izquierda. La defensa de la ortodoxia a cargo de muchos líderes y simpatizantes del Frente Amplio, inclinada a beber en las fuentes del populismo bolivariano inspirado por Ernesto Laclau e incluso por Podemos español, ha hecho imposible una confluencia de las izquierdas en apoyo de Guillier. De ahora en más, Piñera deberá gobernar en una situación de minoría parlamentaria. De todos modos, si hubiera ganado su adversario la debilidad hubiera sido mayor. La necesidad de pactar se vislumbra ya como una de las principales constantes del nuevo período de gobierno, donde, como no, serán más fáciles los pactos y la búsqueda de consenso con lo que queda de la Nueva Mayoría que con los parlamentarios del Frente Amplio, que con anterioridad a la segunda vuelta ya habían dicho que harían una dura oposición con independencia de quien fuera el nuevo gobernante. La evolución de la Democracia Cristiana, fuera del gobierno en los cuatro próximos años, es un dato a tener en cuenta.

Una imagen que dio la vuelta al mundo, provocó la admiración de muchos y la envidia de sus vecinos argentinos, fue el animado diálogo sostenido por la presidente saliente Michelle Bachelet y el presidente electo con motivo de la felicitación de la primera al segundo.

La solidez institucional y el respeto por el adversario, propio de la política chilena, salieron a relucir de un modo claro. La envidia argentina viene a cuento de la insólita e inexplicable reacción de Cristina Fernández, que se negó a entregar personalmente los atributos del mando a su sucesor Mauricio Macri.

Otra cuestión en torno a la cual se ha especulado demasiado es el impacto del triunfo de Piñera en la política regional. La pregunta de si con su victoria se consuma el giro a la derecha en América Latina se ha formulado reiteradamente. Lo que sí es cierto es que el resultado de la segunda vuelta de las elecciones chilenas confirma las principales tendencias vigentes en la nueva coyuntura que se vive en la región. Pero una cosa es hablar de nueva coyuntura y otra muy distinta de un cambio de ciclo o de giro a la derecha o al centro derecha.

No se debe de perder de vista el intenso calendario electoral que se avecina en 2018 y 2019. En ese período se votará en países tan importantes como Brasil y México, pero también en Colombia, Argentina, Venezuela y Bolivia, por mencionar únicamente a los de mayor trascendencia política. Con tantas elecciones a la vista, y con tanta incertidumbre en ciernes, todavía pueden pasar muchas cosas.

De momento, lo que se puede afirmar con rotundidad es que ni hay un giro a la derecha en América Latina ni el populismo bolivariano está definitivamente derrotado.

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